Nunca más una normalidad de desigualdad y violencia de género

El 2020 pasará a la historia por hacer realmente evidente la crisis civilizadora del capitalismo. Desde finales del año pasado diversas protestas sociales en distintas partes del mundo (como en Hong Kong, Chile, Colombia, Haití, por ejemplo) exigían mejores condiciones para garantizar el derecho a una vida digna. Con ese legado, este año empezó con un brutal golpe al ya dañado medio ambiente con los incendios en Australia; posteriormente se generó alerta mundial tras confirmarse la máxima expansión del virus COVID-19 y pronto nos enfrentaremos a una recesión económica mundial nunca antes vista.

Mientras ese era (y es) el panorama mundial, el pasado 8 de marzo las mujeres del mundo tomamos las calles para repudiar la violencia machista y exigir el pleno respeto a los derechos humanos y la equidad de género. El mundo ya ardía antes de que estallara la pandemia en el mundo. El mundo ya vivía en crisis de desigualdad social y de violencia de género. Las mujeres eran las más afectadas desde entonces, pues ya conocían el miedo a morir si salían a la calle, ya eran violentadas y acosadas en distintos espacios por los hombres que las rodeaban, incluso, ya tenían una mayor carga de trabajo al asignarles las labores del trabajo doméstico y del cuidado y no se sentían seguras ni en la calle ni en su casa.

Con el brote de la pandemia de la COVID-19, que trajo consigo el confinamiento de millones de personas en todo el mundo, se registró un aumento significativo de la violencia doméstica que afectó principalmente a las mujeres. Este es uno de los principales riegos a los que se han visto expuestas las mujeres del planeta, al encontrarse en la necesidad de estar en casa para sobrevivir, se encontraron inmersas en un doble riesgo ya que deben resguardarse del virus y al mismo tiempo compartir el espacio con sus agresores y violentadores machistas.

La violencia de género es la otra pandemia de la que no se habla mucho,  la misma que se encuentra tan implantada en el sistema capitalista patriarcal que es interseccional, que no distingue zonas geográficas ni clases sociales ya que en todo el mundo se han incrementado las llamadas de auxilio por violencia doméstica. Tan sólo en el caso de México, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) reveló que en total se recibieron 64 mil 858 llamadas, es decir, 2 mil 092 al día, 87 llamadas por hora. A eso se suman 22 mil 628 llamadas por violencia de pareja durante marzo.

En el caso europeo, en España se indicó que durante las dos primeras semanas de abril hubo un aumento de 30,7% en las llamadas a la línea de ayuda de violencia doméstica; en Reino Unido han aumentado en un 49%; en Grecia se reportaron casi cuatro veces más las quejas de violencia en abril que en marzo; en Francia se recibieron hasta tres veces más de la cantidad diaria habitual de llamadas; en Rusia las quejas e informes hechos a las organizaciones no gubernamentales aumentaron de aproximadamente 6,000 en marzo a más de 13,000 en abril; Nueva Zelanda tiene una de las tasas más altas de violencia sexual y doméstica en el mundo desarrollado, pues la policía responde a un incidente de violencia familiar cada cuatro minutos.

En Latinoamérica las cifras son aún más preocupantes. Argentina registró un incremento de 67%  en las llamadas de mujeres que solicitan ayuda; en Chile, la entonces ministra de la Mujer, Carolina Cuevas, dijo que los llamados se habían incrementado un 70%. En Brasil los casos de violencia contra las mujeres en los que intervino la policía aumentaron un 45%. En Colombia los llamados diarios subieron casi 130%. Estos datos reafirman lo que ya era una realidad constante: el hogar tampoco es un lugar seguro mientras nos encontremos en una cultura que nos oprima por ser mujeres.

Por su parte, los feminicidios también han ido en aumento. Aunque aún no se tienen las cifras oficiales del total de asesinatos a mujeres por cuestiones de género, el mundo sigue padeciendo tan sólo en Reino Unido se registraron 16 asesinatos de mujeres y niños en las primeras tres semanas de encierro y en España se han reportado 19 casos de feminicidio. En el caso latinoamericano, en México se han reportado 163 feminicidios; en Perú, tras ocho semanas de confinamiento, se registraron 12 feminicidios y 226 violaciones, de las cuales 132 se cometieron en contra de menores de edad.

En cuanto al abuso infantil, la Organización de Naciones Unidas (ONU) alertó que por el confinamiento a nivel mundial por la COVID-19 ha aumentado la exposición de las y los menores de edad a hechos de violencia y abuso sexual, así como a la venta, el tráfico y la explotación sexual. Sin embargo, no se tiene un registro real en cifras ya que es muy difícil detectar los casos de violencia infantil dentro de los hogares.

Asimismo, dentro de la violencia de género también encontramos la desigualdad en la carga del trabajo doméstico. El confinamiento por la pandemia ha generado un incremento en la carga de trabajo para las mujeres, pues no sólo deben encargarse de sus labores profesionales sino que también deben atender el trabajo doméstico y el cuidado de quienes vivan con ellas. También las mujeres han sido las más afectadas en cuanto al desempleo por la contingencia. En el caso de Estados Unidos, a mediados y finales de marzo, las mujeres eran la mayoría de quienes solicitaban los seguros de desempleo en estados como Nueva York, Nueva Jersey, Virginia y Minnesota.

Aunque las cifras son alarmantes, el problema es mucho más complejo de lo que éstas revelan. Tengamos presente que esos indicadores sólo reflejan el auxilio que han podido pedir las personas, pero no si fueron o no atendidas o si se les canalizó de manera adecuada. En este sentido, no podemos dejar de lado a todas las mujeres, las adolescentes y las niñas que no pueden alzar la voz para pedir auxilio a causa de las condiciones de violencia en las que se encuentran. Si tomáramos en cuenta a todas las mujeres que están viviendo situaciones de violencia, las cifras serían aún más escalofriantes.

En las últimas semanas, la población mundial ha vuelto a tomar las calles para exigir formas de vida más igualitarias. Está claro que no se debería volver a una normalidad donde la pobreza, la desigualdad social, la discriminación, la violación de los derechos humanos y la violencia de género son constantes que nos afectan a todas y todos. El derrumbe del sistema capitalista es cada día más evidente y las personas exigen con mayor énfasis formas de interacción social alternativas que sean compatibles con una vida digna para todas y todos. La pandemia y los cambios sociales que estamos experimentando nos invitan a repensar y reflexionar de manera individual y colectiva sobre cuál y cómo debe ser la nueva normalidad que queremos vivir y la responsabilidad social que tenemos que emplear para lograrlo.


Karen Ávalos

Internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en estudios de Estado, gobierno y democracia por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

@KarenFridAvalos

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