Y, ¿las mujeres? La literatura como espacio de recuperación y redescubrimiento

En México, desde el año pasado, se ha visibilizado con mayor fuerza la inconformidad y el hartazgo de las mujeres; se ha cuestionado la incompetencia de las autoridades, así como el procedimiento de los protocolos jurídicos, médicos y policiales que dicen protegerlas. Las mujeres se han encargado de exhibir la violencia a la que se enfrentan diariamente, han expuesto cómo en lo público y en lo privado han padecido los estragos del machismo y la misoginia. En este sentido, el campo cultural y literario no quedaron exentos de los señalamientos de diversas mujeres hacia sus agresores: desde las denuncias hechas hacia escritores y artistas mexicanos hasta la confesión de Elena Poniatowska sobre el abuso que sufrió. Y es que ello hace cuestionarme: ¿en qué momento las mujeres nos volvimos tan incómodas para la sociedad? ¿En qué momento la mujer se convirtió en minoría? Y, ¿en qué momento la mujer quedó, hasta cierto punto, relegada de la literatura?

Estos cuestionamientos desde hace tiempo me interpelan y ahora más que otras veces, por ello es que quiero recuperar una de las premisas del texto de Karla Hernández —misma que podemos aplicar a esta problematización— y es que, así como la academia y el canon literario se han encargado de menospreciar y negar cierta producción literaria, también lo han hecho con la obra de ciertas autoras, principalmente. Quienes estudiamos alguna carrera relacionada con la literatura o la filología prácticamente nos formamos con los postulados de textos escritos, usualmente, por hombres tanto en el ámbito creativo —es decir, prosa y lírica— como el ámbito teórico literario. Y ¿por qué problematizar con algo que ha sido tan natural en nuestro campo? Qué tan cotidianamente se leen obras de otras autoras más allá de la narrativa de Virginia Woolf, Jane Austen o las hermanas Brönte, en el caso anglosajón; los cuentos de Emilia Pardo Bazán; los poemas de Gabriela Mistral o leer una propuesta literaria como la de Nellie Campobello o consultar los postulados teóricos de más mujeres, además de los de Luz Aurora Pimentel o Julia Kristeva, ¿por ejemplo? ¿Quiénes han leído a Marta Brunet, Isadora Aguirre, Juana de Ibarbourou, Delmira Agustini, Rosario Ferré, Concha Urquiza, Laura Méndez de Cuenca, Olga Orozco, Sara Gallardo o Luisa Josefina Hernández? Y como lectores del siglo XXI, ¿qué tan abiertos estamos a leer nuevas obras o seguimos prefiriendo las obras canónicas y que siempre deberían leerse?

Antes de continuar debo aclarar que en ningún momento niego la relevancia y la tradición que han producido los textos escritos por hombres, o que sus obras no problematicen lo que ocurre en la realidad fáctica, o que también las obras de ciertos escritores han sido olvidadas y excluidas del canon literario; tampoco desprestigio su trabajo, ni mucho menos afirmo que sus textos sean literariamente inferiores: no es así. Hay importantes obras escritas por hombres y su labor también ha sido significativa; sin embargo, lo que busco con el texto es problematizar algo que para muchos ha sido normal: leer únicamente a hombres. ¿Por qué debe ser normal leer las obras de ellos?, ¿acaso las mujeres no han producido nada? O ¿por qué se lee tan poco a las mujeres?, ¿qué influye para que esto suceda?  

