El hartazgo social chileno: Sebastián Piñera y el legado del pinochetismo

Han pasado justamente siete meses desde aquel 18 de octubre de 2019 y desde entonces hemos observado cómo en Chile se ha desarrollado no sólo una tragedia, sino una hecatombe a causa de la soberbia de un gobierno que se niega a aceptar que actualmente tiene una aprobación del 25%, según la encuesta del Cadem. Mientras que, durante el último trimestre del año pasado su popularidad tan sólo alcanzaba el 6%.

Solamente en lo que va del segundo periodo presidencial de Sebastián Piñera, el pueblo chileno ha tenido que soportar:

a) que haya sido el primer presidente, desde que Chile retornó a la aparente democracia, en repetir el mismo discurso que Pinochet emitió durante los diecisiete años de dictadura: “estamos en guerra ante un enemigo poderoso”. Decretando así una guerra entre los políticos y la élite pinochetista en contra del pueblo y contra quienes no pensaran ni apoyaran su gobierno;

b) que fuera el primer presidente en sacar a los militares a las calles, como ocurría en dictadura;

c) que encubriera y justificara el actuar de las Fuerzas Armadas, de las Fuerzas Especiales y de Carabineros para que se volviera a perseguir, secuestrar, violentar, desaparecer, torturar y asesinar a los manifestantes como en la dictadura, así como encubrir a Mario Rozas, Andrés Chadwick y ahora a Gonzalo Blumel por el uso de perdigones, así como por las mutilaciones oculares efectuadas en plena simulación democrática.

d) El pueblo ha tenido que aguantar las políticas que perpetúan la privatización y el saqueo en el territorio nacional desde los recursos naturales, tales como el agua, así como en las obstaculizaciones hechas en contra de la clase trabajadora al aumentar el precio de distintos servicios, como en el transporte —como sucedió con el alza al metro—. O las nulas prestaciones que tienen los trabajadores y las trabajadoras al retirarse con los programas de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) que, en lugar de beneficiarlos, los perjudican;

e) ha padecido las leyes y los decretos que únicamente benefician al sector privado y empresarial;

f) ha soportado la continua manipulación de los medios de comunicación nacionales. Es decir, han reproducido el discurso oficialista del gobierno en turno, al tiempo de crear una gran desconfianza ente la población sobre lo que se publica.

g) Ha observado cómo se propicia un discurso de odio y de exclusión en contra de la comunidad mapuche o de cualquiera de sus pueblos originarios;

h) ha padecido los casos de corrupción en los que ha destacado la clase empresarial con ayuda de los sectores político, militar y policial.

i) Además de los polémicos casos en los que se ha visto el Servicio Nacional de Menores (SENAME) respecto a la violencia que padecen los menores de edad, o

j) el endurecimiento de las leyes en contra de los manifestantes del estallido social, o

k) el indulto propuesto por Sebastián Piñera para dejar en libertad a los genocidas de la dictadura.

l) También se ha enfrentado ante el discurso negacionista que han emitido distintos funcionarios, entre ellos, la actual ministra de la Mujer y Equidad de Género, Macarena Santelices —sobrina nieta de Augusto Pinochet—.

m) O encarar la pandemia del covid-19 ante la incompetencia de Jaime Mañalich —quien fuera expulsado del Colegio de Médicos— que contabilizó los casos de los fallecidos como recuperados. Incluso fue uno de los que se oponía a la cuarentena total en la capital chilena.

Los casos aquí enumerados tan sólo son algunos de los tantos abusos cometidos durante esta administración, ya que la lista es mucho más extensa. Con base en estos antecedentes, la población ha cuestionado ese ideal democrático que aparentemente regía en el territorio sudamericano, pues son tantas las similitudes que ha tomado el actual gobierno —ya ilegítimo para muchas personas, incluso para la Comisión Chilena de Derechos Humanos— con la dictadura pinochetista. Sin embargo, tales coincidencias no son casuales, pues dentro de los funcionarios y ex funcionarios de este gobierno se encuentran distintas personalidades que no sólo han expresado su fervor hacia la figura y legado de Augusto Pinochet, sino que también han justificado los motivos por los que se llevaron a cabo los crímenes de lesa humanidad cometidos entre 1973 y 1990. Entre ellos se encuentran: Jaime Mañalich, Andrés Chadwick, Isabel Plá, Hernán Larraín Fernández, Juan Andrés Fontaine, Macarena Santelices, Marcela Cubillos, Raúl Figueroa Salas, Emilio Santelices; así como Andrés Allamand, Camila Flores, Jacqueline Rysselberghe, José Antonio Kast y Evelyn Matthei.

