La crisis internacional y su repercusión en Libia

No existe duda alguna de que nos hallamos frente a un escenario decisivo, trascendental e histórico. Nunca antes las calles de las grandes metrópolis habían tenido que permanecer desiertas; museos y parques de atracciones deslumbrantes, cerrados; eventos monumentales, cancelados. El mundo entero ha tenido que permanecer en resguardo ante un peligro que no se resuelve con amenazas o diplomacia y, por supuesto, mucho menos con el despliegue de tropas militares, ¿Cómo luchar contra un enemigo invisible?

En este momento tan crucial, el sector salud se ha convertido en la máxima autoridad estatal en muchas de las naciones que integran el sistema internacional mientras que medidas nunca antes vistas se implementaron en todas las sociedades, dando una sacudida colosal a los hábitos y forma de vida de las personas.

Se dice que los peores estragos del Covid-19 no serán las defunciones que éste ocasione, sino que lo será la crisis económica que éste provocará.

El mundo occidental bajo el que vivimos, se encuentra fuertemente influenciado por los ideales estadounidenses; así que resulta obvio y entendible que el mayor énfasis se le otorgue al aspecto económico. Sin embargo, la crisis no será sólo de carácter económico, sino que también incluirá aspectos sociales, políticos y medioambientales. Por otra parte, resulta de vital importancia recalcar el hecho de que esta crisis multidimensional no se originará a partir de la presencia del nuevo Coronavirus en el mundo; en realidad ésta ya venía creándose desde varias décadas atrás.

Es necesario recordar lo que acontecía en la escena internacional antes de que naciones enteras se confinaran en cuarentena. El mundo se encontraba ya ante grandes retos y cambios: en América Latina, gran cantidad de protestas sociales se desataron, en nuestro país, el movimiento feminista tomó las calles y las universidades; en Europa, se vivió el Brexit, la gran fractura del multilateralismo; la migración internacional aumentaba a grandes saltos, provocando violencia en Grecia y Turquía; la tensión entre Irán y Estados Unidos mantenía en alerta a los observadores y estudiosos de la realidad internacional; aunado a ello, problemáticas como el hambre, la desigualdad social, el crimen organizado, el terrorismo y el cambio climático aumentaron su presencia y gravedad.

El Covid-19 no es para nada el causante de todos las problemáticas mencionadas; sin embargo, si se está convirtiendo en un potencializador y acelerador de las mismas, además de que ha logrado evidenciar su gravedad.

Durante años, la humanidad ha recorrido un camino estipulado por las grandes potencias de primer mundo, un camino que nos asegura que en algún momento los países en vías de desarrollo y subdesarrollados podrán convertirse en industrializados. Hoy, la pandemia nos ha mostrado que estas naciones, aún con su alto grado de desarrollo y avance tecnológico, poseen un sistema de salud deficiente, incapaz de frenar la propagación del virus; prueba de ello es el hecho de que entre los países que registran un mayor número de contagios se hallan Estados Unidos, España, Italia, Reino Unido y Francia.

Por otra parte, China y los países asiáticos han mostrado su gran capacidad para hacer frente a la pandemia, registrando un número bajo de casos a pesar de que el epicentro del virus ocurrió en su territorio. Ante esto cabe preguntarnos si la senda que hemos venido recorriendo es la correcta.

El mundo entero ha recibido una bofetada en el rostro al darse cuenta que, el modelo de producción capitalista es el causante de las grandes injusticias en materia laboral que estamos viviendo, pues éste defiende la idea de que lo más importante para una empresa es el beneficio mutuo, sin otorgar la más mínima importancia al bienestar de sus empleados. De ahí que grandes corporaciones, que ni siquiera corran el riesgo de caer en bancarrota, han decidido despedir a sus empleados o descansarlos sin goce de sueldo, tal es el caso de Grupo Alsea en nuestro país.

