Las misiones médicas de Cuba en la mitigación del Covid-19

Los alcances espaciales y temporales de la diseminación del virus SARS-CoV-2, causante de la enfermedad Covid-19 han sido mayores a las previstas por un número importante de gobiernos al rededor del mundo. Hasta la última semana de marzo, de acuerdo con el Coronavirus Resource Center, del la Johns Hopkins University & Medicine, el acumulado de casos confirmados por infección del virus sumaba 523 163 personas; mientras que los decesos alcanzaban los 23 639.

China, país en el que hasta ahora se acepta, de manera general, como el punto cero del brote epidémico, contabilizó, desde sus primeros casos confirmados hasta el momento en el que fue capaz de detener la transmisión comunitaria en su territorio continental, al rededor de 80 000 personas contagiadas y poco más de 3 000 decesos. El resto de Asia, por increíble que parezca, dada la cercanía geográfica con el punto cero y el enorme predominio económico, político, cultural, demográfico, etcétera, de China, registra un acumulado de apenas 2 344 casos.

¿Por qué el Covid-19 causa mas muertes en Italia que en otras partes del mundo?

Occidente, en general; y Europa, en particular; es, a poco más de tres meses de los brotes iniciales del virus en Asia, no obstante, la región que más casos está aportando en la actualidad tanto en términos de contagios como de defunciones. Europa, por ejemplo, ya registra más de 220 mil casos acumulados. Únicamente Italia, sin ir más lejos, aporta la traumática cifra de 80 589 casos positivos y 8 215 defunciones asociadas al Covid-19. España, por su parte, suma 56 347 casos; Alemania, 43 646; y Francia, 29 551. Estos cuatro países son, en orden descendente, el tercero, cuarto, quinto y sexto lugares con mayores índices de propagación del virus al rededor del mundo. Sólo China se mantiene por encima, aunque su población total es varias veces la de cada uno de los estados europeos mencionados.

En los últimos días de marzo, además, Estados Unidos, que durante todo un mes (a partir de su primer caso confirmado) mantuvo un nivel de contagios sumamente bajo, se ha posicionado como el primer lugar en transmisión en todo el planeta; producto, en gran medida, de las torpes respuestas que su gobierno en turno implementó al subestimar los efectos, en términos de vidas humanas, por supuesto, pero también económicos, que un acelerado y profundo esparcimiento del virus tendría en el seno de la sociedad estadounidense. Hoy su curva de contagios y brotes comunitarios se encuentra a la alza, geométricamente, como en el resto del mundo, sin que se avizore un efecto positivo en su contención y mitigación a través de medidas de distanciamiento social.

América Latina, por su parte, ya tiene un acumulado de más de 60,000 casos, pese a que en la mayor parte de los países que conforman la región, el virus en cuestión llegó con un mes o un poco más de tiempo de retraso al continente. Es decir, la dinámica propia del capitalismo en la región, la estructura y el funcionamiento de sus ciudades, y las deficientes respuestas ensayadas por la mayor parte de sus gobiernos (varios de ellos productos de golpes de Estado gestados en los últimos años) han hecho que, en los días por venir, la región se consolide como el foco de transmisiones y, previsiblemente, el espacio en el que se concentren la mayor cantidad de casos y quizá de decesos (dadas las estructuras poblacionales de sus sociedades, el tamaño de las mismas y las condiciones generales de salud que privan entre sus individuos: con índices altísimos de obesidad, diabetes, cardiopatías, hipertensión, tabaquismo y otras enfermedades crónicas que tienden a agravar los efectos del Covid-19 en el cuerpo humano.

África, para no variar, se mantiene como la única región fuera del foco de atención de la prensa, los think tanks, los grandes comentócratas y otros analistas de la situación. El enorme silencio que hoy priva sobre cómo las sociedades africanas están viviendo la pandemia de Covid-1919 es, hoy, el preludio de la tremenda tragedia que va a invadir a ese continente cuando la crisis sanitaria estalle y el mundo siga volteando la mirada solo hacia Occidente. La experiencia histórica de la región, cuando tuvo que enfrentar prácticamente en soledad la emergencia del Ébola apenas un par de años atrás, amenaza con repetirse en escalas y en proporciones de gravedad no vistas en aquella ocasión. Y el capital occidental, por supuesto, siempre encontrará, en esa situación de crisis, una oportunidad para sanar las heridas que el Covid-19 le ocasionó en las economías centrales del planeta.

Por donde se mire, no cabe duda, la presencia del Covid-19 se hace sentir con un gran peso entre todas las sociedades que ya cuentan con casos confirmados y comienzan a ver la curva de transmisiones elevarse y adquirir un carácter cada vez más doméstico, más comunitario. Y si bien es cierto que, en general, el virus en cuestión tiene un índice de morbilidad y letalidad pequeño, es el estado de salud de las poblaciones a las que ataca el mayor factor de riesgo que hoy las amenaza; pues entre mayor sea la presencia de enfermedades crónicas y degenerativas entre la población, mayor es, asimismo, el potencial de mortalidad de la enfermedad Covid-19.

Entre toda esa vorágine, y un régimen mediático que no cesa de atizar el fuego de la paranoia y el terror, sólo un Estado, un gobierno y una nación (de las más pequeñas al rededor del mundo, por cierto) ha emprendido la tarea de enviar a distintas partes del mundo lo mejor de su personal médico (con experiencia en la contención, mitigación y combate al brote de Ébola en África el grueso de ellos y ellas) para coadyuvar con la eficacia y la calidad de las medidas sanitarias a adoptar para reducir los drásticos efectos que el Covid tiene en países como Italia, donde arribó uno de los mayores contingentes enviados por la isla cuando la proporción de las muertes allí ya alcanzaban el 10% respecto de los contagios confirmados.

Y aunque ha sido una de las pocas naciones que ha permitido atracar en sus puertos a cruceros con tripulación infectada con el virus, sin temor a que ello se convirtiese en el principio de una epidemia importada en el país; y ha sido, también, la punta de lanza en el desarrollo de medicamentos para el tratamiento y creación de vacunas para la prevención de la enfermedad. Hoy, la labor humanitaria y los esfuerzos de cooperación en materia de salubridad del gobierno revolucionario cubano comienzan a sentir la reacción de Estados Unidos, con diligencias diplomáticas desplegadas por el presidente Donald J. Trump para forzar al resto de naciones del mundo a que rechacen o expulsen a las misiones cubanas de médicos y médicas de sus territorios. ¡Cómo si el peso del bloqueo que ese gobierno mantiene sobre los cubanos y las cubanas desde hace medio siglo no fuese suficiente acto de lesa humanidad!


