López Obrador-Trump: recuento de los daños

Pasada la tormenta que el debate público nacional vaticinaba que sucedería con el encuentro entre los mandatarios de México, Andrés Manuel López Obrador; y de Estados Unidos, Donald J. Trump; ¿qué nos indica el recuento de los daños? ¿Fue, en verdad, esta reunión un desacierto del presidente de México en el que éste olvidó todos los agravios cometidos por el jefe del ejecutivo estadounidense en turno, en contra del pueblo de México?, ¿Trump salió victorioso de la reunión, con la elección ya en su bolsillo, gracias a la presencia de López Obrador y su influencia en el voto latino? ¿Por qué algunos de los voceros y personeros más fieles a la oposición en contra del gobierno de López Obrador, en México, matizó su discurso plagado de descalificaciones y malos augurios?

Conocer a profundidad las consecuencias de fondo para cada una de esas preguntas y otras tantas no explicitadas aquí sin duda requerirá un poco más de tiempo, pues los actos desencadenados por ellas o bien no cuentan con el contexto necesario para materializarse o bien requieren de plazos más extensos que un par de días o de semanas para madurar, y empezar a dejar ver su trascendencia. Sin embargo, un par de cosas son seguras. En primer lugar, por ejemplo, la actitud de ambos mandatarios y las palabras que se dedicaron mutuamente confirman que la agenda y el espíritu nacionalista de viejo cuño de los dos presidentes es su punto ideológico de mayor encuentro. El proteccionismo de sus respectivas economías y el paternalismo con sus respectivas poblaciones, expresados a través de múltiples referencias a los intereses de la región Norte del continente como una unidad de intereses a pesar de la diversidad, dan cuenta de ello.

Basta, para comprobar lo anterior, en un orden de reflexión adyacente, con mirar a la manera en que el discurso de López Obrador suscribió, prácticamente en su totalidad y en el nervio ideológico más profundo, la postura de Donald Trump frente a la decadencia de la hegemonía estadounidense en el mundo y las amenazas que éste observa en sus principales aliados y rivales en la arena internacional. López Obrador, en ese sentido, fue bastante inteligente en lo que respecta a la manera de presentar discursivamente esa identificación de posiciones, pues lo que en mayor medida y en el discurso de Trump hace referencia, en estricto, a la situación de Estados Unidos, el mandatario mexicano lo extrapoló y lo enmascaró como una condición generalizada de América del Norte. Así, por ejemplo, cuando en su discurso remite al recuerdo de ciertos periodos del siglo XX, como cuando «en 1970 la región representó 40.4 por ciento del producto mundial y ahora esta participación en la economía global ha bajado a 27.8 por ciento», lo que no dijo el jefe del ejecutivo mexicano es que, de esa proporción, Estados Unidos es el socio mayoritario, pues su participación, comparada con la de México, en términos, por ejemplo, de sus capacidades de producción, de sus necesidades de consumo, de los flujos de inversión extranjera (directa e indirecta), etc., es avasalladora.

En 1970, el Producto Interno Bruto (PIB) mexicano era de 35.52 mil millones de dólares; mientras que el estadounidense era de 1.073 billones de dólares (a precios actuales del dólar). Esa diferencia, además, creció abismalmente con el tiempo, hasta que el PIB de Estados Unidos se colocó veinte veces por encima del de México (veintiún billones de dólares frente a un billón). En ese sentido, si en 1970 la participación de México a la economía global, medida sólo por el PIB (y no por la explotación, en donde las proporciones cambiarían) era mínima comparada con la de Estados Unidos, cuando el Norte del continente aportaba casi la mitad del PIB global, ahora que la distancia entre ambas economías es aún mayor, la incidencia mexicana es aún menor en esa relación. Por eso, lo que en el discurso de López Obrador se presentó como un destino común, en el que el triunfo y el fracaso de la región es una dinámica compartida en la misma medida por las tres sociedades nacionales que conforman el bloque, en realidad hace referencia a los vaivenes de Estados Unidos en la arena internacional. México (y Canadá, aunque en menor grado), en esa relación, es apenas arrastrado por el impulso (positivo o negativo) que experimente la economía mayor.

¿Por qué, entonces, presentar de esa manera la historia compartida de la región? La respuesta evidente y quizá no tan compleja —pero no por sencilla simplista— es que, por un lado, al asimilar las trayectorias históricas de ambas naciones, el objetivo a alcanzar era el reforzar la idea de que la política social del gobierno de la 4T es, de hecho, compatible con el proteccionismo estadounidense, en el sentido de que, a pesar de que una y otra postura están ancladas en sustratos ideológicos divergentes (la de Trump, en una proteccionismo de derecha, conservador del viejo estatus quo del american way of life y del ascetismo laboral; la de López Obrador, en un proteccionismo de izquierda, aunque éste termine por hacerle el juego a la reproducción del capital), al final del camino, ambas procuran obtener los mismos resultados: el fortalecimiento del mercado doméstico, de las capacidades de producción internas, de la laboriosidad obrera nacional, de la soberanía, la autosuficiencia y la seguridad en diversas dimensiones de la producción y el consumo.

