La interminable carrera armamentista: el boom de las armas hipersónicas

Lejos de entrar en crisis o de por lo menos disminuir frente a las advertencias de una posible recesión, aumentada por la emergencia provocada por el coronavirus, la carrera armamentista viene tomando un nuevo sesgo con el advenimiento de las armas hipersónicas.

No es nueva la investigación sobre las posibilidades de que aviones, cohetes nucleares, drones y otros dispositivos destinados a la guerra alcancen velocidades superiores a las del sonido, es decir, 1,235 kms./h. De hecho, hay una buena cantidad de aviones supersónicos rusos y estadounidenses que alcanzan entre Mach 2 y Mach 3, tripulados, que aparecieron durante la Guerra Fría y siguen en funcionamiento.

Al respecto, hay que precisar que durante ese periodo de la historia, las preocupaciones de ambas potencias eran la calidad y la cantidad tanto de vehículos transportadores como de cohetes. Hoy, el escenario perfecto habla de velocidad y precisión, dos elementos en los que Rusia y Estados Unidos tienen puesto su interés, ya que la primera es sinónimo de poder eludir los sistemas de defensa antimisiles, y la segunda, significa hacer blanco en el punto deseado, de ahí que junto con China e India, estén profundizando en el desarrollo de nuevas tecnologías.

En tales condiciones, actualmente los esfuerzos de las potencias armamentistas se centran en desarrollar tecnologías de alta sofisticación que hagan posible el mejoramiento de los actuales sistemas de defensa antimisiles con vehículos hipersónicos que se desplacen a la mayor velocidad posible y con un rango mínimo de inexactitud lo cual representa para los norteamericanos mejorar su X-51 Waverider no tripulado el cual se desplaza a 8,580 kms./h, es decir, mach 7; y para los rusos, el Avangard, misil que según el gobierno del Primer Ministro Putin, podría superar su alcance anterior de Mach 20 derivado de una prueba realizada en diciembre del 2019, en la que alcanzó 27 veces la velocidad del sonido, y es por ello que, una vez rebasado mach 5, a este tipo de vehículos que se dice superan y con mucho esa velocidad, se les denomina hipersónicos.

En principio el funcionamiento de los artefactos hipersónicos no presenta grandes complicaciones, pues vuelan en trayectoria ascendente hacia la atmósfera antes de usar la rapidez de su descenso para destruir objetivos. En estas condiciones, los adversarios no tendrían cómo responder dada la sorpresa si se lograra alcanzar la velocidad deseada; no obstante, una de las dificultades se centra en el descenso puesto que las pruebas revelan que no se realiza de manera limpia pues con la velocidad que alcanza el vehículo como producto de la altura que debe cubrir para llegar al punto deseado y el impacto hacia su objetivo previamente determinado, suele no alcanzarse por los movimientos oscilatorios que se registran.

Otro problema asociado al desplazamiento de estos misiles, en el que también se está trabajando, es cómo conseguir que se eleven a la altura que se requiere, toda vez que por ahora no existen tecnologías de lanzamiento que posibiliten esta clase de armas. Se está trabajando con drones, variaciones de cohetes espaciales y aviones militares especialmente diseñados para llevar carga.

Tres factores han jugado un papel decisivo para analizar lo que ha hecho posible que estas tecnologías estén en pleno desarrollo, el primero, la aparición de China como un nuevo actor internacional en materia de seguridad internacional. Ese país cuenta con varias armas antiaéreas y misiles que están fuera de los Tratados existentes y la consecuencia lógica, es la percepción de los aliados de los actores de la Guerra Fría, quienes reaccionan ante lo que entienden como una vulnerabilidad y por lo tanto se colocan en la necesidad de contar con armamento moderno y suficiente para mostrar su fuerza frente al potencial chino.

El segundo, el abandono de los Tratados: de Misiles Antibalísticos (ABM); el de Fuerzas nucleares de rango intermedio (INF); y los Tratados de reducción de armas estratégicas conocidos por sus siglas en inglés como START I y START II, estando pendiente el curso que tomará el START III, y el Tratado de Moscú. Cada uno de ellos reviste dos características importantes: su condición de jurídicamente vinculantes y la posibilidad para cada una de las partes de enviar expertos para realizar la verificación de lo pactado.