La tradición humanitaria de Cuba


«El internacionalismo revolucionario es una ley de nuestra lucha. Aislados no podremos triunfar. Las grandes ayudas o la más simple de las rebeldías populares nos fortalecen a todos, pues son la expresión de una humanidad nueva, que pugna por una sociedad más justa».

Fidel Castro, 1978

Cuando se trata del internacionalismo cubano en el resto del mundo, en general; y en las periferias globales, en particular; en Occidente suele dominar el sentido común de que el humanismo de la sociedad cubana es en realidad una mascareta por medio de la cual el gobierno emanado de la revolución de 1959 esconde, en verdad, empresas militares destinadas a imponer dictaduras (militares y comunistas) afines en otras partes del planeta. La concesión sin ambages de esas afirmaciones, por sí mismo, da muestran de una total incomprensión, por decisión o por omisión, de los procesos coloniales que Occidente ha emprendido al rededor de la Tierra en quinientos años de historia, aún después de que en la segunda mitad del siglo XX se llegase a afirmar, con los procesos de descolonización de Asia y África, que dicho régimen había agotado su vigencia y su potencia históricas.

Pero además, es muestra de la efectividad con la cual los contenidos ideológicos producidos en Occidente para bloquear simbólicamente a Cuba en el imaginario global han tenido una efectividad tremenda en el grueso de nuestras sociedades. Cuba, por supuesto, ha participado, desde la victoria de su revolución, en un número no menor de proyectos emancipatorios, de movimientos revolucionarios y autonomistas, o similares y derivados, ahí en donde la colonización europea y estadounidense más estragos hizo. Piénsese, por ejemplo, en el genocidio no reconocido que se perpetró en el Congo y que luego, hacia principios del siglo XXI, fue transformado por las mismas fuerzas colonialistas en una disputa de carácter sectario entre antagonismos confesionales. O en la nicaragua somocista, cuya dictadura, financiada, armada y sostenida diplomáticamente por el gobierno de Estados Unidos (el mismo que sostuvo al resto de las dictaduras de seguridad nacional en el Sur de América justo cuando mayor promoción discursiva hacían el propio Estados Unidos y la Europa occidental en favor de un mundo libre y democrático) barrió con cuanto movimiento popular de emancipación se les resistió, hasta la explosión del Sandinismo. O en la Argelia brutalizada por la Francia de los valores revolucionarios: liberté, égalité, fraternité.

Foto: Archivo. Granma.
Foto: Archivo. Granma.

En todos esos espacios, y en otros tantos, Cuba tomó partido por la defensa de la autodeterminación de los pueblos, la libertad, la igualdad y la justicia social (entendidas, claro está, no como se lo hace en el Occidente que todo intenta resolverlo a través del mercado capitalista). Y lo hizo, sin duda, ofreciendo ayuda y cooperación en lo que históricamente se requería más en cada espacio y cada tiempo para conseguir esos propósitos. La historia en Occidente, sin embargo, ha ocultado sistemáticamente eso que además también fue denunciado por Amílcar Cabral, Aimé Césaire o Frantz Fanon: que lo que Occidente considera su empresa civilizatoria del mundo es, en realidad, la puesta en marcha de la mayor traición a los valores humanistas que tanto pregona; y a su vez, la materialización más clara de la barbarie intrínseca a la historia de esa civilización.

Por eso, cuando se requirió defensa diplomática se ofreció diplomacia en cada organismo multilateral; cuando se necesitaron cuadros militantes, se desplegaron cuadros militantes; cuando se precisó adiestramiento para resistir a la guerra y la intervención, se ofreció tal cual. Porque nunca en la historia moderna ningún pueblo de las periferias coloniales que buscase su emancipación de Occidente y sus metrópolis consiguió tal objetivo sin haber luchado por él. Pero si bien es cierto que Cuba cuenta con una extensa y honda tradición militante en ese sentido, también lo es que igual de añeja y penetrante es esa otra tradición (no desvinculada de esta primera) que tiene que ver con la cooperación tendiente a mejorar las condiciones generales de vida de los pueblos más explotados y pauperizados en las periferias coloniales. Alimentación, educación y salud son tres de los grandes ejes de acción de la diplomacia y el internacionalismos cubanos que, a lo largo de las décadas, han tenido por impacto principal el incidir en la vida de millones de personas sobre todo en África, el Caribe y el Sur de América (aunque cuando se ha requerido en estratos poblacionales subalternizados en las economías centrales también se ha incidido en ellas).

Misiones médicas de Cuba en África (2015)

Ambas regiones son, sin duda, los dos más grandes ejemplos del internacionalismo y la solidaridad cubana con otras sociedades objeto del intervencionismo estadounidense y europeo. Y la verdad es que no es para menos. Los lazos culturales y la memoria colonial compartida con una región y con la otra hunden sus nervios más profundos en la larga noche de los tiempos. Únicamente en África, por ejemplo, desde el triunfo de la revolución, cuando las primeras brigadas médicas de cubanos y cubanas fueron enviadas a ese continente en los momentos más acuciantes (y angustiantes) de sus emancipaciones nacionales, las misiones de la isla en materia de salud han tenido presencia en poco más de dos tercios de la totalidad de países del continente (desde entonces, han sido al rededor de 600 000 profesionales de la salud los que en algún momento fueron desplegadas en colaboración con otros Estados).

Sin ir más lejos: hacia la segunda década del siglo XXI, poco más de dos mil médicos, médicas y personal técnico en materia de salud se encontraban desplegados en una treintena de países de África, el grueso de ellos en condiciones de agudas carencias de servicios médicos, de experiencia técnica, de capacidades de absorción de las necesidades colectivas y de investigación e innovación sanitaria. La tarea no es menor. La experiencia del bloqueo que pesa desde el triunfo de la revolución sobre la isla le ha llevado a buscar las alternativas más eficientes y eficaces para lograr la cobertura total de las necesidades de su propia población en materia de salud reduciendo a niveles mínimos la dependencia del sistema nacional de salubridad del país de otros actores o entidades extranjeras.