Ello, por supuesto, no significa que agendas y políticas públicas neoliberales no estén operando, aún, en ambas economías nacionales. Quiere decir, por lo contrario, que los puntos de contacto que en el plano económico tiene ambas administraciones federales en turno sirven, en última instancia, a propósitos similares a partir de construcciones y justificaciones ideológicas distintas. El gesto, además, tuvo un agregado. Y es que, en efecto, al presentar como un destino compartido la situación que de hecho le es propia a la decadencia de la hegemonía estadounidense, López Obrador aseguró atenuar o atajar futuras agresiones económicas por parte de la presidencia de Donald Trump, colocando sobre la mesa el entendido de que aquellas acciones de protección que tome su gobierno (como la repatriación de ciertos capitales manufactureros a territorio estadounidense) en México deben ser comprendidas no tanto como un agravio en y por sí mismo, sino, antes bien, como una coyuntura, como un instante de oportunidad, en medio de la crisis, a partir del cual se tomen medidas encaminadas a sustituir con contenido nacional aquello que a lo largo de décadas de neoliberalismo siempre dependió de los capitales extranjeros.

López Obrador, después de todo, sin duda es consciente de las afectaciones económicas que sobre la sociedad mexicana tienen las medidas restrictivas o proteccionistas de Estados Unidos, en lo concerniente al intercambio bilateral. Sin embargo, en la lógica de su nacionalismo revolucionario, la respuesta no tendría que ser el responder, a toda costa, con acciones y políticas encaminadas a la agudización, ampliación y solidificación de la dependencia estructural mexicana respecto de la dinámica estadounidense, sino, por lo contrario, con apuestas por el desarrollo y el contenido nacional que permitan generar capitales nacionales (algo así como una burguesía nacional que no sea entreguista con el mejor postor del extranjero y que, a su vez, tenga la capacidad de arrastrar a una proporción importante de la población hacia los estratos de clase medios).

En la lógica de los intereses presidenciales estadounidenses en turno, esa postura le hace el juego a la batalla que Trump sostiene con el resto del mundo para generar ventajas competitivas que le permitan colocar a su Estado, de nuevo, en la posición de hegemonía global. Por eso, lo que en el discurso de Obrador tiene un hondo sustento nacional (y nacionalista), en los hechos, en la reunión bilateral, además se sintió como un espaldarazo a los intereses estadounidenses (como una suerte de sumisión o de concesión acrítica).

La segunda cosa que es segura, la segunda consecuencia importante extraída del encuentro y de la postura adoptada por el presidente mexicano, es que, aunque sutil y veladamente, en sus palabras no dejó de reconocer los agravios recibidos por México, y que en esta sociedad la comentocracia de oposición tanto le reclamó y le hizo vera al presidente mexicano como el motivo fundamental que debía justificar el no reunirse con Donald Trump. Y es que, en efecto, entre más próxima estaba la reunión entre los mandatarios, la oposición en México fue cada vez más insistente en colocar como un sentido común generalizado en el imaginario colectivo nacional la idea de que las ofensas y los agravios cometidos por Donald Trump en contra de los mexicanos eran motivo suficiente para marcar distancia en la relación bilateral y no encontrase con el ejecutivo estadounidense.

Ahora bien, acá, lo que resulta interesante es que, durante la presidencia de Enrique Peña Nieto, la actitud tomada por esa oposición fue exactamente la contraria; es decir, fue la de exigir, sí, una disculpa pública y el trato digno y respetuoso hacia el pueblo de México, pero no por ello abandonar la relación más importante de México con un socio extranjero (y menos aún siendo el socio del que más se depende). De ello dan cuenta, por ejemplo, las visitas de Estado anticipadas que se organizaron cuando Trump aún estaba en campaña, y que en ese momento se pensaron por parte del equipo de gobierno más cercano a Peña Nieto como una estrategia de supervivencia, ante un escenario en el que se preveía la victoria electoral del empresario estadounidense. Ahí, en esos instantes, pero también en las sucesivas llamadas telefónicas, en los comunicados y declaraciones, en las reuniones bilaterales, trilaterales y multilaterales en las que coincidieron Peña Nieto y Trump, lo que siempre quedó de manifiesto fue un discurso más que conciliador, sumiso y entreguista, acompañado de una actitud de entera disposición a cumplir los caprichos de la presidencia estadounidense con tal de no afectar el flujo de capitales hacia México.

Las posturas diplomáticas tan duras e intransigentes suscritas por México en contra de América del Sur y del Caribe, la aceptación tácita a operar en la región como el actor encargado de defender las agresiones y las intervenciones geopolíticas de Estados Unidos en contra de Venezuela, Cuba y Bolivia, por mencionar apenas tres casos, lo ejemplifican, y hacen ver que la hoy autodeclarada oposición democrática en México (en la política oficiosa o en la definición del debate público, a través de sus voceros e intelectuales), en aquel contexto, estaba dispuesta a aceptar los agravios y las humillaciones cometidas si con ello la dinámica comercial y financiera entre ambas economías se mantenía lo más estable y redituable posible para los círculos de poder dominantes en el país.

