Tránsito y patrimonio cultural en tiempos de cuarentena

Nadie se esperaba que algo así pudiera suceder (de nuevo). Se decía que algo así solo existía en algunos libros: novelas existencialistas, cánticos y crónicas medievales; documentales y ponencias de estudios históricos. Sin embargo, ninguna nos prepararía para afrontar lo que se avecinaba; pecamos de incrédulos y de apatía, sobre todo. Poco fue el tiempo que requirió para que la corona invisible se posara en la cabeza de uno que otro individuo por el mundo, todos parte de una gran monarquía; y aquí no iba a ser la excepción. Más tarde que temprano, caeríamos también en las disposiciones mundiales de los (no tan) nuevos procesos de contingencia ante una pandemia.

Desde antes de la cuarentena ya salía bajo el abrigo de la noche matinal sin hacer el mínimo suspiro para despertar al gato acurrucado que es la casa. Salía, como ahora, en plena contingencia, de incógnito, con la esperanza puesta detrás de la bufanda para que nadie me viera; marcar error en los softwares de reconocimiento facial de las cámaras sobre la calle. No quería que nadie me dijera si estoy o no sano por el hecho de que ni siquiera yo lo reconozco; me siento bien, aunque en mi generación siempre se habla abiertamente de ya quererse morir. Tengo propensión alérgica al polvo y a los cambios de temperatura, gracias a ello debo salir más abrigado de lo usual. Moda que durante el tema en boga se mimetiza entre la población que –como yo– aún continúa saliendo de casa a trabajar porque sin algunos de ellos, seguramente todo el sistema –o lo que solemos nombrar de esa manera– colapsaría definitivamente.

Con el paso de los días, en los trayectos aumentó gradualmente el temor de aferrarse a cualquier tubo o pasamanos del transporte público, a pesar de cargar –adictamente– en algún bolsillo del ajuar, de la mochila, de la bolsa, lista, una dosis de alcohol desinfectante. Se viaja así porque como la mayoría de usuarios, ninguno es dueño de un carro y si acaso lo tuvieran, probablemente no alcanzaría para salir y volver a casa. Un bien de éste tipo representa una inversión al mismo tiempo que una aversión: entre gasolina e impuestos, tráfico y la in-habilidad de los otros conductores. En especial cuando unos tienen trabajos de primera necesidad que deben salir disparados al llamado como los médicos, enfermeras o los agricultores. Los marchantes de mercados o restauranteros, pero extrañamente no los trabajadores de limpieza quienes son los que se les debería dar mejores beneficios por sus condiciones de su trabajo, más con la pandemia sobre el viento. Ni se diga lo que podría costar atenderse de ser contagiado, o peor, ser portador asintomático: una bomba silenciosa.

Ninguno de los trabajos enlistados podría compararlo con el mío porque, a pesar de no parecerlo así. Lo que hago tiene el poder de impactar en la moral de las comunidades, en la economía (turística) y la historia misma: trabajo con la memoria y sus daños: restauro bienes culturales: habas cocidas de cualquier lugar y tiempo. De momento lo pienso (miento) que probablemente ese sea el motivo –de antemano se augura falso– de por qué las autoridades indicaron que dicho giro no requería hacer un suspensión de actividades. Bueno fuera que así sucediera todo el tiempo, según, por temas de recursos y no solo por una situación así de extraordinaria.

Cultura y pandemia parecen ser palabras que difícilmente podrían hallarse en la misma oración, pero gracias a la conectividad masiva y de bolsillo, todo es posible. Pensándolo detenidamente, éste será uno de los sectores más afectados por el simple hecho de que la cultura solo toma relevancia al estar soportada por la propia sociedad; sin embargo, va más allá del somero disfrute o ruta concentradora del ocio. Lo cultural es un eje medular donde orbita un ecosistema simbiótico social, económico y simbólico donde los habitantes (recurrentes y habituales) vinculados a los espacios culturales son a su vez los medios que nutren el origen, desarrollo y conservación de comercios, bienes y servicios, los cuales han sacado provecho durante largo tiempo de dicha situación. Quizá después de la pandemia, si logran sobrevivir, sea el momento de sentarse a aclarar la pregunta incómoda sobre su relación –y aporte– al patrimonio y la cultura.

Los trayectos pasaron de ser desapercibidos a inundarse con aguda paranoia tras ver el actuar de los usuarios. Una señora, en plena la maniobra del maquillaje de párpados y pestañas fue interrumpida por cierta tos, cierto carraspeo que impronta duda razonable. Luego, al dejarle un paso a su vecina que bajaría en la próxima estación con la misma mano –a dos tiempos– que cubrió su tos. Agarra el respaldo del asiento. Gira y una vez libre su vecina, se recorre de nuevo a donde estaba para continuar con el ritual matutino. La mano de un hombre sostiene el micrófono del manos libres, irónicamente. Sostiene su cuerpo de un tubo al igual que la tos ocasional. Un par de amigos comparten la mano con sus estornudos, zapes y cachetadas entre ellos. Escenas triviales, seguramente en cualquier en otro momento pasarían por alto. Pero, en éste contexto, cada escena justifica el sentir palidecer el cuerpo bajo la ropa.

Aun así, en cada situación, alguien –aparte de mi– debió escuchar a su conciencia decir: acércate y ofrécele una pastilla de mentol, un poco de alcohol desinfectante; no obstante, se calla de pronto al recordar en qué momento y lugar se encuentra. Parece muy pronto como para confiar ciegamente en los extraños. Después del sismo de 2017, la tragedia unió a todos los ciudadanos porque los números se hicieron tangibles con los edificios dañados, los testimonios de damnificados y las noticias de –aparente– pronta solución; nos arropamos –o así se quiere hacer creer– en la participaron general para contrarrestar la catástrofe. Hoy con el COVID-19, solo hay números e indicaciones a la espera de que (quizá) no todo empeore y lo hará. Somos demasiado desconfiados para tomar en serio las precauciones. De pronto no es tan buena idea depender de lo que se puede ver.