La desigualdad social, ya evidente desde años atrás, mostró una nueva faceta cuando el Covid-19 comenzó a expandirse a lo largo de todo el globo pues las campañas de protección de la salud no tardaron en hacerse presentes y una frase comúnmente escuchada en ellas era “el virus no discrimina, ataca a todos por igual”. La realidad nos ha demostrado que esta afirmación no es del todo verídica, pues si bien es cierto que el virus puede trasmitirse por igual a cualquier persona no todas las personas se encuentran expuestas de igual manera. Para las personas que tienen la suerte y fortuna de percibir un ingreso económico elevado resulta mucho más sencillo el permanecer en cuarentena que para aquellos que viven al día y dependen de la economía informal o de pequeños negocios para solventar los gastos familiares. Esta desigualdad se ha reflejado incluso en los que aún son estudiantes pues no todos cuentan con los medios y los recursos para estudiar en línea.

Como he mencionado, estas problemáticas llevan generando descontento desde tiempo atrás, se trata de brechas que surgieron a partir del reordenamiento del mundo al término de la Segunda Guerra Mundial y que no han logrado cerrarse.

Otro fenómeno internacional cuya gravedad ya era alarmante y ahora está en peligro de acelerarse es el cambio climático. En un escenario donde los grandes líderes deciden abandonar el Acuerdo de París, lo cual también pone en duda la gobernanza global, y donde se argumentaba que poner un freno a la actividad de las industrias contaminantes era imposible; ahora podemos observar que la “pausa” que el planeta Tierra pedía a gritos si podía realizarse.

Nos hallamos ahora ante una realidad en la que millones de personas tendrán que regresar a la normalidad de sus vidas tomando gran cantidad de precauciones sanitarias, por lo que los desechos de mascarillas, cubrebocas, guantes de látex y envases de gel antibacterial aumentarán drásticamente, esto añadirá un reto más que enfrentar en la problemática medioambiental.

Para lograr combatir gran cantidad de las problemáticas de nuestro presente y de nuestro fututro será fundamental apostar más que nunca por la Cooperación Internacional para el Desarrollo; pero una cooperación efectiva, ya que se ha comprobado que la llamada “cooperación condicionada” no es más que otra estrategia de política exterior de las grandes potencias. Además, se requiere una reformulación y la creación de estrategias más efectivas que garanticen el cumplimiento de los objetivos vertidos en la Agenda 2030.

Ante las condiciones actuales, se corre el riesgo de que los movimientos extremistas, el racismo y la xenofobia (sobre todo hacia personas de la región asiática) aumenten en gran medida, al igual que el proteccionismo en gran cantidad de naciones. Sin embargo, también se vislumbra que el inminente ascenso de China como primer potencia económica ocurra antes de lo esperado, y debido al gran manejo de esta nación ante la pandemia y el hecho de que brindara ayuda y asesoramiento a diferentes países, puede otorgarle grandes aliados inesperados. Recordemos el hecho de que ante la negativa de ayuda por parte de la Unión Europea hacia Italia y España mientras vivían las semanas más brutales del brote, muchos ciudadanos quemaron banderas con la insignia europea en redes sociales mientras los gobiernos recibían los lotes de ayuda china. Podemos encontrarnos ante un cambio en los polos de poder, y no sólo en el espectro económico.

Sin duda vivimos un momento crítico y alarmante; no obstante, también podríamos hallarnos frente a la oportunidad para cuestionarnos los patrones de desarrollo y crecimiento, así como nuestros hábitos de vida y de consumo. Puede ser el momento preciso para realizar los cambios que nos guíen hacia un futuro mejor, la oportunidad perfecta para implementar las estrategias que permitan cerrar las brechas y heridas que han estado abiertas por tan largo tiempo. Es el momento ideal para cambiar la manera en que estaba siendo escrito el futuro de la humanidad.

            La Crisis Internacional en Libia

El conflicto en Libia es una de las grandes problemáticas cuyo origen se encuentra nueve años atrás de la pandemia actual. Estamos hablando de una crisis que ha sido olvidada por muchos pero cuya gravedad es enorme y no para de aumentar.

Desde el derrocamiento de Muamar Gadafi como gobernante, Libia ha sido devorada por el caos, pasando de ser la nación con mayor desarrollo en África a un simple terreno de batalla para los dos gobiernos que se disputan el control de la nación, así como de las milicias que los respaldan y que son causantes de cientos de asesinatos, torturas y crímenes de lesa humanidad.

