Una aproximación a la libertad en Sor Juana. Un camino desde la polémica

Hace casi un mes se conmemoraban los 325 años de su fallecimiento y con ello, es necesario recordar una noticia que salió a finales del 2018 para ser más precisa, el 26 de noviembre. La figura de Sor Juana se vio envuelta en una «polémica», puesto que el expresidente de la República, Enrique Peña Nieto, mediante un Decreto Presidencial declaró al Fénix de América como «Mujer Ilustre» en virtud de los méritos realizados en los campos de la ciencia y las artes a través de sus obras. Además de los festejos póstumos que estuvieron a cargo de la Secretaría de Gobernación, se expidió un oficio en donde se recomendaba el traslado de sus restos a la rotonda de las Personas Ilustres para que descansen junto a otras figuras como: María Izquierdo, Juventino Rosas, Francis Xavier Clavigero, José María Luis Mora, entre otros; es decir, trasladar sus restos en contra de su «voluntad».

Actualmente, sabemos y conocemos de Sor Juana gracias a los billetes de dos cientos pesos, a los memes que circulan últimamente con relación a algunos fragmentos de sus obras o por ser reconocida como un ícono del feminismo por exigir el derecho al conocimiento en un mundo de hombres. Pero en verdad ¿qué sabemos de ella más allá de esto? ¿En verdad la conocemos a profundidad? ¿Qué podemos retomar de ella hoy? Quizá, con el tiempo, estas incógnitas desaparezcan.

Lo que me ocupa en éstas líneas es una polémica —y no precisamente una de las recientes—, ni muchas de las que se dieron a lo largo de su vida, sino aquella que terminó con su carrera literaria e intelectual, la que acalló su voz: la publicación de la mal llamada Carta Atenagórica y la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. Ambos escritos conforman una parte importante del corpus filosófico —a consideración propia —y es menester para entender los últimos años de su vida y sus convicciones a lo largo de su obra. Por ello apuntaremos de manera «sintética» los debates que se generaron a lo largo de su vida, desde su nacimiento hasta llegar a la publicación de la Carta Atenagórica.

Una vida destinada a la controversia

Juana de Asbaje o Juana Ramírez de Santillana nació en San Miguel Nepantla el 12 de noviembre de 1651, bajo el seno de una familia criolla. Su madre, Isabel Ramírez de Santillana, criolla de padres emigrantes españoles; y su padre Don Manuel de Asbaje y Vargas un español vascongado. No obstante, su nacimiento y su condición es puesta en entredicho, puesto que se dice de ella que es hija ilegítima anunciando así la primera polémica.

A los tres años, como lo enuncia en su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, su mente inquieta da señales de un gran intelecto. Por eso se aventura a ir tras su hermana, quien asiste a las clases con las amigas y le miente a la «profesora», quien le pregunta si su madre la había enviado y Juana le engaña diciendo que «sí». Todo con el fin de aprender. Sin embargo, es a los siete años cuando una idea «loca» atraviesa su mente, el asistir a la Universidad:

Teniendo yo después como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con todas las otra habilidades de labores y costuras que deprende las mujeres, oí decir que había Universidad y Escuelas en que se estudiaban las ciencias, en México: y apenas lo oí; cuando empecé a matar a mi madre con instantes e inoportunos ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la Universidad.

Era una osadía, una mujer vestida de varón para estudiar en la Universidad. Segunda polémica.

Tiempo después, al devorar la biblioteca del abuelo y aprender latín en 20 lecciones, fue enviada a la corte. A los trece, se convirtió en la protegida de la virreina Leonor de Carreto, Marquesa de Mancera y del virrey Antonio de Toledo y Salazar con el título «de muy querida de la señora virreina>>. Aunque otros protectores de renombre fueron: el virrey Fray Payo Enríquez de Ribera, la virreina María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, Condesa de Paredes y Marquesa de la Laguna y su esposo el Virrey Tomás de la Cerda y Aragón Conde de Paredes y Marqués de la Laguna.

En 1667 decidió tomar los hábitos con la orden de las Carmelitas descalzas, no obstante, una enfermedad terrible la hizo desertar y, dos años después, hizo un nuevo intento en la congregación de San Jerónimo siendo aceptada el 24 de febrero de 1669.Mucho se especula sobre esta determinación, en particular por su condición de hija ilegítima y la imposibilidad de casarse con un joven de buena cuna, no obstante, ella sostuvo que fue el deseo ferviente de seguir sus estudios lo que motiva dicha decisión. Tercera polémica.

Entréme de religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado de cosas (de las accesorías hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación: cuyo primero respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.(sic)

Durante toda su vida en la corte y en la vida conventual tuvo a uno de sus mayores críticos, quien se oponía a la vocación de Sor Juana por las letras profanas, su confesor, Antonio Nuñez de Miranda. Y en una de las tantas discusiones que sostuvo con él, respondió a esta constante crítica en su Carta Monterrey o Autodefensa espiritual «La materia, pues, de este enojo de V.R. (muy amado Padre y Señor Mío) no ha sido otra que la de estos negros versos de que el cielo tan contra de la voluntad de V.R. me dotó». Siendo esta, la constante y cuarta polémica.