Si bien hay editoriales, investigadores, editores y profesores encargados y preocupados por recuperar y visibilizar toda esa producción olvidada y, hasta cierto punto, desdeñada, aún se enfrentan a un mercado editorial, a un canon y a una academia machistas y elitistas; sobre todo porque ha focalizado su atención en la obra escrita por hombres en contraste con la de las mujeres. Se ha maximizado la difusión de las obras escritas por ellos que por ellas. Por ejemplo, cuando estudiamos el Siglo de Oro me atrevería a sostener que, en Hispanoamérica, todos leímos obras de los mismos autores; sin embargo, no creo que todos hayamos leído obras escritas por mujeres, quienes fueron relegadas del canon literario. En este caso, Lilián Camacho Morfin, profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, se ha dado la tarea de evidenciar todas esas obras olvidadas y que no se estudian con el mismo ahínco que la de los mismos autores de siempre. Otros dos ejemplos los tenemos en el campo literario mexicano: el primero respecto al caso Octavio Paz y Elena Garro.

Hay que recordar que por muchos años la obra de Garro estuvo silenciada; en contraste con la de Paz, que, hasta el día de hoy, sigue siendo uno de los principales referentes para muchos estudiosos de la literatura. O sobre el silenciamiento que padeció la obra de Rosario Castellanos, tanto en el ámbito literario como en el filosófico (en este último fue desplazada por la figura de su pareja, Ricardo Guerra, en el grupo filosófico Hiperión). También en el campo literario latinoamericano tenemos al boom: donde las escritoras han sido silenciadas y olvidadas, generando, así, la creencia popular de que las escritoras no aparecen en un movimiento como este porque eran malas o simplemente no cumplían con la calidad que sí tienen los hombres. Argumentos cuestionables, pues en este periodo se circunscriben las obras de Cristina Peri Rossi o Nélida Piñón, por ejemplo, pero ante la espectacularización de otras obras, las de ellas quedaron relegadas.  En este sentido, valdría la pena preguntarnos cuántas obras hemos leído de un Vargas Llosa o de un García Márquez en contraste con las de estas u otras autoras. Incluso, entre los propios autores reconocidos de este movimiento hay distinciones muy marcadas; por ejemplo, se sabe que Julio Cortázar, García Márquez o Vargas Llosa fueron «escritores del boom» en contraste con Carlos Fuentes o José Donoso. Valdría la pena cuestionarnos por qué se reconocen más a unos que a otros; lo cual también expondría el elitismo que se produce dentro del campo literario y que padecen varios autores.

En la teoría literaria tenemos la distinción genérica y arcaica de un «lector macho» o «lector hembra»; incluso tenemos la disputa sobre si hay que distinguir entre la denominada «literatura de mujeres» o «literatura femenina» versus el resto de la literatura, la cual no tiene la denominación de «literatura masculina» o «literatura de hombres»: lo cual termina por mostrar el machismo, el conservadurismo y el elitismo que imperan en el campo literario, mismos que se deben combatir. De ahí que, como lo mencioné en otro texto, se crean mitos sobre este «tipo» de literatura, ¿cuál es la necesidad de distinguir que las mujeres también escriban literatura? Y, ¿por qué no se hace la misma distinción con la escrita por hombres? De ahí que muchos detractores de la «literatura femenina» mencionen lo siguiente: 

  1. las mujeres no tienen creatividad literaria;
  2. que las mujeres, por su necedad de acaparar todos los espacios, intentan deslegitimar a sus pares masculinos para que sean tomadas en cuenta generando una especie de hembrismo;
  3. que las mujeres escriben exclusivamente para las mujeres y no para los hombres;
  4. que las obras de las mujeres tienden a ser cursis, de temática plana y básicas en su escritura, motivo por el que no pueden formar parte del canon;
  5. o, incluso, se tiene la creencia de que las mujeres siempre han tenido la facilidad de escribir sobre cualquier tema, de modo que, cuando un hombre escribe se le debe reconocer por la sensibilidad que sí expresa, en contraste con la escritura femenina
  6. y que, si no se les lee ni se les toma en cuenta es porque sus pares masculinos sí tienen lo que se necesita para ser parte del canon; de modo que los hombres sí escriben literatura.

