El estado actual de las armas biológicas y químicas

A las armas biológicas como a las químicas, es frecuente que se les califique como armas de los países pobres porque se recurre a ellas en razón de no poder acceder a las nucleares. Sin embargo, detrás de este aparente axioma, descansan una buena cantidad de características que echan por tierra esta argumentación.

Lo anterior se debe a que, producir armas biológicas, no es un terreno plano pues en principio enfrenta dos particularidades: una, mantener vivo al agente el tiempo suficiente, y dos, que el producto no pierda ni su viabilidad ni su efectividad.

El uso de este tipo de armas, no es novedoso pues retrocediendo un tanto en la historia, hay memora de su utilización como arma de guerra altamente peligrosa e incluso mortífera, en la que alguna de sus prácticas, hoy en día podrían constituir incluso acciones bioterroristas, por ejemplo al lanzar flechas untadas con veneno de serpiente y heces humanas o de animales, por parte de los arqueros escitas en las guerras del siglo IV a. de C., para infectar al enemigo, u otras que podrían catalogarse también como guerras biológicas por más que el uso de estas armas, en tiempos mucho más recientes, evidentemente, no han sido así de simples.

A lo largo del siglo XX, hay varios registros del uso de armas biológicas como el caso de la invasión japonesa a Manchuria ocurrida en 1931; lo mismo, durante la primera y segunda guerras mundiales, y en las guerras de Corea y Vietnam, no obstante la restricción contenida por el artículo 23 del Reglamento del Segundo Convenio de la Haya, firmado en 1899, en el que se estableció la prohibición de utilizar venenos y demás sustancias venenosas, así como la declaración IV.2 de la Haya, firmada igualmente en 1899, por la que se acordó el no empleo de proyectiles destinados a difundir gases asfixiantes y mortales.

A la vez, hay que recordar que está vigente la Convención sobre la Prohibición del desarrollo, producción y almacenamiento de armas bacteriológicas (biológicas) y toxínicas y sobre su destrucción, (CABT, por sus siglas en inglés), firmada el 10 de abril de 1972, misma que va enlazada al Protocolo relativo a la prohibición del empleo en la guerra, de gases asfixiantes, tóxicos o similares y de medios bacteriológicos, (biológicos), firmado en ginebra en 1925, en la cual resaltan los compromisos adquiridos por los Estados firmantes, de, bajo ninguna circunstancia, desarrollar, producir, almacenar, adquirir o retener agentes microbianos y otros agentes biológicos o toxinas, cualquiera que sea su origen o método de producción de tipos y en cantidades que no tengan justificación para fines profilácticos, protectores u otros fines pacíficos, así como armas, equipos o medios de entrega diseñados para usar los agentes citados o toxinas con fines hostiles o en conflictos armados.

Hasta el año 2019 había un total de 183 Estados adheridos a la Convención, aunque varios de ellos registran solo la firma de este instrumento en espera de que los llamados que se hacen a la adhesión y firma de la misma vayan registrándose como ha sido el caso de Andorra, Angola, Camerún y Palestina, solo por enunciar algunos ejemplos, que lo han hecho en el arco de los años 2013-2018, aunque persiste la negativa a adherirse por parte de tres países: Corea del Norte, Siria e Israel, que tradicionalmente han mostrado su oposición a reconocer incluso que tienen éste y otros tipos de armas: las nucleares y las químicas.