Aquel fantasma del pinochetismo que se creía superado, ha demostrado que sigue recorriendo las calles chilenas en pleno 2020, pues por órdenes de Sebastián Piñera: el ejército está de nueva cuenta en las calles bajo el pretexto de controlar la pandemia del covid-19. Bajo este contexto, una parte de la sociedad chilena recuerda aquellos diecisiete años en los que vivió bajo el yugo de las decisiones de un hombre que buscaba restaurar el orden y la chilenidad a costa de derramar la sangre de su propio pueblo e intentó exterminar a todo aquel que tuviera ideas distintas o que se proclamara en contra de él y de su gobierno. En 1990, a los chilenos y a las chilenas se les dijo que la dictadura había terminado, y, consecuentemente que la alegría estaba por llegar, mas han pasado treinta años y esa promesa de bienestar aunada a la tranquilidad de vivir en un estado democrático no se han efectuado. Con esto no quiero decir que no hayan generado un antecedente los juicios y las penas en contra de los militares y agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y del Centro Nacional de Informaciones (CNI) para la sociedad y la justicia chilenas; pero muchos de los que perpetuaron aquellos crímenes en contra de su propio pueblo siguen libres o murieron impunes, como Pinochet —a quien no se le juzgó penalmente pese al antecedente que el juez Baltasar Garzón había dejado—. Asimismo, la justicia, la verdad, las reparaciones o las garantías de no repetición que se les debe a las familias de las víctimas como a quienes sobrevivieron tampoco se han realizado al pie de la letra. Basta pensar en que las familias de los desaparecidos y las desaparecidas no han obtenido respuestas: siguen sin saber dónde están sus seres queridos. Ni la justicia ni quienes comandaron el terrorismo de Estado les han podido decir dónde yacen los cuerpos de los miles de personas asesinadas por el régimen pinochetista.

Por su parte, las generaciones más jóvenes que no experimentaron en carne propia aquel pasado dictatorial y sólo lo conocían a través de fuentes escritas, orales o audiovisuales, comprendieron, tras las declaraciones de aquel 18 de octubre, que aquel oasis económico y democrático del que hablaba Piñera no era más que la continuación de una dictadura que no había terminado. En términos del propio Augusto Pinochet, podríamos decir que Piñera no ha efectuado completamente una dictadura, sino una “dictablanda”. En este sentido, cabe señalar el trabajo que ha hecho Prensa Opal Chile —que ha sido uno de los medios de comunicación alternativos— al registrar día a día la represión efectuada en la capital chilena, por ejemplo; asimismo ha denunciado el uso indebido de la fuerza policial y la vulneración a los Derechos Humanos. Y ha sido uno de los medios que desde el inicio del estallido ha declarado tajantemente que en Chile impera la dictadura.

Esta comparación entre el gobierno de Sebastián Piñera con el de Augusto Pinochet se debe también por el uso y ensalzamiento del negacionismo; por la perpetuación de una misma ideología y por una constante narrativa en contra de los Derechos Humanos. De este modo, no se puede construir una democracia plena, pues los gobiernos de la era democrática se erigieron bajo la concepción de la tabula rasa; se configuraron bajo el ideal del presente y del futuro, donde el pasado quedaba relegado. Y esto ha ocasionado que en Chile el trauma y las heridas que generó el pinochetismo no hayan sanado, y, por ende, no han cerrado completamente; en Chile no se ha llevado a cabo un duelo social; en Chile esa reconciliación social que prometió la Concertación tampoco se ha cumplido; en Chile los cuatro ejes de la justicia transicional: la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición no se han cumplido cabalmente.

La sociedad chilena ha tenido que soportar por casi cuarenta y siete años los estragos generados por el pinochetismo; es decir diecisiete años de dictadura en sí y otros treinta años que simularon construir un país democrático. Por ello, es que el estallido social adquiere una dimensión política, histórica, cultural, económica y socialmente importante, pues después de tantas décadas, de tantos años, este pueblo se hartó de que sus condiciones de vida fueran prácticamente nulificadas. Este pueblo se rebeló para salvaguardar su dignidad y sus derechos, además de demostrarle al mundo que Chile nunca fue la Inglaterra de América Latina, al tiempo de exponer todas las desiguales a las que se enfrentaba la ciudadanía diariamente.

Ni el oasis del neoliberalismo ni las mentiras de Sebastián Piñera podrían durar para siempre, y mucho menos, a costa de continuar un gobierno que también se niega a cambiar la constitución de la dictadura o que, dentro de la actual contingencia mundial, tergiversa estadísticas o que mientre sobre los recuperados en Chile.

Por todas estas razones, es que se vuelve fundamental la consigna que se escuchaba en, prácticamente, todo el país: ¡Chile despertó! Pues con este grito, con esa leyenda nos encontramos con un pueblo que no permitirá nuevamente que el pinochetismo genere más atrocidades; este pueblo no admitirá que se repita aquella historia que ya conocen. Este pueblo no abandonará la lucha, pues será éste el que por fin lleve a cabo aquella promesa del “nunca más” de la década de 1990. Este pueblo lo hará porque sabe que nunca más estará dispuesto a estar a la merced de aquellos que se han encargado de ignorarlos, de ultrajarlos, de saquearlos, de silenciarlos, de asesinarlos, Por ello, este pueblo no permitirá que “nunca más en Chile los secretos calabozos, vuelvan a morder la humanidad de mi pueblo. Para que nunca más en Chile el hambre vuelva a estar en la boca de mi humilde pueblo. Para que nunca más en Chile la sangre hermana sea derramada y no deje florecer la libertad”.


Nayeli Reyes Romero

Hispanista, latinoamericanista; editora y profesora de literatura. Entre sus líneas de investigación destacan: la literatura chilena de postdictadura; los gobiernos dictatoriales; el negacionismo; los derechos humanos; así como el rescate de la memoria social e histórica y las políticas de memoria y de punto final.

nayelial.unam@gmail.com

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