Es esa experiencia histórica y el saber técnico generado a partir de ella, lo que desde las primeras brigadas enviadas hacia el exterior se procura transmitir a las sociedades a las que llegan: cobertura total, eficiencia, eficacia y autonomía o independencia del exterior. Por eso, cuando de pronto se busca desprestigiar la labor humanitaria ofrecida por el gobierno revolucionario de Cuba haciendo énfasis en el número tan reducido de personal que se envía al extranjero, comparado con los macroproyectos de intercambio estudiantil o laboral patrocinados por las empresas farmacéuticas, facultades de medicina y entidades encargadas de la salud en Occidente, lo que se pierde de vista es que, a pesar del número, lo que se halla al final de los términos del vínculo de cooperación es que al interior del sistema de salud al que se llega a cooperar, se logren reproducir prácticas, procesos, metodologías, etcétera, históricamente comprobados en su éxito frente a los sistemáticos impulsos de privatización y mercantilización neoliberal de los servicios de salud pública de los Estados periféricos.

Nunca antes y en ningún otro ejemplo de diplomacia de algún Estado de América el énfasis en la cualidad antes que en la cantidad ha sido tan importante para comprender la trascendencia histórica de lo que se logra con pequeñas brigadas médicas que tienen impacto en la totalidad de un sistema de salud público. De ello da muestras, por ejemplo, el recuerdo de la participación cubana, en 1986, en el tratamiento de los afectados por la tragedia de Chernóbil, justo en los instantes en los que ésta más asolaba a Rusia, Bielorrusia y Ucrania. Aquel año, uno de los programas de asistencia humanitaria más importantes e impactantes de la política de salubridad cubana comenzó: a lo largo de veintiún años ininterrumpidos al rededor de 26 000 infantes de esos tres países fueron atendidos médicamente de manera gratuita. «Todos los medicamentos y descubrimientos científicos de esa isla fueron puestos a disposición de ellos. La inmensa mayoría se sanó».

En 2014 no se hizo más que confirmar que incluso el peligro agravado de enfermedad y de muerte no únicamente no son condiciones inhibidoras de la cooperación cubana en el mundo, sino que son, antes bien, motivantes de mayor peso para decidir actuar entre quienes menos recursos y oportunidades tienen de salvarse. Cuando en ese año el Ébola irrumpió en la costa Occidental del continente, desde Cuba se enviaron a 260 médicos y médicas para realizar trabajo de campo en las tareas de contención y mitigación de la epidemia. Son los mismos que hoy, dada su experiencia en aquel contexto, se hallan distribuidos en distintos países con casos graves de Covid-19.

En la sobrevida de Retamar estaremos todos. Los que fuimos sus contemporáneos y los que accederán a él mañana. Foto: Dunia Álvarez Palacios. Granma.
En la sobrevida de Retamar estaremos todos. Los que fuimos sus contemporáneos y los que accederán a él mañana. Foto: Dunia Álvarez Palacios. Granma.

«Cuba contribuyó además a preservar la independencia de Angola y a obtener la de Namibia, y a la erradicación del apartheid (esto último lo reconoció noblemente Nelson Mandela); ha defendido en muchos campos la soberanía y la dignidad de los pueblos de Nuestra América».

Roberto Fernández Retamar, La enormidad de Cuba, 1995

En años más recientes, en América, la importancia de las misiones humanitarias de Cuba en materia de salubridad son palpables, a más de veinte años de su arribo, en Haití: esa sociedad que como ninguna otra en el continente americano ha sido devastada lo mismo por desastres naturales (con raíz antropogénica y capitalogénica, por supuesto) que por intervenciones económicas, políticas, armadas, etc., a cargo de los grandes capitales occidentales. «30 millones de casos vistos, 577 mil 421 intervenciones quirúrgicas, 178 mil 104 partos realizados y 185 mil 828 pacientes rehabilitados» son apenas algunos de los resultados obtenidos por la actividad médica cubana en ese país, que ha tenido que lidiar con más terromotos, huracanes y epidemias de enfermedades como el cólera que cualquier otra sociedad del Gran Caribe.

En Venezuela, además, el gobierno revolucionario ensayó por primera vez su programa Misión Milagro, «un programa de intervenciones quirúrgicas visuales [que en la actualidad se ha] propagado a 23 países del mundo, 14 del Caribe y de América Latina». En Guatemala, la misión de médicos y personal técnico cubano ya cumple 20 años de presencia ininterrumpida y se suma a los esfuerzos que desde la isla se han realizado para capacitar a personal del sector salud a través de la Escuela Latinoamericana de Medicina.



La resistencia al bloqueo estadounidense


«Los países capitalistas desarrollados y ricos hoy participan del sistema imperialista y del orden económico impuesto al mundo, basados en la filosofía del egoísmo, la competencia brutal entre los hombres, las naciones y los bloques, que es ajena por completo a todo sentimiento de solidaridad y sincera cooperación internacional. Viven bajo la atmósfera engañosa, irresponsable y alucinante de las sociedades de consumo».

Fidel Castro, 1978

Aunque el segundo mandato de Barack Obama en la presidencia de Estados Unidos supuso un leve respiro en la política exterior intervencionista de ese Estado hacia la isla, la experiencia histórica de los últimos cincuenta años en la relación bilateral entre ambas sociedades demuestra que el intervencionismo no se elimina de la ecuación, sino que apenas y se lo cambia de forma, se modifican sus mecanismos, pero el contenido permanece.

De ello dan cuenta, por ejemplo, las sistemáticas exigencias, aún en la política de distensión puesta en marcha por Obama, de instaurar un régimen político en la isla que se calca de los formalismos, los principios de representación y procedimientos de elección que en Occidente son calificados como los contenidos verdaderos de cualquier política democrática en el mundo; obviando que formas de democracia en el planeta hay muchas, efectivas o en potencia, que no transitan por el formalismo, la representatividad abstracta, el procedimentalismo y el sufragismo cíclico. Pero también lo hacen las insistentes presiones orientadas a desestructurar la participación comunitaria de la sociedad cubana en la vida cotidiana, a aniquilar los principios de justicia social, que sostienen su resistencia al bloqueo, a través de la promoción de la liberalización y la privatización de las capacidades de producción del país; sumadas a la reducción del rol del Estado en la redistribución de la riqueza social y en la corrección y contención de las desigualdades artificialmente creadas por el mercado capitalista por medio de políticas sociales y garantías mínimas de servicios básicos: alimentación, salud, educación, etcétera.