El cuestionamiento reiterativo sobre el valor literario que tienen o del que carecen las obras escritas por mujeres expone la violencia y las desigualdades a las que se enfrentan, así como los micro y macro machismos que también se ejercen en el ámbito literario; al tiempo que demuestran cómo la misoginia determina la lectura de ciertos receptores, incluso de ciertos profesionales de la literatura como académicos, editores y críticos, quienes suelen determinar quién sí y quién no pertenece al canon, motivo por el que en muchas ocasiones se sobrevaloran las obras escritas por hombres. Motivos por el que ni canon literario ni la academia se pueden nombrar libres de la violencia en contra de las mujeres; pues justamente en el campo literario también se les ha restringido un espacio que también les corresponde y del que han sido partícipes las mujeres. Esto lo podemos ilustrar con los planes de estudio —mismos que forman parte de un canon literario que debe estudiarse—: las obras escritas por mujeres no suelen estudiarse con tanta constancia como las escritas por hombres; por ende, su presencia es menor. Sin embargo, cuando aparecen de forma equitativa o se les dedica exclusivamente un curso se debe a la iniciativa de quien dicte la cátedra. De modo que leer obras escritas por mujeres, en el ámbito literario, también implica una decisión política. Y no necesariamente por seguir la moda de lo «políticamente correcto» sino porque quien decida que en su curso se leerán textos escritos por mujeres lo hace para visibilizar una producción literaria escondida y olvidada. La visibilidad y la difusión de las obras de las mujeres a lo largo de la historia de la literatura funcionan para recordarnos que las mujeres, aunque se les quiera minimizar, también han aportado al estudio y al conocimiento literarios; asimismo, se combate ese conservadurismo en el que cae constantemente el canon y en muchas ocasiones la academia, pues la literatura no solo la crean los hombres sino también las mujeres.

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Así, la literatura se reivindica como un espacio de recuperación y redescubrimiento de obras escritas por mujeres para muchos lectores; es decir, mientras más personas se encarguen de recuperar, editar, reseñar, estudiar y analizar las obras de autoras de inicios del siglo XIX o del siglo XV, por ejemplo, será mediante la circulación tanto en el mercado editorial como en las aulas o los institutos que se genere una curiosidad respecto a dichas obras, y con ello, quizás, esas obras puedan llegar a más lectores. De modo que también se lograría contrarrestar ese olvido, esa negación que sea efectuado en el campo literario. Por ello, la recuperación y la reactualización de las obras escritas por mujeres es tan necesario, pues si ya fueron omitidas por siglos de la historia de literatura y del canon, entonces, será nuestra tarea leerlas e impedir que vuelvan a ser sepultadas por el olvido.

Ahora bien, en este siglo XXI también es importante reconocer el auge editorial que se ha encargado de publicar las obras de distintas autoras. Motivo por el que el actual del campo literario sea liderado por mujeres tales como: Mariana Enríquez, Fernanda Melchor, Nona Fernández, Alejandra Costamagna, Samatha Schweblin, Guadalupe Nettel, Selva Almada, Liliana Colanzi, Carla Zúñiga, Alia Trabucco, Luisa Valenzuela, Brenda Lozano, Gladys González, Valeria Luiselli o María Gaínza. Autoras que han provocado que algunos críticos denominen su producción literaria como el “nuevo boom femenino”, pues con la publicación de sus obras se nos ha recordado que, así como en lo siglos pasados, las mujeres fueron fundamentales, éste no sería la excepción. Estas autoras han causado revuelo no solo por la calidad de sus propuestas en las que evidencian distintas situaciones a las que se enfrentan las mujeres y que en la cotidianidad de nuestras sociedades se han normalizado como: la violencia simbólica y estructural en Temporada de huracanes o la impunidad que impera en los casos de feminicidios como se relata en Chicas muertas.  Además, estas autoras han alzado la voz en contra de la nulificación de las mujeres en eventos como la Bienal Vargas Llosa, por ejemplo; así como en la reivindicación de las autoras en el campo literario.

