Entre los que ganan mucho y los que pierden demasiado: la guerra contra el virus de la desigualdad

¿En qué momento la emergencia sanitaria se convirtió en una recesión económica?

«La pandemia del COVID-19 es una crisis sin igual. Parece una guerra, y en muchos sentidos lo es» se menciona recientemente en un comunicado del Fondo Monetario Internacional (FMI). Desde la óptica del organismo financiero y de algunos países del mundo, la actual crisis por la que atraviesan nuestras sociedades es asimilada como un estado de guerra donde el enemigo a vencer es la pandemia global del virus COVID-19, cuyo brote inicial se registró a finales del año pasado en Wuhan, capital de la provincia de Hubei de la República Popular China. De acuerdo con la metáfora bélica empleada, esta amenaza sanitaria tiene ahora repercusiones mayores, y el ámbito económico ha sido uno de los terrenos con mayor impacto en las últimas semanas.

La recién nombrada directora ejecutiva del FMI, Kristalina Georgieva, en un pronunciamiento ante los hechos actuales declaró que la economía mundial está entrando en una nueva recesión económica, la cual puede ser de mayores proporciones que la crisis financiera de 2007-2009. Y es que a partir de la política de aislamiento total adoptada por la mayoría de los gobiernos del mundo para evitar el contagio del virus, ha resultado en la ralentización de la economía mundial. Ejemplo de ello es la drástica caída observada en la demanda de algunos insumos básicos como el caso de los energéticos, en especial el petróleo, cuya demanda global ha disminuido particularmente a partir del paro de actividades en China. Un proceso, al que, si además se suma la falta de acuerdo entre Arabia Saudita y Rusia por contener la creciente producción de crudo, hizo caer drásticamente su valor de referencia en un 74% con respecto a los datos registrados a principios de año, cuando el conflicto entre Estados Unidos e Irán disparó el precio de la mezcla Brent hasta los 66.25 dólares por barril. Mientras que en promedio los primeros días del mes de abril se ha situado en 16.87 dólares por barril.

La desaceleración económica mundial es evidente. Conforme avanza el coronavirus a nivel mundial, aumentan también las interrupciones en las cadenas globales de producción y distribución. La Organización Mundial del Comercio en cifras recientes ha estimado que para este 2020 el comercio mundial de mercancías podría contraerse en un rango que va del 13 a 32% a nivel global, mientras que en cuanto al PIB mundial se estima un decrecimiento como mínimo del 2.5% y un máximo de hasta el 8.8%. Los efectos negativos en las variables productivas, sin embargo,  son sólo la parte más visible de este iceberg económico, en cuya base, que no es perceptible a simple vista, se encuentra una inmensa y ampliamente desregulada estructura financiera que en momentos de pánico como los recientes, vuelve más perceptible y drástica la inestabilidad del sistema económico actual.

Siguiendo la tradición del FMI, organismo encargado de velar por el “correcto” funcionamiento del sistema monetario y de pagos a nivel internacional desde su creación en 1944, Georgieva, oriunda de Bulgaria, ofreció también recomendaciones para disminuir los efectos negativos de esta guerra contra el COVID-19, entre los que destacan:  1) garantizar la liquidez en el corto plazo, para, 2) evitar la insolvencia de las entidades económicas. Medidas habituales en tiempos de pánico financiero que sólo promueven el sobre-endeudamiento de entidades económicas privadas con respaldo de endeudamiento gubernamental y a costa de los trabajadores, quienes asumen las mayores pérdidas. Si bien, se ha dicho que el coronavirus no hace exclusión de personas por sexo, raza, o condición económica, afectando a todos por igual, lo cierto es que las medidas económicas y apoyos para la población si han sido diferenciadas.

