Sanders y el conservadurismo

Con el triunfo de Bernie Sanders en las primarias de Nevada (sucesivas a las de Iowa y New Hampshire, en las que terminó en una suerte de empate técnico con Pete Buttigieg en ambos procesos), la fuerza de arrastre del actual senador por el estado de Vermont parece presentarse como la suficiente (ni más ni menos) para posicionarse como el candidato principal del partido demócrata a la presidencia estadounidense, por un lado; y un contendiente sólido y viable para intentar arrebatarle el poder ejecutivo de la Unión a Donald J. Trump.

La mayor parte del tratamiento mediático que en los últimos días ha seguido a sus victorias, tanto en la prensa local, estadounidense, como en una porción importante del resto de Occidente, por ejemplo, da cuenta de ello y de la manera en la que la fortaleza que el candidato proyecta en las contiendas internas (en términos de su capacidad para traducir su posición política en apoyos concretos de delegados) es recibida por la opinión pública y en la agenda de los medios como un claro signo de que es momento de comenzar a alinear ciertas narrativas que en el mediano plazo no únicamente no supongan obstáculos para su virtual candidatura unificada frente al contendiente republicano, sino que, además y por lo contrario, sirvan para mitigar en el imaginario colectivo nacional la percepción, que aún hoy domina, sobre el partido demócrata como una fuerza política, ideológica y electoral moralmente devastada desde hace cuatro años.

Y es que si bien es cierto que recientemente, dentro de la contienda interna del partido demócrata, algunas escisiones han llevado a algunos contendientes a buscar la obtención de la candidatura —y por extensión: de la presidencia del país— a través de la compra irrestricta de publicidad y el despliegue masivo de campañas de comunicación especializadas en la construcción narrativa e ideológica de la personalidad política en cuestión (caso concreto de Michael Bloomberg), la verdad es que, al margen de ello (o aún a pesar de ese hecho) la valoración política que en el debate público comienza a primar sobre y alrededor de la figura de Sanders ya ofrece signos concretos de cierta articulación, sistematicidad y congruencia en lo que respecta al imperativo de centrar el debate electoral de la Unión en las fortalezas del senador —aún si en esa misma valoración no se lo considera como la mejor opción.

Ahora bien, tal ajuste de la narrativa mediática en torno a Sanders no significa, por ningún motivo, que los grandes y profundamente determinantes capitales de la industria de la comunicación y las redes de información estadounidenses hayan decidido alinearse con la candidatura de Sanders sólo porque demostró ser un contendiente a vencer (y no uno que busca vencer) en tres procesos primarios en los que, por lo demás, ni el número de lectores es lo suficientemente grande como para dar cuenta de una tendencia electoral nacional ni el peso político relativo de esos estados es tan grande como para ser decisivos en los destinos del país. Por lo contrario: si un escenario así, en el que se contemple cualquier grado de alineamiento del capital mediático con la campaña de Sanders, es siquiera concebible, ese momento sería apenas imaginable luego de que se resuelvan las primarias de la primera semana de marzo, cuando catorce estados celebren sus procesos internos poniendo en juego a mil trescientos cincuenta y siete delegados.

De lo que si da cuenta el reacomodo de la narrativa dominante en el debate público estadounidense, en particular; y occidental, en general; es, no obstante, de la fuerza de arrastre que Sanders acarrea detrás de sí en lo que respecta a las bases populares de cada partido y del resto de la sociedad civil estadounidense, en sentido amplio. Y es que, en efecto, de la totalidad de los contendientes en pugna por la candidatura demócrata para las presidenciales de este año, Sanders sigue siendo, sin duda, el que mayores movilizaciones ha generado sin la necesidad de ejercer un despliegue financiero ostentoso o demasiado oneroso como para contradecir su propio discurso de austeridad y de desafío a los privilegios de clase vigentes en el país.

El problema con tal arrastre es, sin embargo, que aunque hasta ahora ha servido para mitigar cierto golpeteo mediático del cual ha sido objeto (por parte de los círculos ideológicos cercanos al partido demócrata, más que provenientes desde las filas republicanas), éste sigue sin ser capaz de resolver la fractura interna que persiste tanto al interior del partido como en los grandes sectores sociales que se sienten parte de su tradición político-electoral. Y es que, si en algo tienen razón las críticas que se le plantean a la campaña demócrata, de cara al desafío que supone el vencer a Donald Trump, ese algo es que al interior de ambos; es decir, del partido y de sus adeptos, las fracturas y la descomposición ideológica siguen siendo tan grandes como lo eran en los momentos en los que Hillary Clinton fue nominada como candidata para competir contra Trump.