En su artículo IX la CABT ha establecido un enlace con la Convención que regula la prohibición efectiva de armas químicas, su desarrollo, producción y almacenamiento para su destrucción, lo que ha llevado a la creación de la Unidad de implementación de apoyo, la cual viene realizando reportes año con año y sin perjuicio de la adopción de acuerdos que se hagan sobre el tema en el Pleno de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Las características de la CABT también han hecho necesaria la formación de Grupos de Expertos por país, que exigen una alta capacitación en el conocimiento sobre el manejo de adecuado de los diversos agentes biológicos, su cadena de custodia, el transporte seguro de los mismos y la protección de los recintos que albergan estos agentes. Del seguimiento a estos Grupos de Expertos se da cuenta igualmente al Pleno de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Al haber quedado incluidas las armas químicas en la CABT, motivó la adopción de la Convención de Armas Químicas (OPAQ) de 1993 y que entró en vigor hasta 1997, y es justamente esta circunstancia lo que ha frenado en buena medida la adhesión y firma de varios países, debido a que el manejo de sustancias químicas genera grandes susceptibilidades, desde el modo de definir qué es una sustancia química hasta como deben entenderse ciertas limitaciones en su utilización, manejo y aplicaciones. Este instrumento jurídico cuenta además con tres anexos, mismos que se refieren a sustancias químicas, verificación y confidencialidad.

Por ahora, hay 188 países miembros de la OPAQ, y entre ellos Albania, Estados Unidos, India, Irak, Libia y Rusia, han reconocido abiertamente que poseen armamento químico, mientras que los grandes ausentes, nuevamente son Siria y Corea del Norte, más el caso de otra nación que pidió expresamente a la ONU permanecer en el anonimato.

Hasta aquí, se hace necesario precisar de qué tamaño es el universo que tiene que ver con los agentes biológicos y químicos a que hacen referencia ambas Convenciones y lo delicado del tema, empezando por los biológicos y describir qué es un agente biológico según la Organización Mundial de la Salud, la cual detalla que es «un microorganismo que causa enfermedades en humanos, animales o plantas, o que causa el deterioro de los materiales».

Los microorganismos son agentes biológicos o bioagentes, que son organismos que afectan la salud del ser humano causando cualquier tipo de infección, alergia y toxicidad, e incluso pueden generar un cambio en el planeta, entre los cuales se encuentran las bacterias, los protozoos, las algas, los hongos, los virus y los agentes biológicos genéticamente modificados, cultivos celulares y endoparásitos humanos.

A manera de botones de muestra es de citar a la Francisella tularensis, de transmisión directa, que provoca la tularemia o fiebre del conejo. Es una bacteria que ataca a los ojos, los ganglios linfáticos y los pulmones, afecta a los humanos, pero también a los animales mamíferos como conejos, perros, gatos y hámsteres, entre otros. Un último registro sobre su aparición, lo ubica a finales de los años 90’ durante la Guerra de Kosovo, y aunque se sospecha que pudo tratarse de un ataque bioterrorista, está muy poco investigado.

El Burkoldheria (ex Pseudomonas) mallei, que es un bacilo causante de la enfermedad denominada Muermo, es infecciosa y ataca principalmente a caballos, asnos, mulas, ovejas y cabras. Cuando se contagia a los seres humanos, se presentan neumonías, necrosis de la piel y mucosas. Y qué decir de las que atacan al tracto digestivo como la Salmonella typhi, Vibrio choleare, mejor conocida como Cólera, bacteria cuyos síntomas son calambres en abdomen y piernas, ojos hundidos y vidriosos, diarrea y vómitos; o el Ébola, (Fiebre hemorrágica (FHE) que es un virus que presenta como síntomas dolores de cabeza y musculares, náuseas, vómito y diarrea.

En cuanto a los agentes químicos, son sustancias químicas tóxicas que no pueden ser metabolizadas por el cuerpo humano y por lo tanto permanecen en él degradándolo y matándolo, entre éstos se encuentran los temidos: Sarín (Metilfosfonofluoridato de 0-isopropilo); Tabún (N,N-dimetilfosforamidocianidato de 0-etilo); ambos son sustancias inodoras neurotóxicas, que se convierten rápidamente en vapor y quien las inhala no se da cuenta de que está aspirando un veneno.

Este tipo de agentes inhiben una sustancia denominada acetilocolinesterasa sináptica en el sistema nervioso atacando a los neurotransmisores e impidiendo con ello que se realice la sinapsis, o lo que es lo mismo, al bloquearse las células cerebrales por inhalación, éstas quedan imposibilitadas para hacer conexión entre sí.