Por cuando hace al Tratado ABM, en este se pactó la limitación de los sistemas de misiles antibalísticos utilizados para la defensa de diversas zonas de la geografía terrestre, con carga nuclear y que bajo el escenario anterior de calidad y cantidad de vehículos, la limitación resultaba obsoleta, pues el desarrollo de los actuales sistemas se centran en velocidad y precisión, como ya se ha mencionado.

Adicionalmente, las dos potencias añadieron enmiendas al Tratado ABM y se acordaron nuevas reducciones en cuanto a zonas de despliegue de sistemas de misiles balísticos y se pusieron topes al número de lanzadores e interceptores lo que llevó a que Estados Unidos colocara un área de despliegue en Dakota del Norte que posteriormente quedó obsoleta por su alto costo operacional, y a que por su parte la Unión Soviética desplegara un sistema antibalístico alrededor de Moscú.

A su vez, el Tratado de Fuerzas nucleares de rango intermedio (INF), firmado entre la URSS y Estados Unidos, tuvo como objetivo eliminar todos los sistemas terrestres y misiles crucero y los cohetes balísticos nucleares y convencionales con un alcance de 500 a 5,500 km., esto es, de alcance medio e intermedio, instalados en bases militares de Europa Oriental y Occidental.

Por cuanto hace a los START I y START II, fueron pactados para reducir el número de cabezas nucleares de 10,000 a 6,000, así como los bombarderos estratégicos y cohetes balísticos de ambas potencias, lo cual afectó a otras Repúblicas de la periferia soviética como Bielorrusia, Ucrania y Kasajstán.

El denominado Tratado de Moscú, firmado en año 2002, comprometió a ambas potencias a no superar el número de cabezas nucleares consideradas como armamento estratégico ofensivo, en un rango de entre 1,700 a 2,200 unidades, dejando que cada uno de los firmantes determinara por sí mismo la composición y estructura de sus armamentos estratégicos respetando el límite establecido. La reducción de este armamento superó incluso la cifra que estaba prevista en el START-II.

En cuanto al START III, que es el único superviviente de este grupo, tiene una vigencia que va de la mano de la suerte que ha corrido el INF, que pactó la limitación de armas nucleares de largo alcance de ambas potencias; su vencimiento está previsto para abril del 2020 y habrá que estar pendiente de si el nuevo Consejero de Seguridad norteamericano hace eco de la advertencia de John Bolton cuando ocupó ese mismo puesto y afirmó que era poco probable que dicho tratado fuera renovado. Si tal supuesto se diera, desaparecería con ello toda limitación legal vinculante y verificable de la expansión de los dos mayores arsenales nucleares del mundo.

Al tiempo que estos instrumentos jurídicos fueron perdiendo vigencia, ya era evidente que tanto Estados Unidos como Rusia habían emprendido la renovación estratégica de sus arsenales nucleares, acompañados de China e India, esta última en menor medida.

El tercer elemento en este tema, es el sempiterno accionar de las empresas dedicadas a la tecnología de guerra, cuyos ingresos han continuado creciendo a niveles bastante altos según lo reporta el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), que en su Informe 2019 en español, resume datos del año 2018, destacando que en el año del resumen, el cálculo por ventas de armas a nivel mundial llegó a la suma de 1,822 billones de dólares norteamericanos, en donde Estados Unidos, China, India, Arabia Saudita y Francia son los países que en su conjunto representan el 60% de esa cantidad.

Para nadie es un secreto el modo en que opera una parte de la economía norteamericana en la que las empresas dedicadas al diseño y producción de armas de todo tipo, pugnan entre ellas por conseguir los contratos de su gobierno el cual destina enormes cantidades del presupuesto que tutelados por el Departamento de Defensa o el Pentágono entre otras entidades de la administración pública de Estados Unidos.

No hay más que revisar algunas cifras proporcionadas por el propio SIPRI, y comparativas contra el año 2018, en que el presupuesto militar autorizado ascendió a 649 mil millones de dólares, del cual gran parte se ejerció en la adquisición de armamento nuevo.

Para el 2019 el tope autorizado ascendió a la cantidad de 716 mil millones de dólares, correspondiendo 617,000 millones para operaciones básicas; 69,000 millones para misiones en el exterior, destacando Siria y Afganistán, así como 22,000 millones para un programa de misiles nucleares. Trump precisó en su momento que se reemplazarían los viejos tanques, aviones y naves a las cuales se les proveería de la tecnología más avanzada, esperando no tener que usarla, y añadió, y si así fuera el caso, nadie tendría ni una sola oportunidad.

