La apropiación de la lucha feminista

El capitalismo ha perdurado por su capacidad de mercantilizar cualquier cosa u objeto que sea capaz de dejar grandes ganancias a las empresas y al mercado que lo sustentan y, en este caso, la lucha feminista no ha sido la excepción. En los últimos años, cientos de empresas transnacionales se han apropiado de los símbolos e ideas feministas para aumentar las ventas de sus empresas y justificar su apoyo en pro de la lucha feminista.

El intento de apropiarse de esta lucha ha sido únicamente para su mercantilización con la generación de consumo para ciertos sectores de la sociedad. Así, de acuerdo a la lógica del mercado, alguien será más feminista al consumir determinada ropa de alguna marca de prestigio o utilizar ciertas botas o zapatos «feministas» o tomar cierto tipo de bebida. En este sentido, vemos el impacto comercial que tiene los slognas de ciertas marcas como: «todos deberíamos ser feministas»; «yo soy feminista»; «así es como luce alguien feminista» o «avancemos por la igualdad». Como si el empoderamiento y emancipación de la mujer dependieran exclusivamente de utilizar dichos productos.

Esta apropiación se ha hecho más notoria en estos últimos días, especialmente el 9 de marzo de 2020, pues después de que se llamara a paro nacional con el lema «el nueve ninguna se mueve» cientos de empresas se mostraron a favor del paro, algunas de ellas le dieron el día a sus trabajadoras; otras cambiaron el día para que las mujeres pudieran trabajar en algunos de sus otros días de descanso o se planteó la redistribución de horas extra en los siguientes días de las semana para compensar la falta del 9 de marzo y también hubo empresas y empleadores que las «dejaron» faltar pero sin goce de sueldo. En este caso, estas empresas y empleadores se preocuparon principalmente por mostrar una imagen de ser socialmente responsables y no por preocuparse realmente de la situación que se vive en el país.

Pero ¿realmente les interesa el valor de la mujer en sus empresas o solo les interesa el valor monetario de la plusvalía, las ganancias económicas que representa su mano de obra y el marketing que crean con este disfrazado apoyo a las mujeres? La respuesta, desde mi perspectiva, es simple, no les importa concretamente el valor humano de las mujeres ni la ideología de género, pues de ser así cuidarían elementos laborales básicos como: salarios más justos e iguales entre hombres y mujeres; condiciones de vida más digna; los puestos directivos serían ocupados por más mujeres y no solo por el 5%; se les asegurarían jornadas laborales que les permitieran equilibrar su vida profesional con la personal; harían hincapié sobre una reconfiguración del trabajo doméstico no remunerado y tendrían la iniciativa de cerciorarse que sus oficinas fueran espacios realmente libres de violencia de género.

Si las empresas tuvieran intenciones reales de ser y no de parecer feministas (y no estoy diciendo que lo vayan a hacer), se asegurarían de que: las mercancías que venden no estuvieran hechas con la mano de obra barata en condiciones laborales precarias; que sus productos no estuvieran elaborados gracias a la explotación depredadora de los recursos naturales, de la flora o de la fauna, poniendo especial énfasis en que la producción de estos productos como su consumo y desecho no fueran tan agresivos y contaminantes con el medio ambiente. Sin dejar de lado, la importancia del poder de transformación que pudieran lograr en sus empleos para disminuir la violencia que generan su producción de sus mercancías y, con ello, también reducir la desigualdad social.

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Ahora bien, no solo las empresas se aprovecharon de la lucha feminista para lucrar y obtener ciertos beneficios, sino también los partidos políticos, los cuales lanzaron campañas jactándose de ser partidos «feministas» evidenciando, así, su grado de oportunismo ya que únicamente se preocuparon por mantener una imagen socialmente aceptada y no consciente. Además, el denominarse como «feministas» resulta irónico ya que son estos partidos los que mantienen el sistema patriarcal al crear y votar por leyes antiaborto que violan los derechos reproductivos de las mujeres, quienes generan la impunidad en pro de los violentadores, violadores y feminicidas, sin dejar de lado que justamente en los espacios privados de los partidos políticos es donde existen acosadores y agresores sexuales que abusan de su poder para violentar a las mujeres. Por lo que, las intenciones de los partidos políticos fueron claras: conseguir mayor aprobación mediante votos por parte de un sector de la sociedad que converge con la lucha feminista; sin embargo, habría que cuestionar fuertemente su estrategia de declararse como feministas, ya que no han creado soluciones en favor de las mujeres, sino que, siguen formando parte del mismo problema: violentar a la mujer.

Asimismo, ni las empresas ni los partidos políticos han entendido que la lucha feminista es a favor de la igualdad de personas sin importar la raza, el género, la clase, la preferencia sexual o la etnia. Lo más importante es el pleno respeto de la vida digna, del cuidado del medio ambiente, de espacios libres de violencia y del patriarcado, del reconocimiento y preservación de los pueblos originarios y la reproducción de sus conocimientos. Estos son elementos que nunca llegarán a tener ni las empresas ni los partidos por su misma naturaleza. Por ello, es que ni las empresas ni los partidos están a favor de hacer las condiciones sociales, políticas, económicas y laborales igualitarias y más justas, y mucho menos están a favor de la forma de protestar de las mujeres feministas porque ésta daña la propiedad privada —que es la base del capitalismo— por lo que, entonces adquieren más valor las puertas, los vidrios y paredes que la vida humana, pues reparar un vidrio o pared les implica un gasto (económicamente hablando); pero la vida de una mujer asesinada no les cuesta nada. Por lo tanto, al sistema capitalista no le importa que ocurran diez feminicidios al día. Es decir, las muertes de estas mujeres no le cuestan al mercado, sino a las familias de las víctimas; incluso dentro de la lógica capitalista la muerte genera consumo.

Los cierto es que la lucha feminista es consciente de todas estas problemáticas y obstaculizaciones y de una manera aún más profunda. De modo que, quienes luchan saben perfectamente que ninguno de estos productos ni partidos las harán más feministas. Asimismo, el movimiento se rige bajo aspectos fundamentales, donde el feminismo tiene que ser decolonial, antisistémico, anticapitalista y antipatriarcal o no será, así que, por más que se esfuercen las empresas y los partidos políticos en declararse «feministas» para lucrar con el movimiento: no lo lograran, puesto que la consciencia que hay detrás de esta lucha es mucho más profunda e interseccional de la que se pudiera creer.


Karen Ávalos

Internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en estudios de Estado, gobierno y democracia por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

@KarenFridAvalos

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