Ahora bien, no obstante lo anterior, y reconociendo, siempre, que los contenidos ideológicos de la presión estadounidense sobre la isla sólo cambiaron de una forma francamente irresistible a una que, por lo menos en el corto plazo, ofrecía un mayor margen de maniobra para el gobierno y la sociedad de Cuba tanto en el plano nacional como en su conducción internacional; lo que es un hecho innegable es que al llegar Donald J. Trump a la presidencia de Estados Unidos los términos del relacionamiento bilateral entre ambos países no únicamente retrocedieron hasta el punto en el que se encontraban durante el primer mandato de Obama (cuando el costo político doméstico de un acercamiento al régimen revolucionario era lo suficientemente grande como para que el primer presidente afroestadounidense del país decidiese dejar hasta el final de su mandato tomar el riesgo), sino que, más que eso, empeoraron hasta límites sólo observados durante la segunda mitad del siglo XX. Y lo hacen, además, en un contexto que potencia los efectos de las determinaciones estadounidenses.

«For nearly six decades, the Cuban people have suffered under communist domination.  To this day, Cuba is ruled by the same people who killed tens of thousands of their own citizens, who sought to spread their repressive and failed ideology throughout our hemisphere, and who once tried to host enemy nuclear weapons 90 miles from our shores».

Donald J. Trump, June 16, 2017

Foto:  Prensa Latina, Granma..

En términos discursivos, por ejemplo, la política exterior del gobierno de Trump hacia Cuba se ha traducido en un incremento en la intensidad y la amplitud de campañas de desprestigio y desinformación sobre las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales que prevalecen en la isla, todas ellas potenciadas por una proliferación sustancial de discursos de odio, incitaciones y acusaciones de todo tipo en boca del propio presidente. La retórica del combate al comunismo internacional y a los peligros que supone la adopción en otras economías nacionales de políticas sociales y principios de convivencia colectiva basados en el bienestar comunitario (antes que el privado) y en la justicia social (antes que en un abstracto ideal meritocrático), en particular, hoy son las dos grandes cajas de resonancia que ocupa el presidente estadounidense para hacer reverberar por todo Occidente la campaña de odio en contra del pueblo cubano.

El argumento que apela al terror comunista —esgrimido primero como tragedia, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX; y luego como farsa, en lo que va de la presidencia de Trump— para intervenir a la totalidad del continente, so pretexto de mantener a flote el ejercicio de una abstracta noción de libertad —hoy más amenazada por el fascismo de nuevo cuño europeo y el supremacismo racial estadounidense que el propio Trump personifica—, por lo anterior, no es sino una mascareta más que busca ocultar la diversidad y la multiplicidad de intereses estratégicos que hoy más que nunca precisan de mantener al continente bajo un estricto dominio estadounidense, de cara a un escenario de confrontación en el que los recursos naturales disponibles en suelo americano son un factor decisivo en la trayectoria del poderío económico, militar —y sobre todo tecnológico— de cualquiera de las potencias imbricadas en la disputa por la hegemonía global, de aquí a los siguientes treinta años.

Los saldos del bloqueo a Cuba

Daños acumulados

«A precios corrientes, los daños acumulados durante casi seis décadas de aplicación de esta política alcanzan la cifra de 138 mil 843, 4 millones de dólares». 

Prejuicios cuantificables

«Tomando en cuenta la depreciación del dólar frente al valor del oro en el mercado internacional, el bloqueo ha provocado perjuicios cuantificables por más de 922 mil 630 millones de dólares».

Pérdidas del último año

«Desde abril de 2018 hasta marzo de 2019, el bloqueo ha causado pérdidas a Cuba en el orden de los 4 mil 343, 6 millones de dólares».

Pero no es el discurso lo que más lastima a la nación cubana (si bien es cierto que nunca deja de ser menor su rol en la configuración del velo ideológico a través del cual el resto del mundo mira a los cubano y las cubanas). Es, en el plano material, de las capacidades de producción y las necesidades de consumo de la totalidad del país, en donde los efectos más certeros y deshumanizantes del intervencionismo estadounidense se manifiestan. Y es que, en efecto, el criminal bloqueo impuesto desde mediados del siglo pasado es el lastre que más estragos causa en la vida del pueblo cubano.

De acuerdo con el Informe 2019 de Cuba sobre la Resolución 73/8 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba, «desde abril de 2018 hasta marzo de 2019, período que abarca el […] informe, el recrudecimiento del bloqueo continuó siendo el eje central de la política del gobierno de los Estados Unidos (EE.UU.) hacia Cuba, con efectos cada vez más notables en su aplicación extraterritorial. La estrategia estadounidense se enfocó en consolidar la confrontación y la hostilidad, tanto en el plano declarativo como en la ejecución de medidas de agresión económica contra el país».

Tan sólo entre 2018 y 2019, por ejemplo, entre las principales medidas de acción implementadas por el gobierno estadounidense para constriñir a Cuba en lo doméstico y en lo internacional se encontraron: a) la profusión de presiones diplomáticas, en el seno del sistema de Naciones Unidas, con el propósito de bloquear las resoluciones concernientes al rechazo directo al bloqueo; b) la ampliación sistemática de las Entidades Cubanas Restringidas, mismas que son objeto de sanciones adicionales a las que se prevén en las disposiciones generales del bloqueo; c) la ejecución de políticas orientadas a la disminución, hasta mínimos históricos registrados, del flujo de viajes hacia la isla; d) la reactivación de diversas disposiciones judiciales, bajo el amparo del titulo 3° de la Ley Helsm-Burton, relativas a la toma de acciones judiciales en tribunales de Estados Unidos contra empresas y/o individuos de nacionalidad cubana.

Informe 2019 de Cuba sobre la Resolución 73/8 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba

«La Ley Helms-Burton constituye un instrumento jurídico de coerción política que dispone acciones de presión económica lesivas a la soberanía de Cuba y de terceros países, con el propósito de asfixiar a la economía cubana e incrementar las carencias de la población. Busca perpetuar el clima de hostilidad entre Cuba y los Estados Unidos y negarle a la nación cubana el derecho a la autodeterminación. Sus regulaciones son contrarias al Derecho Internacional, a los principios de la Carta de las Naciones Unidas y a las reglas establecidas por la Organización Mundial del Comercio. Esta normativa ha suscitado el contundente rechazo de numerosos actores de la comunidad internacional y de representantes de organismos internacionales».