También están las Mostazas de azufre (Clorometilsulfuuro de 2-cloroetil); Gas mostaza Sulfuro de bis (2-cloroetilo), que es denominado así por su olor a mostaza podrida, cebolla y ajo y es de acción retardada. Pertenece al grupo de agentes vesicantes, en otras palabras, que pueden ser sólidas, líquidas o gaseosas, y al tener contacto con la piel producen irritación y ampollas. Afectan especialmente a los ojos y vías respiratorias.

Siria e Irak han sido señalados por haber utilizado agentes químicos de esta naturaleza en sus guerras; en tiempos muy recientes (2013 y 2017); más no se puede obviar que la historia ha registrado tiempos en que este tipo de armas han sido utilizadas y prueba de ello es que durante la Segunda Guerra Mundial, apareció el Zyclon B, en tanto que Portugal utilizó gases tóxicos en contra de Angola y Estados Unidos en Vietnam con el «agente naranja».

En este punto, es de abordar la amenaza que significa el bioterrorismo, cuyo propósito consiste en esparcir de manera deliberada micoorganismos patógenos para el hombre o bien sustancias biológicas para provocar pánico, infundir miedo y dañar las estructuras e infraestructuras de la sociedad, y como finalidad última causar la muerte, y que se diferencia de la guerra biológica que persigue desde el principio, causar el mayor número de bajas del enemigo.

Visto lo anterior, también hay que señalar que el defecto que muchos ordenamientos jurídicos presentan es ser omisos en la mención de los mecanismos que deberían hacer posible alcanzar una efectiva verificación de la no producción y destrucción de las armas químicas y biológicas. La mayoría de los estudios coinciden en que si bien, en el transcurso del tiempo los Estados han ido entendido a necesidad de controlar la proliferación, también es de señalar que prevalece el interés político que ofrece el manejo de este tipo de armas pues es un aspecto que se presta a grandes susceptibilidades ya que abre la puerta a acusaciones sobre espionaje e injerencia en los asuntos de otros Estados, y qué decir, de la posibilidad que ofrecen de ser utilizadas como instrumento de negociación y/o de presión, y el peligro que entraña el que caigan en manos de terroristas, narcotraficantes y demás tipos de delincuentes.

Los temas recurrentes en el seguimiento a los trabajos de los Grupos de Expertos, generalmente se concentra en el llamado reiterado al fortalecimiento de la cooperación internacional, y al permanente estudio y análisis de los nuevos desarrollos de la ciencia y la tecnología, y la consolidación de las medidas de fomento a la confianza, que son rubros indispensables si se desea por lo menos mitigar la amenaza que representan algunos agentes químico-biológicos.

A pesar de que hasta 2008 el reporte indicaba que los arsenales químicos y biológicos de Estados Unidos y Rusia se habían destruido, el peligro va más allá y tiene que ver con el negocio de la guerra y de quien tiene el dinero para financiar la compra de armas que es un fenómeno que rebasa a los remanentes Estatales que son uno de los saldos del neoliberalismo y su lógica incapacidad para identificar y controlar a quienes obtienen ganancias con este negocio o para quienes tienen en mente otros intereses puesto que tanto a mercenarios como a terroristas, los tiene muy sin cuidado el que existan compromisos firmados en algún instrumento jurídico, finalmente, de este rubro en particular se desprende otro tema que tiene que ver con el bioterrorismo, pero ése, es motivo de otra intervención.


Luz María Cahero Cornejo

Licenciada en Derecho por la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, y Maestra en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la misma Universidad. Ha intervenido en diversos Foros, Talleres y Mesas Redondas con temas como Paz y Desarrollo, Desarme, Armas Pequeñas y Ligeras, Protección Civil, y ha participado como miembro del Movimiento Mexicano por la Paz y el Desarrollo, A.C. (MOMPADE), y del Instituto de Investigación y Estudios Internacionales, A. C.

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