Pero, vayamos por partes. Durante las últimas cuatro décadas, las actividades económicas relacionadas con las finanzas han constituido una grandiosa fuente para la obtención de ganancias. Piedra angular de la actual fase del sistema económico mundial, las finanzas han posibilitado que bienes o mercancías como el petróleo se conviertan en activos con un alto nivel de bursatilización, lo cual implica una masiva emisión de títulos financieros que se desprenden o respaldan del valor de dicho commodity, con la finalidad de intercambiarlos en los mercados financieros para fondearse de capital. Supongamos el caso hipotético de la empresa “X” que se dedica a la extracción de petróleo en el Golfo de México. Si esta compañía cotiza en la bolsa de valores podría optar por la emisión de acciones o bonos, títulos financieros que se respaldan en el valor de la empresa misma, o bien, en los rendimientos futuros que esta obtendrán al final de un período determinado de tiempo. Un mecanismo común para acceder al financiamiento de actividades productivas por medio del establecimiento de un contrato entre dos partes. El emisor, la empresa “X”, quien espera obtener una cantidad de recursos a partir de la venta o colocación de dichos títulos, y los compradores de éstos, quienes adquieren junto al título financiero el derecho a participar de las ganancias futuras que obtenga la empresa, en este caso, de la extracción de petróleo.

Como podrá notar el lector, «Todas las transacciones financieras son un intercambio de dinero hoy, basado en la expectativa de recibir dinero en fechas futuras.» (menciona el economista Jan Kregel) Pero, qué pasa si al final del período de tiempo estipulado, en dicho contrato, la empresa “X” no obtiene los flujos de efectivo (entradas de dinero por concepto de ventas de la entidad en cuestión) suficientes para pagar a sus inversionistas. De caer en esta condición, la empresa se encontraría en problemas de liquidez de corto plazo y ante ello se debatirá entre dos posibles escenarios, la quiebra o el sobre-endeudamiento. Siendo evidente que nuestra empresa “X” no se permitirá la quiebra si existe la posibilidad de fondearse con nuevos recursos para hacer frente a sus deudas iniciales. Justo lo que el economista estadounidense Hyman Minsky denominó una posición financiera del estilo ponzi, para hacer referencia al momento en que los flujos de efectivo no son suficientes para cubrir los intereses ni el capital de las deudas iniciales, por lo que se recurrirá a contratar más deuda.

En este punto algún astuto se preguntará quién querría prestarle más dinero a una empresa que al final de un período productivo no pudo hacer frente a sus compromisos. Bueno, la respuesta la tiene una vez más el FMI, quien, en su diagnóstico sobre la guerra que se libra en la actualidad plantea lo siguiente: «La emergencia justifica una mayor intervención del sector público mientras persistan las circunstancias excepcionales, pero dicha intervención deberá realizarse de forma transparente y con cláusulas de caducidad automática claras.» ¡Eureka! Son los gobiernos quienes fungirán como prestamistas de última instancia, quienes prestarán más dinero para evitar, aunque sea en el corto plazo, las quiebras inminentes. Mostrando cómo la figura del Estado ha sido revalorada dentro del modelo neoliberal, asignándole la función estratégica de salvar con endeudamiento gubernamental a aquellas entidades económicas que se encuentran en problemas de financiamiento al estilo ponzi. Una escena por demás conocida a lo largo de nuestra historia reciente, donde las grandes deudas privadas son asumidas como deuda pública a través de operaciones como los conocidos rescates financieros y bancarios, o bien, por medio de operaciones financieras de inyección de capital con recursos gubernamentales como los redescuentos con la banca central, las recompras de bonos y acciones por parte del gobierno, etc.

Las condiciones económicas actuales pueden resultar un poco más claras a partir de lo que se ha expuesto, pues durante las últimas semanas de pánico financiero desatado por la pandemia se ha puesto en evidencia la situación Ponzi o de sobre-endeudamiento en que han incurrido las empresas petroleras norteamericanas, que cuentan con una deuda total que asciende en la actualidad, según datos de Forbes, a 1.9 billones de dólares. En contraste con el valor de las hipotecas basura o de alto riesgo que en 2007 equivalían a 1.3 billones de dólares, cifra que suficiente para poner en jaque al sistema financiero y a la economía mundial.

No se trata sólo de la caída en el precio del crudo y la ralentización económica a partir del esparcimiento del coronavirus. Lo que está detrás del derrumbe de los principales índices bursátiles del mundo es la incertidumbre en torno a deuda excesiva del sector energético estadounidense, en especial el de producción de esquisto, que se ha convertido en uno de los principales focos de riesgo al interior del sistema financiero global. Y pese a que algunos analistas argumentan que de los 86 millones de dólares que adeudan las petroleras de esquisto para 2024, sólo se tienen que refinanciar o pagar 25.7 millones para 2020 y 5,3 millones para 2022, la realidad es que cada vez son más los problemas de liquidez en que incurre el sector. Un ejemplo claro de esto es la empresa SM Energy, uno de los principales productores de petróleo de esquisto en la Unión Americana, la cual, ha reportado flujos de efectivo negativos del 35% y 45 % para los años 2017 y 2018, respectivamente.