De cara a la presidencia de López Obrador, y una vez que esa oposición ya comenzaba a sufrir las consecuencias de su mandato y de su estilo personal de gobernar, los personeros y los voceros de esa oposición invirtieron su discurso buscando capitalizarlo para las elecciones próximas (de revocación de mandato, pero también de renovación de la Cámara de Diputados federal), apelando a la exaltación del chauvinismo y de otras formas de fundamentalismo nacionalista contrario al sostenimiento de cualquier tipo de relación bilateral con Estados Unidos. Así, si López Obrador iba a su encuentro con Trump, eso, en los hechos, debía ser interpretado por la sociedad mexicana como un insulto, un agravio, una traición y una completa falta de interés y sensibilidad con el propio pueblo de México frente a las ofensas enunciadas por Trump a lo largo de su mandato (sobre todo centradas en los migrantes que se asientan en aquel país).

La respuesta de López Obrador, en su discurso ante Trump, por eso, también fue precisa, pues afirmando que «ciertamente, en la historia de nuestras relaciones hemos tenido desencuentros y hay agravios que todavía no se olvidan», no únicamente hizo ver a todos sus críticos que tuvo la entereza moral para defender el nacionalismo del que tanto es tributario, sino que, además, lo hizo sin poner en riesgo una ruptura o un distanciamiento de relaciones, y consiguiendo, en cambio, el beneplácito del presidente estadounidense, sus elogios y sus aplausos. Es ahí en donde se muestra que el culto al pasado revolucionario de México, del que es tan afecto López Obrador, no es una pura mascareta ideológica o un velo discursivo sin mayores trascendencias para la definición de su agenda de gobierno. Y es que, en efecto, recordando distintos momentos en los que México fue objeto de agravios por parte de presidentes estadounidenses (demócratas y republicanos por igual; a pesar de que los demócratas han sido históricamente más agresivos con México y el resto de América de lo que lo han sido los republicanos), le recordó a quienes miraban el evento y escuchaban sus palabras que en momentos excepcionales, en momentos de crisis y, sobre todo, en momentos en los que México se halla en posiciones particularmente desventajosas o abiertamente vulnerables,  el ser conscientes de los agravios cometidos en su contra, el no olvidar incluso aquellos que ya se sienten bastante lejanos en el tiempo (como la conquista territorial del siglo XIX), incluso ahí, no se justifica el no ser pragmáticos y estratégicos en el desenvolvimiento de la relación bilateral.

¿No es verdad, después de todo, que incluso durante los años del presidencialismo posrrevolucionario más proteccionista y nacionalista del que tenga registro la historia del Estado mexicano la ruptura con Estados Unidos nunca fue una opción factible?, ¿y no es verdad, también en esa línea de ideas, que los éxitos más recordados de la diplomacia mexicana a lo largo de los siglos XIX y XX no se debieron a posturas de ruptura y de distanciamiento, sino a la capacidad de apelar a principios de convivencia entre las naciones y a posturas éticas elementales a partir de las cuales las humillaciones y los agravios pasaron a un segundo plano cuando intereses geopolíticos y de supervivencia del Estado mexicano y de su régimen político más apremiantes tenían que ser resueltos, justo, en el marco de la relación bilateral?

Finalmente, y no por ello menos importante, una tercera consecuencia fundamental que hay que observar del encuentro es que, en la primera línea de fuego de la comitiva de la que se acompañó López Obrador, estuvieron algunos de los representantes empresariales más importantes (o quizá necesarios) para sostener en México un clima de estabilidad relativa mínima, suficiente, como para seguir avanzando en la agenda social de la 4T. Así, lo que parecía un encuentro innecesario, en realidad tuvo el apoyo y contó con la venia de un circulo para nada fútil de la clase empresarial mexicana: esa misma clase que durante toda la contingencia sanitaria por la pandemia de SARS-Cov-2 no dejó de arremeter en contra de la 4T, en general; y de la persona de López Obrador, en particular; por considerar que una y otro sólo sentían y demostraban desprecio por su rol en la vida económica y política de México.

Conseguir la presencia empresarial mexicana en la reunión entre los mandatarios, y establecer agendas de negociación compartidas, en ese sentido, también tuvo detrás de sí la defensa de un interés elemental en el proyecto de nación de López Obrador: calmar las aguas con el empresariado nacional haciéndole saber que está dispuesto a trabajar con ellos y ponerlos en la primera línea del juego, siempre y cuando en ello no vayan empeñadas las condiciones de posibilidad de la movilidad social que busca conseguir. Quizá por eso los voceros del empresariado, sus intelectuales y comentócratas, en cuestión de horas decidieron matizar sus ataques e incluso reconocer el atino de la visita.


Ricardo Orozco

Internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Miembro del Grupo de Trabajo «Geopolítica, integración regional y sistema mundial», del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

@r_zco

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