En ese lapso temporal, además, se registraron cerca de una veintena de acciones encaminadas a recrudecer las condiciones de vida de la ciudadanía cubana, y las capacidades de relacionamiento del gobierno con sus homólogos en otras latitudes.

Por eso, además, al margen de los actos injerencistas que llevaron a un golpe de Estado en Bolivia (sancionado por la Organización de Estados Americanos), que han soportado al militarismo practicado por el régimen de Jair Bolsonaro, en Brasil; que llevaron a uno de los mayores desastres económicos, financieros y políticos en la Argentina del macrismo; que intentaron imponer su agenda de ajuste estructural en Ecuador; y que hoy, aún, sostienen a una porción importante de la reacción conservadora en Chile, de cara a las protestas estudiantiles que mantienen en jaque al gobierno de Sebastián Piñera; lo que es innegable es que, de concretarse un segundo mandato de Trump al frente de su Estado, el escenario más seguro para las poblaciones de América será uno de profundización de la agresividad y la violencia con la que los intereses estadounidenses buscaran desarticular a cualquier fuerza política que se resista a sus intervenciones.

Régimen legal del bloqueo a Cuba

En eso la historia es clara. Y es que, en efecto, si algo demuestra con exactitud, es que un segundo mandato de cuatro años al frente del poder ejecutivo estadounidense es siempre una oportunidad para cualquier presidente de radicalizar su agenda de política exterior sin esa atadura que significa el tener que trabajar por asegurar un segundo periodo de gestión —y todo lo que ello significa en términos de arriesgar y apostar a decisiones impopulares u onerosas que pongan en riesgo el escenario electoral futuro.

(1917) Ley de Comercio con el Enemigo

En su sección 5b se delegan facultades al titular del poder Ejecutivo de la Unión para aplicar sanciones económicas en tiempos de guerra y/o emergencia nacional. También establece prohibiciones a comerciar con aliados de cualquier entidad considerada enemiga de Estados Unidos.

(1979) Ley para la Administración de las
Exportaciones

Con base en argumentos que apelan a la noción de Seguridad Nacional de Estados Unidos, se implementan disposiciones en las que se faculta al presidente estadounidense para establecer controles de comercio sobre terceros Estados que sean denominados como amenaza.

(1961) Ley de Asistencia Exterior

Al entrar en vigor se autorizó al presidente para mantener un embargo comercial total sobre el gobierno de Cuba.

(1979) Regulaciones para la Administración de las
Exportaciones

Se establecen disposiciones generales para bloquear las exportaciones y reexportaciones desde la isla de Cuba.

(1992) Ley para la Democracia Cubana

Contiene disposiciones que prohíben a las subsidiarias de capital estadounidense en otros Estados el comerciar bajo cualquier termino con entidades y nacionales de Cuba.

(1962) Proclama Presidencial 3447

Decretó el embargo total en la relación comercial de Estados Unidos con Cuba.

(1996) Ley para la Libertad y la Solidaridad Democrática Cubanas

Históricamente, esta es la Ley que mayores consecuencias ha tenido para ampliar el caracter extraterritorial del bloqueo estadounidense sobre la economía estadounidense. Entre sus principales artículos se encuentran los relativos al régimen de sanciones por aplicar a directivos de corporaciones extranjeras que lleguen a realizar cualquier tipo de transacción con entidades estadounidenses nacionalizadas por el gobierno cubano.

(1963) Regulaciones para el Control de Activos Cubanos del Departamento del Tesoro

Implementadas para congelar la totalidad de los activos financieros cubas en Estados Unidos. Se incluyen disposiciones, además, para ampliar el bloqueo comercial hacia el ámbito financiero. Se prohíben las transacciones por nacionales cubanos en dólares.

(1999) Ley de Asignaciones Suplementarias y de Emergencia para el año fiscal 1999

Contiene disposiciones relativas al régimen de prohibiciones establecidas por los tribunales estadounidenses sobre los derechos de empresas cubanas relativos a marcas asociadas a propiedades nacionalizadas por el gobierno cubano.



El despliegue global de las misiones cubanas ante el Covid-19


«Porque este mundo pobre, este mundo pobre, este mundo estancado, solo se podrá librar de sus miserias con la aplicación de la técnica y de la ciencia. ¡Y si queremos cumplimentar este principio solo con la Revolución podrán aplicar la técnica y la ciencia en su provecho!».

Fidel Castro, 1966

Basta con echar un visto superficial a las redes sociales de las principales entidades encargadas de lidiar con el Covid-19 en cada país en el que Cuba tiene desplegada alguna brigada médica y/o de técnicos profesionales en lidiar con contextos de epidemias graves para alcanzar a apreciar la profunda gratitud mostrada por los gobiernos huéspedes con la labor humanitaria cubana en estos momentos tan difíciles. Mensajes de apoyo por parte de la población, videos de recibimientos emotivos al arribar los vuelos procedentes de Cuba, breves y extensas notas de agradecimiento lo mismo por parte de funcionarios en activo del gobierno en tuno que de la sociedad civil y los sectores empresariales, etc., inundan hoy día las redes sociales hegemónicas en la circulación y la circularidad de la información en torno a la diseminación del Covid-19 pese a los sistemáticos esfuerzos que los medios de comunicación occidentales abiertamente hostiles a la sociedad cubana han emprendido desde hace varias semanas ya para silenciar lo que en el trabajo de campo y a ras de suelo se reconoce como el mayor esfuerzo de empuje humanitario en las tareas de mitigación y contención de la pandemia.

Cuba, en el momento-espacio presente, lidera los esfuerzos humanitarios y de cooperación en materia de salubridad para combatir al Covid-19. Y lo hace a pesar de un férreo bloqueo comercial y financiero que tienen entre sus principales objetivos al sistema de salud de la isla y lo hace, asimismo, cuando la potencia que se hace reconocer a sí misma como la principal línea de defensa del progreso humano tiene en la persona a cargo de su poder ejecutivo a un mandatario que no únicamente nego la existencia real del virus SARS-CoV-2 aduciendo que era una treta china para desestabilizar a Estados Unidos en un momento en el que, se supone, la economía de aquella comenzaba a ir en picada mientras la de éste emprendía el vuelo; sino que, además, y lo que es peor, cuando la crisis estalló al interior del propio territorio estadounidense, pasando en menos de un mes de una centena de casos a liderar el conteo global de infecciones acumuladas en un solo país; el personaje al frente de la presidencia del Estado optó por minimizar los efectos en el corto, mediano y largo plazos.