Si ya el número de contendientes, hombres y mujeres, en el proceso interno demócrata es un indicador importante que muestra la poca cohesión y la aparentemente nula capacidad que se tiene al interior del partido para sumar esfuerzos en proyectos comunes y unificados, por encima de la adversidad personalista, el hecho de que las posiciones políticas de los punteros a menudo se reduzcan al vano esfuerzo de querer capitalizar electoralmente su género o su preferencia sexual (como si uno y otro rasgo fueran garantías por sí mismos de un gobierno más democrático, equitativo y progresista) es un rasgo aún más ilustrativo del vaciamiento de contenidos políticos e ideológicos del que son objeto las fuerzas demócratas estadounidenses.

Y si a ello se suma el hecho de que la mayor parte de los y las contendientes por el partido han tenido que endurecer sus posturas y desplazarlas hacia un espectro más propiamente conservador para hacer frente a la agresividad y la combatividad con la que Donald Trump ha manejado su presidencia y su campaña de reelección, lo que se tiene al final es un conjunto de candidaturas que en su intento por conseguir abarcar al mayor número posible de sectores de la sociedad, están terminando por no saber cómo aglutinar a esa multiplicidad y diversidad de intereses en una agenda común en la que las contradicciones entre unas propuestas y otras no terminen por florecer.

Sanders, en este sentido, se mantiene aún fiel a un posicionamiento bastante moderado y a la vez ambiguo frente al cual lo único que queda claro es que, de ser presidente, la verdadera materialización de sus propuestas y de su proyecto de gobierno se jugará en los estiray-afloja que los sectores más polarizados al interior de las fuerzas demócratas sean capaces de inducir. Es decir, con Sanders, al igual que con Andrés Manuel López Obrador, en el caso de México, la única cosa que es segura es que la moderación que hoy prima en su campaña electoral sólo sabrá decantarse hacia un extremo u otro del espectro político en la medida en que los intereses más reaccionarios a la izquierda y a la derecha del centro ejerzan presión.

Con el resto de los y las contendientes demócratas, pro lo contrario, eso no ocurre. Y no únicamente en lo que tiene que ver con los círculos más directamente involucrados y determinantes del proceso electoral (el tan socorrido establishment), sino, de igual manera, con la población civil en general. Por eso, una dimensión importante del problema que enfrenta de candidatura de Sanders es que gran parte de su estrategia arranca del piso mínimo que consiguió en la contienda interna del partido en 2016, frente a Hillary Clinton (43% de respaldo), sin tomar en consideración que esa magnitud no fue producto sólo de su propia campaña, sino, asimismo, de cierta reticencia por la figura de Hillary (y de la familia Clinton, en general) que en el momento presente no tiene similar en ninguno de los y las contendientes por el partido.

Además, en términos estratégicos, el equipo de campaña del hoy senador por Vermont parece estar obviando el hecho de que en las elecciones presidenciales pasadas Donald Trump logró imponerse como candidato republicano y presiente de Estados Unidos a pesar, inclusive, de la profunda desarticulación y fragmentación en la que se encontraban las fuerzas republicanas —y el partido mismo— en aquel momento. Cuatro años después —saturado cada uno de ellos por un discurso profundamente conservador y reaccionario—, esa descomposición del republicanismo estadounidense no sólo ya no existe ni en el partido ni en sus filas en el seno de la sociedad civil (el espectáculo observado durante el State of the Union address hizo visible lo primero; la popularidad y la aprobación alcanzadas por Trump en la última semana de febrero, lo segundo), sino que, además, ese sentimiento de unificación nacional, de sentido patrio y de defensa del interés común ha permeado, con todas sus perversas consecuencias, en el resto de la población del país, reavivando ese excepcionalismo y ese supremacismo que no se observaban en el país, por lo menos, desde los eventos del 11 de septiembre de 2001.