Al descender del vagón, inicia el ritual que de ahora en adelante nos acompaña: aplicar la dosis lista a frotar sobre las manos hasta que desaparezca la paranoia y el vagón donde se viajaba. Mientras se espera que todo sea un sueño de cabezada, falsa alarma. Se anhela (ilusamente) no volver a presenciar en la segunda –tercera o cuarta– parte del trayecto en combi o camión.

Para olvidarme de todo, escucho atentamente a los Rolling Stones y reafirmo mi ser con la figura de rodantes dados que el buen Señor ha iluminado con el susurro, que dice: No puedes tener todo lo que quieres, pero si lo intentas, obtendrás lo que necesitas. Dejé atrás los días de bestia de carga para correr junto con los caballos salvajes y sin embargo, echo de menos a la chica arcoíris: dime Lucy; tú que y viajas por el cielo diamantino, ¿me darás asilo, azúcar morena? En mitad de la lista de reproducción suelo caer dormido por el vaivén del camión. Le agradezco al conductor por los muelles sin mantenimiento que, mecen en vez de amortiguar, leen el braille asfaltado de la ciudad: relato que nadie aún se ha decidido a traducir. Desaparezco y cuando me siento haber muerto, un extraño roce al hombro me despierta con cierta zozobra. Llegamos al destino pactado en el costo del pasaje, siete pesos, más el boleto del metro, por mucho, le siguen –y seguirán– sacando ventaja al gasto de un coche con tanque lleno.

En el trabajo cumplo las horas en la lista de asistencia y las labores previstas en el cronograma: ver cómo piedra a piedra vuelve la forma y resistencia de muros, pretiles, almenas y bóvedas. El poro del mortero se cierra con cada hipnótico movimiento circular, la lisa piedra pule la nueva piel del testigo in-sobornable de la historia. Así durante días y semanas pasan –y pasarán– de largo los años que tardó solucionar los efectos del último gran sismo. Por aquello del ánimo de los vecinos durante la cuarentena, hemos decidido esmerar la labor. Es muy seguro que alguien (algún vecino vigilante) debe estar observando –atentamente o de reojo– desde su ventana. Probablemente sienta un alivio al ver el pasado prevalecer y una vez que pase la epidemia pueda habitarlo nuevamente; retomar-se desde donde quedó su cotidianidad; sin embargo, en el aire sigue girando la moneda.

Eventualmente las fases más críticas nos alcanzarán y estaremos encerrados como los vecinos. Veremos desde casa cómo, sobre el trabajo (el sueño) queda en pausa y sobre éste se acumula el polvo; entre ramas y cables telefónicos, los pájaros admiran nuestro –triste– canto detrás de los barrotes de la ventana. La (in)evitable duración de éste proceso dependerá de nos-otros y al saber dónde me encuentro, solo sé que no sé en qué, ni en quién, pueda creer durante la cuarentena.

De vuelta al camión, al metro, a los incontables trayectos y trasbordos, camino a casa bajo el abrigo crepuscular. La distancia se apelmaza bajo palabras leídas en el libro a la mano, en las pantallas de andén, en los letreros de rutas, en los autobuses, en la publicidad. Se apelmaza en cada palabra vuelta oración y –luego, luego– párrafo que da en resumidas cuentas algunos hechos entre los días de cuarentena. Una vez dentro de casa, saludo a la familia de lejos –aunque sea con un choque de codos– y procedo, según indicaciones vistas y traducidas desde otras latitudes, a desnudarme a pocos centímetros de la puerta. Inmediatamente siento iniciar el ronroneo de la casa que contagia el ánimo de dormir, pero antes, debo alistar todo para el día siguiente mientras pienso, si es que llego (a no volver) a casa, ¿qué tan extraño le parecerá sentir mi presencia en otro momento que no sea durante la media oscuridad del día?

Del mismo modo que en otros momentos se escribió, se pintó, se esculpió y erigió un referente del tránsito cultural a lo largo de las diversas pandemias que han atacado al mundo, por naciones y en conjunto, será cuestión de aguardar a que surjan nuevas expresiones y modos de comprender, mediar y trascender la realidad actual que no dista de las del pasado. Nuevamente el olvido se hace presente con su irónica sonrisa mientras niega con la cabeza la intención de ahora sí hacer uso de la memoria. Por lo menos ya hay memes y stickers con que recordar la presencia de este mal incorpóreo; sin embargo, como la primavera, caerán y serán abono de las próximas estaciones. Se necesitará un mayor fruto para que los cambios sean más sustanciales o todo quedará como un bonito adorno al fondo de la ventana donde quedamos de ver el trabajo, a la distancia.


Francisco José Casado Pérez

Ingeniero-Arquitecto por el IPN y Maestro en Conservación y Restauración de Bienes Culturales Inmuebles por la ENCRyM “Manuel del Castillo Negrete” del INAH. Ponente en una decena de eventos con eje principal sobre la valoración del patrimonio cultural, autor especializado a nivel nacional e internacional y docente en los cursos extracurriculares de la Facultad de Arquitectura de la UNAM. 

ing.arq.fco.casado@gmail.com

Publicado por CELAEI

Somos un Centro de Investigaciones Interdisciplinarias fundado en México, con vocación latinoamericanista.

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