Desde el principio de la crisis, Cuba se ha mantenido como una de las principales fuerzas de movilización de la respuesta global ante el Covid-19 a lo largo y ancho del mundo. Con brigadas médicas en más de sesenta países, una parte importante de las mismas se halla realizando labores en África, un espacio periférico de la economía global que en situaciones como la presente suele ver potenciados los estragos que en Occidente a menudo se resuelven gracias a las enormes capacidades de movilizar recursos materiales, financieros y humanos.

A contracorriente de la política estadounidense de reforzamiento, ampliación extraterritorial e incremento cuantitativo de sanciones para presionar sobre los sistemas de salubridad nacionales de sus enemigos (esperando obtener por esa vía a) la exasperación y la acumulación de irritación y estrés en las masas populares, y b) la reducción de las capacidades de respuesta y el margen de maniobra de sus respectivos gobiernos), la política cubana de cooperación internacional humanitaria se decanto por mantener e incluso fortalecer su política exterior en materia de salubridad; primero y de manera primordial, en las sociedades periféricas con menores recursos y que previsiblemente serán las que sufrirán los mayores impactos de la infección con la menor cobertura mediática concebible (el eterno lastre ideológico del colonialismo que sólo sabe forzar la mirada en los acontecimientos que se suceden en Occidente). Pero Cuba también lo hace en otras sociedades que no necesariamente cabrían ser calificadas de periféricas.

España e Italia son los dos casos paradigmáticos de ello y también los más recientes. Dos sociedades asoladas no sólo por la diseminación que la infección alcanzó en un tiempo récord, sino, además, por el grado de letalidad que la enfermedad Covid-19 cobró entre sus poblaciones. Son, ambas, dos situaciones hasta ahora atípicas en las que la proporción de la letalidad, esto es, la proporción de decesos respecto del número de casos infectados, alcanza los márgenes del 10%, cuando a nivel global esa tasa se encuentra al rededor del 4% (ni China llegó a atravesar esa barrera psicológica).

Aunque no es el único medicamento actualmente empleado, de manera experimental, para tratar el Covid-19, algunas investigaciones comienzan a sugerir la efectividad de este medicamento inventado por científicos cubanos se debe a que el virus SARS-CoV tiende a disminuir la producción natural de interferón en el cuerpo, haciendo que se disemine más rápido la infección por el organismo. En ese sentido, al ser el virus SARS-CoV-2 un virus ARN, el interferón Alfa2B actuaría estimulando la producción de encimas ARN virasas.

¿Por qué habría de importar que un grupo reducido de médicos, médicas y personal técnico especializado en materia de salud lleguen a cualquier parte del mundo cuando en el contexto presente una multiplicidad de personas, de instituciones y de gobiernos, etc., trabajan a marchas forzadas, sobre los saldos ya dejados detrás de sí por el Covid-19, en encontrar una solución a la pandemia, ya sea por el sendero de la vacunación o del tratamiento cuando la enfermedad se desarrolla? Más allá del claro mensaje humanista que cada una de esas misiones envía al resto del mundo: la predisposición de los y las mejores profesionales de la isla a arriesgar su propia vida en territorios extranjeros, por naciones distintas a la propia, en un sistema internacional acostumbrado a resolver cualquier crisis por medio del recurso a la guerra, a las intervenciones políticas o a la mercantilización y privatización de las respuestas y las soluciones ofrecidas; lo que deja en claro cada brigada al rededor del mundo es que «además de su impresionante sistema médico, Cuba tiene un historial mucho mejor de protección de sus ciudadanos contra emergencias que otras naciones pobres, e incluso algunas ricas […]. El país combina un sistema médico completamente socializado que garantiza la atención sanitaria a todos con impresionantes innovaciones biotecnológicas […]. Cuenta con 8,2 médicos por cada 1.000 habitantes, más del triple que en los Estados Unidos (2,6) o Corea del Sur (2,4), casi cinco veces más que China (1,8) y casi el doble que Italia (4,1)».

Es decir, lo que Cuba hace importa, al margen del número de integrantes de sus brigadas, por los valores humanitarios intrínsecos a la política internacionalista de solidaridad del gobierno revolucionario; por la trascendencia histórica de los miles de misiones acumuladas a lo largo de medio siglo y los impactos que cada una de esas misiones tuvo en la vida concreta de cientos de miles de personas en las localidades más despreciadas por el capitalismo moderno; por la demostración tan tangible que hace que el ideal (utópico en Occidente) de garantizar una cobertura total y de calidad en materia de salud en un Estado-nacional no requiere de esquemas de apropiación privada y racionalización mercantil; y también porque da cuenta de que cuando el conservadurismo, de derechas o de izquierdas, campea por el mundo apelando al mismo principio xenófobo que en las periferias globales llevó a los genocidios coloniales y en los centros planetarios al nacionalsocialismo, al fascismo, al excepcionalismo y al supremacismo (en cualquiera de sus formas particulares), la necesidad de apelar al fortalecimiento de la justicia social, y de la cooperación internacional por fuera de la lógica del mercado capitalista, son imperativos éticos ineludibles para salvar vidas humanas (y lo poco que queda de vida en general en el planeta).

¿A caso ya se olvidó cómo, cuando Estados Unidos fue incapaz de responder y hacer frente a la catástrofe causada en Nueva Orleans por el huracán Katrina, en 2005, Cuba ofreció en diversas ocasiones enviar al territorio del Estado qué más ha procurado espoliar a los cubanos y las cubanas durante tantos años el mismo tipo de ayuda que hoy día el gobierno revolucionario de la isla envía sin miramientos ni chantajes a España, a Venezuela, a Nicaragua, a Haití, a España, etc.? «Incluso fuera de las emergencias temporales, Cuba ha enviado desde hace mucho tiempo médicos para trabajar en países pobres con escasez de atención médica». E incluso frente a la mayor amenaza histórica a su entera a su existencia, la solidaridad, el humanismo y la justicia social han sido vectores históricos de conducción de la sociedad cubana. Ahí en donde los condenados de la tierra —diría Fanon— se mantienen invisibles a la modernidad y al sistema de producción y consumo vigentes, ahí, sin importar si el espacio se encuentra en los centros geopolíticos globales o en las periferias coloniales, en esos lugares y con esos condenas la asistencia médica cubana se ha hecho presente y patente.