Crisis sobre un sermón, el juicio condenatorio

La última polémica se gestó el 25 de noviembre de 1690 cuando escribió, bajo la incitación del Obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santacruz, amigo y protector de la poeta; Crisis sobre un sermón, mejor conocida como La Carta Atenagórica. Una de sus últimas obras en prosa, en la cual, Sor Juana da muestra del uso de una vertiente de la teología «nueva», la Teología Positiva. En este escrito se plantea con gran habilidad y sabiduría una réplica a un sermón escrito en 1650 por el jesuita portugués Antonio Vieyra llamado Sermón del Mandato.

En dicho texto, el jesuita expone diversos argumentos retomando algunas posturas teológicas de San Agustín, Santo Tomás y San Crisóstomo con relación a las finezas de Cristo para refutarlas. Entiéndase por fineza como la demostración de amor o benevolencia hacia otra persona, en este caso entre Dios y los hombres. Para San Agustín es el haber muerto por sus amigos mientras que para Santo Tomás fue haberse quedado en la comunión, en cambio, para San Crisóstomo el haberles lavado los pies a los apóstoles. El padre Vieyra argumenta que la mayor fineza de Cristo fue amar sin alguna correspondencia.Esta disertación será retomada cuarenta años después por Sor Juana a través de la invitación del Obispo Fernández para poner por escrito su réplica. «Muy SEÑOR MÍO: De las bachillerías de una conversación, que en la merced de V.md. me hace pasaron plaza de vivezas, nació en V. md. el deseo de ver por escrito algunos discursos que allí hice de repente sobre los sermones de un excelente orador, alabando algunas veces sus fundamentos, otras disintiendo […]».

Ejercicio que, sin embargo, su interlocutor mandó publicar y, bajo el seudónimo de Sor Filotea de Cruz, escribió una carta introductoria que sería usada como prólogo a dicha edición. En esta carta, el Obispo de Puebla le reprendió los afanes que tenía hacia las letras profanas y la poca atención que le presta a sus deberes religiosos —actitud que también le fue reprobada en varias ocasiones por don Antonio Nuñez de Miranda—. Unos meses después Sor Juana contesta con su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. «[…] No es afectada modestia, Señora, sino ingenua verdad de toda mi alma, que al llegar a mis manos, impresa, la carta que vuestra propiedad llamó atenagórica, prorrumpí (con no ser esto en mí muy fácil) en lágrimas de confusión, porque me pareció que vuestro favor no era más que una reconvención que Dios hace a lo mal que lo correspondo […]».

En la Carta, Sor Juana sostiene con argumentación lógica —utilizando el mismo método que Vieyra— para desarmar la forzosa lectura que éste realizó entorno de los tres padres de la Iglesia: Santo Tomás, San Agustín y San Juan Crisóstomo. Analiza a cada uno de ellos con las premisas dadas por el orador y las va refutando individualmente hasta llegar a la consideración de Vieyra acerca de la mayor fineza.

Ya hemos respondido por los tres Santos. Ahora vamos a lo más arduo, que es a la opinión que últimamente forma el autor: al Aquiles de su sermón; a la que, en su sentir, tiene por la mayor fineza de Cristo, y a la que dice que ninguno le dará otra que le iguale, que es decir que Cristo no quiso la correspondencia de su amor para sí, sino para los hombres, y que ésta fue la mayor fineza: amar sin correspondencia.

Para Sor Juana éste debate es absurdo porque para Dios es imposible no querer ninguna correspondencia del amor para sí. Por lo cual, mediante varios pasajes de la Biblia, impugna lo dicho por Vieyra, es decir, en los mandamientos existe un señalamiento sobre esto e inclusive Cristo lo menciona en: «Que se amen los unos a los otros, como yo los ha amado» y para cumplir dicho precepto es necesario primero amar a Dios para poder amar al prójimo. El hombre –según Sor Juana– necesita la reciprocidad de ese amor para su bien y Cristo también quiere dicha reciprocidad, no para sí, sino para los mismos hombres: «Los hombres quieren la correspondencia porque es bien propio suyo: Cristo quiere esa misma correspondencia para bien ajeno, que es el de los propios hombres». Así como de los hombres a Dios: « […] Para esto quiere Dios nuestro amor: para nuestro bien, no para el suyo>>. Y esto fue el primor de su fineza: no el que no querer nuestra correspondencia como quiere el autor, sino el quererla para bien «nuestro».

Finalmente, Sor Juana asevera que la mayor fineza de Cristo fue la suspensión de los beneficios, lo cual hizo que tuviéramos conciencia de nuestro libre albedrío.