La problemática en Libia poseía ya una naturaleza sumamente compleja debido a la gran cantidad de intereses extranjeros implicados en la región, ahora, con la llegada del nuevo coronavirus al territorio; la situación se ha agravado.

En Libia, desafortunadamente, podemos comprobar que la pandemia no puede ser afrontada de la misma manera por todos, por más que se deseé. Si en el mundo occidental es un reto mantener a millones de personas en cuarentena, en Libia es imposible.

En primera instancia, para miles de personas es impensable el permanecer en sus hogares ya que se encuentran bajo una amenaza constante de ataques terroristas y de las milicias; además, muchos otros se habían visto forzados a desplazarse desde antes de la pandemia por lo que no poseen una vivienda en la que permanecer aislados.

Como la guerra ha sido incesante durante nueve años, los servicios de salud ya se eran insuficientes para la gran demanda de solicitantes; además, el equipo con el que cuentan también es antiguo, desactualizado y deficiente. Según cifras del Comité Internacional de la Cruz Roja, un millón de personas requerían asistencia médica antes del brote y, sólo en Trípoli, trece centros sanitarios habían cerrado sus puertas. Para Libia sería sumamente devastador que un escenario de contagios como el vivido en Italia y España llegará a desatarse.

Por otra parte, habría de esperarse que con la amenaza de contagio los enfrentamientos cesaran y se acordara un “alto al fuego” que perdurara mínimamente el tiempo que lo hiciera la emergencia. Por desgracia, ha sucedido todo lo contrario; los ataques se han intensificado e incluso Khalifa Haftar anunció el pasado 23 de abril que se disponía a asumir el control político en Libia argumentando que esta decisión respondía a “la voluntad del pueblo”; además en el mismo mensaje decidió deslindarse del “Acuerdo Político Libio”, el cual fue firmado en 2015 bajo auspicio de la Organización de Naciones Unidas.

Estos actos podrían convertirse en trascendentales para el futuro de la nación, pues el mencionado acuerdo es la base de todos los intentos de solución pacífica que han existido para el conflicto, pues estipula la creación de un solo gobierno para Libia que deberá integrar a ambas partes en contienda; el hecho de que Haftar decida deslindarse de ellos podría significar un cierre total para la diplomacia y la mediación internacional.

La guerra podría prolongarse o acortarse, pero el fin no sería pacífico. Nuevamente podría imponerse un gobierno en Libia que no mantendría satisfechos a la totalidad grupos sociales, militares y tribales que integran la nación, lo que fragmentaría nuevamente al territorio, ya sea en un corto o largo plazo.

La guerra no sólo se ha agravado en la cantidad de ataques, también lo ha hecho en la brutalidad de los mismos. El gobierno en Trípoli ha denunciado el uso por parte del Ejército Nacional Libio de armas químicas para la realización de un ataque en Salahadin; el Ejército ha argumentado que esto no son más que mentiras e incriminaciones, pero la posibilidad se encuentra latente y, con tantas potencias extranjeras interfiriendo en el conflicto la posibilidad, si no se ha efectuado ya, parece muy remota.

Libia es uno de los conflictos incesantes en los que occidente no posee un interés genuino por encontrar una solución verdaderamente efectiva, pero no es el único; encontramos similitudes en Siria, Yemen, y en el Sahel. Estas problemáticas son un rostro más de la gran crisis multifacética que el mundo ha pretendido ignorar por tanto tiempo.

Tristemente, el cómo la pandemia ha afectado a Libia nos demuestra que, en ciertos aspectos, no todos nos encontramos en el mismo barco.


Jessica Itzel

Egresada de la Lic. en Relaciones Internacionales, de la Facultad de Estudios Superiores Aragón, Universidad Nacional Autónoma de México.

jess.itzl.p.d@gmail.com

Publicado por CELAEI

Somos un Centro de Investigaciones Interdisciplinarias fundado en México, con vocación latinoamericanista.

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