Ernesto Che Guevara llegó a afirmar en alguna ocasión, en 1960, que:

«para ser médico revolucionario o para ser revolucionario, lo primero que hay que tener es revolución. De nada sirve el esfuerzo aislado, el esfuerzo individual, la pureza de ideales, el afán de sacrificar toda una vida al más noble de los ideales, si ese esfuerzo se hace solo, solitario en algún rincón de América, luchando contra los gobiernos adversos y las condiciones sociales que no permiten avanzar. Para hacer revolución se necesita esto que hay en Cuba: que todo un pueblo se movilice y que aprenda, con el uso de las armas y el ejercicio de la unidad combatiente, lo que vale un arma y lo que vale la unidad del pueblo».

Ernesto Che Guevara,  20 de agosto de 1960.

Hoy, mas que nunca antes en la historia de Cuba y de las pandemias que la humanidad ha tenido que enfrentar en el curso de su historia contemporánea, aquella valoración cobra toda su densidad histórica y toda su agudeza política: mientras que en Occidente prevalecen las respuestas excepcionales, los Estados de excepción sanitarios, el amedrentamiento y la amenaza policial del uso de la fuerza para conseguir los niveles de aislamiento y distanciamiento social adecuados a la magnitud de infecciones que enfrentan sus Estado-nacionales; y otras tantas medidas individualizadas de acción colectiva, en la actividad humanitaria de Cuba se refleja la importancia y la necesidad de que todo un pueblo (el mundo) se movilice, aprenda (y se apropie) con el uso de la mejor arma con la que cuenta en estos momentos (la ciencia moderna al servicio de la sociedad y de la vida silvestre del planeta) y el ejercicio permanente, sistemático, de la unidad en la diversidad y en la adversidad, lo que vale en sus manos (y no en manos privadas, funcionales a la valorización mercantil) esa arma y la unidad colectiva, por encima del individualismo neoliberal.



La ofensiva de Donald J. Trump


«Los gobiernos de Estados Unidos nos han dado una posibilidad de luchar a plenitud al bloquearnos, hostigarnos constantemente y excluirnos de todo, felices incluso de estar excluidos a cambio de la libertad de poder hablar sin compromisos en cualquier tribuna del mundo donde hay tantas causas justas que defender».

Fidel Castro, 1999.

Aunque las ofensivas comerciales por parte de Estados Unidos y sus aliados más allegados no son una novedad para la sociedad cubana, los tres meses que van del 2020 se han caracterizado por una particularidad virulencia, en el seno de la diplomacia estadounidense, que tiene el propósito de contener los enormes esfuerzos que realizan las misiones médicas de la isla caribeña en el resto del mundo. Situación que, por supuesto, se suma a las sistemáticas y sucesivas sanciones comerciales que el actual gobierno de Estados Unidos ha venido imponiendo desde que Donald J. Trump asumió el cargo, hace cuatro años.

En ese sentido, uno de los frentes más combativos en contra de la cooperación internacional cubana con otros Estados ha tenido en la Organización de Estados Americanos, en general; y en la persona de Luis Almagro, en particular; a dos poderosos caballos de batalla que desde diciembre del año pasado, cuando el golpismo en el Sur del continente se hizo patente en la deposición del presidente Evo Morales, han procurado difundir en el imaginario y el debate público de la región la idea de que en las misiones médicas cubanas se esconde una oscura realidad: la puesta en marcha de un elaborado plan de despliegue de inteligencia y operación de actividades de tortura y represión en los países a los que llegan.

Desde entonces (aunque hay que insistir: esa postura no es nueva), desde la OEA, en voz de Almagro, a lo largo y ancho del continente se ha procurado instaurar como sentido común generalizado entre sus naciones las dos ideas con las cuales, hoy más que nunca, se ataca desde Estados Unidos y sus organismos internacionales ad hoc la labor humanitaria del régimen revolucionario cubano: a) que los y las brigadistas que el gobierno envía al exterior (siempre a petición de interés) son sometidos bajos presiones a realizar dichas actividades, poniendo sus vidas en peligro de infección y, eventualmente, la muerte; y b) que aquellas brigadas que son enviadas al exterior por fidelidad al Estado y el gobierno cubanos operan en realidad no como personal médico dedicado a asuntos de salubridad, sino, antes bien, como agentes encargados de espiar, generar inteligencia y reprimir a la oposición que tiene la isla en el continente o que buscan deponer a gobiernos afines al cubano (Venezuela, Ecuador y Bolivia son los casos paradigmáticos para justificar dicha posición).

La sociedad cubana, hay que subrayarlo, obtiene importantes recursos monetarios de la exportación de sus servicios médicos, rama de las ciencias biológicas en la que a lo largo de décadas se ha especializado. Por ello, cuando acusaciones como las anteriores se esgrimen con tanta facilidad y se les hace eco por parte de los aliados de Estados Unidos en la región, además de apuntar a la consecución del objetivo claro de bloquear los lazos diplomáticos del gobierno cubano con sus pares en otras latitudes del plantea, apunta de manera más directa a alcanzar el propósito de asfixiar hasta el límite de lo irresistible cualquier tipo de ingresos que la isla sea capaz de obtener; pues en el imaginario del intervencionismo estadounidense, si se llega a un punto en el que ni las necesidades más básicas de los cubanos y las cubanas puedan ser cubiertas por el régimen de la revolución, en ese momento, la posibilidad de hacer fermentar un golpe de Estado (en cualquiera de sus formas) sería mucho más alta y sus resultados mucho más agudos.

El intervencionismo estadounidense, por supuesto, obvia el compromiso político tan firme que décadas de su actitud hostil hacia la totalidad del pueblo cubano residente en la isla únicamente incrementó. Pero también, y esto no es menor, pasa por alto que, aún en los periodos de mayor constricción en el país, la nación entera, a través de la aplicación de principios básicos de solidaridad a la convivencia cotidiana, sobrevivió a las más atroces y lascivas penurias causadas por el bloqueo comercial impuesto. De ahí las más de cinco décadas de fracasos en los intentos por llevar a la nación cubana a sus rodillas, apelando al recurso de la fragmentación nacional interna y la sedición.

Desfile del 1ro de Mayo en la Plaza de la Revolución presidido por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del CCPCC y Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros; así como otros miembros del Buró Político e invitados. Foto: Juvenal Balán; Granma.