La mayor fineza del Divino Amor, en mi sentir, son los beneficios que nos deja de hacer por nuestra ingratitud. […] Dios tiene infinito amor a los hombres, luego siempre está pronto a hacerles infinitos bienes. Más, Dios todopoderoso y puede hacerles a los hombres todos los bienes que quisiere, sin costarle trabajo, y su deseo es hacerlos. […] Luego cuando Dios no le hace beneficios al hombre, porque los ha de convertir el hombre en su daño, reprime Dios los raudales de su inmensa liberalidad, detiene el mar de su infinito amor y estanca el curso de su absoluto poder. Luego, según nuestro modo de concebir, más le cuesta a Dios no hacernos beneficios que no el hacérnoslos y, por consiguiente, mayor fineza es el suspenderlos que el ejecutarlos, pues deja Dios de ser liberal –que es propia condición suya-, porque nosotros no seamos ingratos –que es propio retorno nuestro-; y quiere más parecer escaso, porque los hombres no sean peores, que ostentar su largueza con daño de los mismos beneficiados, Y siendo así que ésta es una como nota en la opinión de liberal, antepone el aprovechamiento de los hombres a su propia opinión y a su propio natural.

Con esto nos remitimos a un viejo problema de la época medieval donde muchos padres de la iglesia y filósofos quedaron entrampados: el libre albedrío, es decir, la libertad. Sobre esta misma línea se encuentra la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, texto apologético escrito el 1 de marzo de 1691, tres meses después de la publicación de la Carta Atenagórica.

Lo que impera en esta Respuesta además de una defensa a sus convicciones mediante la auto-examinación, es la preponderancia libertaria que tenía por el amor al conocimiento, ergo, tener la libertad como estandarte que guía la cruzada para acercarse a la verdad dada por la razón.

Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones -que he tenido muchas-, ni propias reflejas –que he hecho no pocas-, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí […].

Es así que ésta última polémica se subdivide, pero manteniendo la misma relación. El ejercicio del conocimiento fue hablar sobre teología y responder a la reprimenda mediante una carta para defender su derecho al libre ejercicio de ejercer su razón. No obstante, esta polémica fue la última que vivió la Décima Musa porque poco después se vio en la necesidad de alejarse poco a poco de las letras. Por un lado, debido al gran revuelo que se causó en la publicación de ambas obras dentro del contexto de la nueva autoridad eclesiástica, el arzobispo de México, Francisco Aguiar y Seijas quien reprobó la actividad cultural de la Nueva España como tal y sobre todo, el atrevimiento que una monja tenía al hablar de temas teológicos y filosóficos.

Sor Juana Inés de la Cruz muere el 17 de abril de 1695 durante una epidemia que se desató en el convento de las jerónimas mientras cuidaba a sus hermanas.

Más allá de las controversias que surgieron y siguen surgiendo alrededor de Sor Juana yo los exhorto a conocerla, leerla y escribir sobre ella como lo hago ahora; no con morbo, sino con el mismo afán que la guio toda su vida: estudiar para ignorar menos. En efecto, el decreto «Mujer ilustre» llega demasiado tarde para ella y ¿por qué debió esperarse tanto tiempo para darle ese nombramiento? Verlo así da impresión de haber sido un recurso bien guardado para sacarlo en momentos críticos como el presente cambio de administración ejecutiva ¿Por qué sacarla de su última morada, en contra de su voluntad física? Recalco esto último frente a lo escrito dentro de su testamento, donde advierte su deseo de «quedarse con sus hermanas», es decir, que sus restos mantengan su reposo en las inmediaciones del Convento de San Jerónimo de la muy Noble y Leal Ciudad de México —aunque cabe mencionar que existe un mito sobre la ubicación de los restos de Sor Juana—; se pretende violar el derecho de elegir libremente dónde reposar hasta el día de la resurrección.

Sabemos que la figura de Sor Juana Inés de la Cruz ha trascendido a través del tiempo en diferentes áreas de estudio, principalmente en las Letras y la Filosofía. Estos homenajes y festejos póstumos son una pequeña manera de honrar el aporte que hizo y que se realiza al estudiar su obra, pero es importante contextualizar y recalcar que su figura forjó una nueva mentalidad ante la realidad novohispana. En su pensamiento se ve claramente el inicio de la transición entre la escolástica y la modernidad ilustrada, dando como resultado la construcción nacional siglos después al seguir una actitud crítica y reflexiva ante los argumentos de autoridad dados por la época. Por ello, hablar de Sor Juana no es sólo hablar de su vida o su obra, sino de toda una cosmovisión que como mexicanos debemos conocer para entender el carácter contingente de nuestra realidad. Enhorabuena por una mujer que desde su infancia ya relucía por su ser ilustre.


Joselim Jandeth

Licenciada en Filosofía por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Maestrante en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus áreas de investigación son la Filosofía y la Historia de las ideas en Latinoamérica, así como el pensamiento filosófico de mujeres.

joshihj@hotmail.com

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