No es extraño entonces, que durante los ajetreados acontecimientos económicos de las últimas semanas, los mercados financieros hayan mostrado tanta vulnerabilidad. Pues si se tienen en cuenta los títulos financieros (acciones, bonos, contratos de futuros, u otros derivados respaldados en el petróleo), en específico aquellos referentes a las empresas estadounidenses petroleras de esquisto, que se han emitido durante los últimos años de feroz desregulación financiera; la mayoría de estos constituyen inversiones con un alto riesgo de impago en el mediano plazo. Tal vez por ello, es que Kristalina Georgieva no tuvo empacho en comparar la situación económica actual con la de 2007-2009, pues tal como hace doce años, la cantidad de títulos basura que están circulando en los mercados financieros internacionales no es nada desdeñable. La única diferencia, es que en esta ocasión no será el impago de créditos hipotecarios lo que detone el problema, sino muy probablemente, los créditos de alto riesgo del sector energético estadounidense.

Ante esto, con la función de postergar lo inevitable,es que ya empiezan a tomarse las “medidas necesarias” para evitar la insolvencia de las unidades sobre-endeudadas y los primeros salvavidas financieros ya fueron lanzados. Según datos de Bloomberg, en un histórico fallo del pasado 26 de marzo, el gobierno de los Estados Unidos anunció un paquete de rescate por 2.2 billones de dólares (trillions en inglés). De los cuales, 532 millones, el 23% del total, son para proveer de liquidez a las grandes compañías, asistencia financiera y préstamos del gobierno. Algo que acontece apenas quince días después de que la Reserva Federal interviniera en el mercado energético estadounidense de shale oil comprando bonos por 1.5 billones de dólares.

La pandemia mundial por COVID-19 es sin duda una amenaza al sistema económico mundial que podría ser considerada como el típico ejemplo de las externalidades al modelo económico, una fuerza que influye temporalmente sobre el comportamiento de los mercados, pero ajena a la dinámica convencional de estos. Esta guerra de la que habla el FMI constituye así un fenómeno coyuntural, que, aunque no es menor, una vez controlado dejará de influir negativamente en las variables productivas de la economía mundial. En cambio, la desigualdad generada por un sistema económico que premia y solapa las acciones irracionales de un pequeño grupo de personas que concentra cada vez más beneficios y utilidades, es un virus mayor y de índole interna. Un problema inherente a la dinámica económica de nuestras sociedades donde la distribución de la riqueza sigue sostenida bajo una injusta división de clases. Entre aquellos, empresarios, CEO’s de las principales firmas trasnacionales, banqueros e inversionistas, dueños o administradores de grandes sumas de capital a través de las cuales se hacen de cuantiosas ganancias; mientras que, por su parte, los trabajadores que sólo ostentan el producto de su fuerza de trabajo se encuentran hundidos en la informalidad, el subempleo, y los salarios precarios. El resultado: la concentración de una gran proporción de la riqueza en tan sólo unas pocas manos.

Los rescates a bancos, empresas y entidades financieras forman parte de una serie de medidas que sólo polarizan cada vez más la distribución del ingreso, dando más, a los que de por sí ya tienen bastante. La guerra que se libra actualmente en nuestras sociedades no es sólo contra la pandemia del coronavirus, “la amenaza externa”, sino en contra del virus de la desigualdad. Nuestra guerra es contra la virulenta cultura del privilegio de una oligarquía financiera que se ha fortalecido durante los últimos años al interior del modelo financiero-neoliberal, en cuyas prácticas sólo se busca la maximización de sus propios beneficios en detrimento de la clase trabajadora, quienes, teniendo poco, son los que pierden aún más en momentos de crisis como la actual.


Daniel Mirón

Economista, especialista en Historia del Pensamiento Económico, latinoamericanista y profesor adjunto de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México.

@DanielMirn

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