 Mientras todas estas autoras, y muchas más, han combatido desde su trinchera el reconocimiento de las mujeres en el campo literario, también hay otras autoras que están dando una pelea doble, pues además de reivindicar la figura de las mujeres y principalmente el de las mujeres indígenas en la literatura deben luchar por mantener su lengua viva, como ocurre con la obra escrita en lenguas originarias. Al menos en México destaca la obra de Briceida Cuevas Cob, Nadia López García, Ateri Miyawatl, Irma Pineda Santiago, María Roselia Jiménez Pérez o Guadalupe Hernández Dimas, también conocida como “Nana Lu”, solo por mencionar algunas, quienes han trabajado arduamente por difundir los aportes que desde estas lenguas se han hecho a la poesía, a la narrativa, al arte y a la cultura en sí. En este caso tenemos obras como U ts’íibta’al Cháak (Escribiendo la lluvia) donde se hace presente la necesidad de mantener vivas las historias de un pueblo y de una lengua que se han considerado periféricas.

Así, una buena parte de la producción literaria nos ha recordado que hay —y hubo— obras, y con ellas voces, silenciadas y escondidas arbitrariamente; pero gracias a la insistencia de diversos estudiosos, investigadores y críticos así como editoriales es que se han recuperado de la indiferencia obras de muchas autoras, mismas que podemos leer actualmente. Igualmente, gracias al auge que han tenido actualmente las mujeres es que podemos conocer a otras autoras que las han influenciado o inspirado. Así, la literatura también ha fungido como un espacio de descubrimiento para alguien que decida acercarse y leer —muchas veces por curiosidad— alguna obra recientemente recuperada. Eso enriquecerá no solo el bagaje cultural del lector en cuestión, sino que también, idealmente, provocará el interés y la curiosidad de otros lectores, lo cual activará el acercamiento de los lectores con obras que no necesariamente pertenecen a un canon preestablecido. Por lo que cada lector podrá ampliar su panorama literario sin limitarse exclusivamente a las obras que deberían leerse, sino a las que quieran dedicar su tiempo.

Y aunque la tarea sigue sin ser fácil para muchas mujeres en el campo literario, hay que reconocer la visibilidad que han adquirido sus obras, la importancia que tiene el recuperar sus obras, del que se lean obras de años o siglos pasados en claves actuales, pues finalmente eso también implica la literatura: que cada generación se apropie de esos textos y que los lean con nuevos ojos y con mayores conocimientos para generar nuevas interpretaciones. Si los lectores de una época determinada no pudieron hacerlo con ciertas obras, nosotros, lectores del siglo XXI tenemos ese privilegio: leerlas y reivindicarlas; recomendarlas y estudiarlas; analizarlas y evidenciarlas en aquellos espacios que, en su momento, las excluyeron. Hagamos que el: leer, estudiar, analizar, editar y publicar la obra de las mujeres sea un acto subversivo ante los intereses de un canon que también ha intentado minimizarlas. Pues solo así, quizá, podamos crear una nueva historia de la literatura, donde las mujeres no vuelvan a ser apartadas ni menospreciadas.

Si todo esto pasa en el campo literario, qué ocurre en las demás áreas de conocimiento: ¿cuánto se valoran los aportes y los conocimientos de las mujeres? ¿Es cotidiano leer a mujeres? Esperaría que la respuesta fuera positiva; sin embargo, si la respuesta fuese negativa, quizás podríamos comprender por qué las mujeres han tenido que manifestarse ante un sistema y una sociedad que las ha subestimado.


Nayeli Reyes Romero

Hispanista, latinoamericanista; editora y profesora de literatura. Entre sus líneas de investigación destacan: la literatura chilena de postdictadura; los gobiernos dictatoriales; el negacionismo; los derechos humanos; así como el rescate de la memoria social e histórica y las políticas de memoria y de punto final.

nayelial.unam@gmail.com

Publicado por CELAEI

Somos un Centro de Investigaciones Interdisciplinarias fundado en México, con vocación latinoamericanista.

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