El Pentágono destinará este presupuesto, por ejemplo, para la compra de 77 aviones caza F-35 a Lockheed Martin por 7.600 millones de dólares o a la adquisición de helicópteros Black Hawk UH-60M, también a Lockheed Martin, por valor de 85 millones de dólares.

Para el año 2020. El presupuesto aprobado asciende a 738,000 millones de dólares, es decir, 22 millones más que el año anterior, y repartidos en 658,400 millones para el programa de seguridad nacional de los Departamentos de Defensa y el de Energía; 71,500 millones para operaciones de contingencia en el extranjero; 5,300 millones para restauraciones de instalaciones militares; y 300 millones como apoyo a Ucrania.

Igualmente se ha anunciado que en el presupuesto 2020 está implícita la prohibición para la adquisición y despliegue de nuevos misiles de corto y mediano alcance emplazados en tierra, y plantea la necesidad de estudiar alternativas a estos sistemas, prohibición que se estima está de más, debido a que ha quedado inoperante el Tratado de fuerzas nucleares de rango intermedio, al tiempo que, como se ha explicado anteriormente, las grandes inversiones se están efectuando en armas hipersónicas que son el actual interés de tres de las grandes potencias que cuentan con armamento nuclear.

Por otra parte, de entre las empresas que destacan por haber obtenido jugosos dividendos durante el año 2018 por la venta de armamento destacan en los cinco primeros lugares las norteamericanas la Lokheed Martin; Boeing; Northtrop Grumman Corp.; Raytheon y General Dynamics Corp. En sexto lugar la inglesa BAE Systems;  en noveno lugar Leonardo de Italia y en décimo lugar la rusa Almaz-Antey.

En este como en otros temas, estando los presupuestos de por medio, el rubro transparencia falla constantemente lo que se convierte en una correa de transmisión para escalar en el nivel de venta de armas con un rango de discrecionalidad que dificulta un mejor seguimiento en ese rubro. Consecuentemente los reportes del SIPRI, también se refieren al rubro transparencia que se centra en los modos en que las grandes potencias venden armas a otros países.

Al respecto, existen entidades dedicadas a vigilar y controlar la venta de armas nucleares como el Grupo de Proveedores Nucleares (GPN) que están regidas por principios animados en los textos de los instrumentos jurídicos que se han firmado y que van en contra de la proliferación nuclear como son el Tratado para la no Proliferación Nuclear que nunca firmaron ni ratificaron India e Israel, y del que dejó de formar pare Corea del Norte, o aquellos que han dejado libres de armas nucleares determinadas zonas del planeta como el de Tlatelolco, el de Bankok o el de Rarotonga, entre otros.

El GPN reconoce abiertamente que el pertenecer a cualquiera de los ordenamientos citados, no es una garantía de que el firmante compartirá los objetivos del Tratado todo el tiempo, lo cual es un punto contradictorio porque evidencia los intereses entre las ganancias de las empresas, los de las potencias nucleares y la misión en sí de este grupo. No obstante y bajo el principio de no proliferación, el GNP autoriza una transferencia solo cuando está convencido de que ello no contribuirá a la proliferación de armas nucleares.

En otras estimaciones, Washington, antes que a los rusos, considera a China como el verdadero gigante a vencer en materia de producción de armas nucleares, y por ello ha invitado a Pekín a colaborar en una nueva era de control de armas que incluya a otras naciones – ¿cuáles? – con reconocido potencial armamentista. Esta postura está fundada en los cálculos del Departamento de Defensa norteamericano, que estima que los chinos tienen algo así como 290 cabezas nucleares, cantidad que ya reviste cierta consideración si se piensa en la infraestructura con la que cuenta el país asiático.

Por su parte Pekín ha dejado bien clara su postura de no negociar reducción alguna de su arsenal, y muy seguramente están contando con que el START III, no será refrendado y al no tener un acuerdo común, ello representaría una ventaja para China y sus programas nucleares futuros, afectando con ello la estrategia de Trump.


Luz María Cahero Cornejo

Licenciada en Derecho por la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, y Maestra en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la misma Universidad. Ha intervenido en diversos Foros, Talleres y Mesas Redondas con temas como Paz y Desarrollo, Desarme, Armas Pequeñas y Ligeras, Protección Civil, y ha participado como miembro del Movimiento Mexicano por la Paz y el Desarrollo, A.C. (MOMPADE), y del Instituto de Investigación y Estudios Internacionales, A. C.

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