Por eso en los últimos días, a pesar de las serias dificultades que ya comienza a plantear la política global de decretar estados de excepción sanitarios para contener el avance del Covid-19, la virulencia de los ataques diplomáticos hacia Cuba se ha incrementado sostenida y sistemáticamente. Y es que, en perspectiva estadounidense, lo que se halla en juego es la posibilidad de que el actuar internacional del régimen cubano, sus misiones de cooperación en materia de salud, desenmascaren algunos de los más hondos y reiterados mitos que los mass media estadounidenses y occidentales procuraron construir durante años (como aquel que reza que desde la conversión de la revolución hacia el socialismo la población cubana se encuentra en una suerte de involución civilizatoria o de profundo atraso que la mantiene viviendo como en las condiciones que privaban en el siglo XIX), evidenciando que los niveles de acumulación de riqueza, de producción y consumo capitalistas en Occidente no derivan a una mejor calidad de vida de los ciudadanos y las ciudadanas de cualquier país, sino todo lo contrario: ahí en donde el capitalismo neoliberal campea es en donde mayores desigualdades e injusticias sociales existen, porque la racionalidad que domina la convivencia colectiva está dominada por el libre mercado y una fantasiosa (pero operante) meritocracia de raza, clase y género).

Y se trata, además, de que las sociedades con las cuales coopera Cuba no tengan posibilidad de extender esos lazos de hermanamiento más allá de la coyuntura actual. Por eso, hacia finales de marzo, cuando el número de países con presencia médica cubana ya superaba la marca de los sesenta, el presidente estadounidense en turno, Donald J. Trump, a través de su Departamento de Estado, reforzó la campaña de desprestigio en contra de las misiones médicas cubanas en el exterior. Y es que, además de ser una de las potencias que mayor impulso le ha dado a los esfuerzos por contener, mitigar y combatir el Covid-19 en la poblaciones con más afectaciones, Cuba lidera, también, los ensayos clínicos enfocados en la producción de un tratamiento y una vacuna que resulten efectivos sobre el virus. Empresa, no hay que olvidarlo, en la que avanza de la mano de la diplomacia china y sus inversiones, por lo que hoy, tanto como en la Guerra Fría, Cuba significa para el supremacismo estadounidense una doble amenaza geopolítica: por sí misma y sus mecanismos de cooperación internacional, basados en todos los principios que las Naciones Unidas suscriben, pero son incapaces de llevar a cabo gracias a las ataduras que sobre ellas impone el modo de producción y consumo capitalista; y por su estrecha colaboración con la potencia global que le sigue disputando la hegemonía global en los años por venir.

No deja de ser irónico, y al mismo tiempo revelador de su propio fracaso en la contención del Covid-19, el que la segunda mayor economía del mundo acuse a las misiones médicas cubanas de ser un instrumento de captación de capital (para sustituir las perdidas generadas en el intercambio comercial entre la isla y los Estados que hoy se encuentran bajo un régimen golpista, militar, conservador de derecha, etcétera) obviando el hecho de que, a pesar del tratamiento tan sesgado que se le da a ese dato, para hacerlo pasar en el debate público como una política comercial desleal del gobierno cubano, ni todas las brigadas internacionales sostenidas por Cuba en el mundo son capaces de resarcir (y ni siquiera contener o mitigar) todo lo que se pierde gracias al bloqueo estadounidense.

De ahí que, cuando el Departamento de Estado de ese país sale a la palestra a acusar a Cuba de enriquecimiento ilícito o desleal, vía sus misiones humanitarias en materia de salud, no deje de ser una hipocresía tal afirmación en un contexto planetario en el que, además, la economía cubana experimentará la recesión que se avecina varias veces potenciada debido a que sus relaciones comerciales no pueden ser llevas a cabo como ocurriría con cualquier otra economía, como México, por ejemplo; o hasta Venezuela, que dispone de una riqueza petrolera (por depreciada que se halle) que tiene todo el potencial de mitigar la desaceleración del mundo, y sostener, en mayor o menor medida, los programas sociales que tanta falta harán para paliar los brutales niveles de desempleo que los estados de excepción sanitarios ya causan y seguirán causando tanto como se prolongue la curva de transmisiones doméstica de cada país.

Cuba, sin duda, tiene sus propias fortalezas diplomáticas, económicas, culturales, políticas, etcétera. Sin embargo, y al margen de ese reconocimiento, no deja de ser cierto que en gran medida el éxito internacional de Cuba tiene que ver con la capacidad de la propia isla y de sus aliados más cercanos de resistir las presiones que desde Estados Unidos y Occidente se ejerzan. Y si hay algo que muestra la historia con mucha precisión es que, aunque el pueblo cubano en dueño y heredero de sí mismo y de una larga tradición histórica de resistencia a esas presiones, a esas intervenciones e intentos de aislamiento, en el resto del mundo, las deposiciones, la judicialización de los golpes de Estado y la implantación de gobiernos a modo por la vía militar, clásica, están a la orden del día. Y lo están, aún más, en esos contextos en los que luego de perder, el capital (con sus respectivos Estados garantes detrás de ellos) requieren de acelerar la explotación del trabajo y de externalizar la mayor cantidad de costos a la producción posibles.

Las periferias globales son siempre esos espacios de externalización y sus masas trabajadoras la fuerza de trabajo que sustenta los privilegios del Wellfare occidental.


Créditos

Coordinación de información; redacción y diseño web:

Ricardo Orozco

Internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Miembro del Grupo de Trabajo «Geopolítica, integración regional y sistema mundial», del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

@r_zco

Equipo de Investigación:

Carlos Jenkins

Vicecoordinador del Observatorio de Coyunturas Geopolíticas. Internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en Escenarios regionales y colaborador en el proyecto de investigación «Economía y Guerra en el siglo XXI», del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM.

Nayeli Reyes Romero

Coordinadora del Observatorio de Literatura Hispanoamericana. Hispanista, latinoamericanista; editora y profesora de literatura. Entre sus líneas de investigación destacan: la literatura chilena de postdictadura; los gobiernos dictatoriales; el negacionismo; los derechos humanos; así como el rescate de la memoria social e histórica y las políticas de memoria y de punto final.

Jaime Orozco

Internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México, enfocado en temas históricos y de seguridad, tanto nacional como internacional. Ha laborado para revistas académicas, también ha participado en la política nacional a través de programas juveniles y ha debatido en mesas de análisis sobre las relaciones internacionales para la UNAM.

CELAEI

OCG

https://celaei.org


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