Sanders y su base de electores, tanto como sus adeptos en los sectores populares estadounidenses, por lo tanto, no tendrían que partir y avanzar desde el supuesto de que a los triunfos obtenidos hace cuatro años únicamente hace falta sumarles los de esta nueva campaña —como si aquellos se mantuviesen intactos y las condiciones de la disputa electoral fuesen idénticas o similares a las imperantes en aquel entonces. Y es que, aunque es verdad que no hay en la contienda interna del partido una figura equiparable a la de Hillary y la personalidad de Trump mantiene un grado de desaprobación colectiva que ronda los márgenes del 50%, lo cierto es, asimismo, que si algo ha demostrado el actual presidente de Estados Unidos en sus años al frente del poder ejecutivo de su país es que no importa que su persona en sí misma le sea despreciable para un número importante de estadounidenses, menos aún que llegase a la presidencia y la ejerciera en medio de cuestionamientos a su legitimidad y a sus capacidades para el cargo. Al final del día (y de su cuatrienio en cuestión), cada uno de los rasgos que lo hacen despreciable ante tantos y tantas son los mismos que le permitieron llevar a cabo un programa de gobierno tan agresivo sin tener que hacerlo atado de manos por los saldos que sus decisiones arrojarían en cuanto costos políticos.

En este sentido, el hecho de que el actual presidente de Estados Unidos alcance niveles de aprobación semejantes a los que se le confieren como desaprobación, además de ser un buen indicador de la fortaleza y la congruencia con la cual se están articulando las fuerzas republicanas en la elección presidencial, es un elemento que indica qué tanto ha permeado el propio conservadurismo personificado por el presidente (y un grupo de colaboradores y colaboradoras dentro de su gabinete) en el resto de la sociedad; dando cuenta de un margen mínimo de alienamiento ideológico que por supuesto no comienza, transita y se agota en el sentimiento de pertenencia o no al programa de trabajo del partido republicano, sino que, antes bien, apela a rasgos, elementos y contenidos identitarios más profundos (como la identidad racial, genérica, confesional y nacional) que también comparten los círculos sociales demócratas en tanto son parte de la nación estadounidense.

No deja de ser sintomático de ese hecho, por ejemplo, que a pesar de las masivas manifestaciones de descontento y abierto desprecio por el presidente que encabezaron las mujeres en Estados Unidos, ni las candidaturas de mujeres en los demócratas tengan una mayor fuerza como alternativa ni la desaprobación republicana entre las votantes sea proporcionalmente mayor como consecuencia de los eventos vividos en estos años. Pero tampoco lo deja de ser, en un registro adyacente, que la capacidad de Trump para negociar desde una posición de fortaleza con la Unión Europea y con China la militarización de la primera (vía la OTAN), y la conversión de la balanza comercial con la segunda, se traduzcan en la política doméstica estadounidense como rasgos distintivos de ciertas acciones que se tienen que llevar a cabo, sí o sí, para detener la degradación del rol de Estados Unidos en el mundo.

Y es que, a diferencia de George W. Bush, con su guerra en contra del terrorismo global y del narcotráfico internacional, por un lado; y de Barack Obama, que no únicamente continúo y radicalizó ambas lógicas, sino que, además, les abrió más frentes de los que el propio aparato bélico, industrial y financiero estadounidense es capaz de sostener, por el otro; que tuvieron como consecuencia más palpable el agudizar la degradación de la fortaleza de su Estado frente al mundo; Trump, con sus amenazas y su constante amedrentamiento diplomático, está forzando la posibilidad de que esa caída libre en la dominación global estadounidense por lo menos se detenga, para no seguir pronunciándose más. Pues si bien es un hecho que cuatro años de su mandato no van a revertir lo que se viene gestando desde tres o cuatro décadas atrás, también es verdad que cuatro años más de un mandato suyo, libre de toda posible presión que sobre su persona pudiese ejercer el imperativo de la reelección, solo significan el despliegue de una mayor agresividad que coadyuve a minar las ventajas construidas por sus principales competidores y aliados en un esfuerzo de largo aliento que por supuesto precisaría de continuidad trasncuatrienal.

He ahí la importancia que tiene, por lo menos para el análisis formal de la coyuntura estadounidense desde una perspectiva histórica de larga duración, el cobrar conciencia de la necesidad de abandonar el gastado argumento que hace de los demócratas la fuerza política de las grandes finanzas y de Trump (si bien no de los republicanos en general) la personificación de un populismo sólo respaldado por masas reaccionarias, ignorantes y volubles. La presidencia de Donald J. Trump, por donde se la vea, es la representación más acabada de una política nacional de honda agresividad que comerciantes, banqueros e industriales por igual sí o sí necesitan y han sabido aprovechar para que sus intereses en el mundo no sean desplazados por los capitales chinos, en continuo ascenso y acumulación de fuerzas.

Después de todo, los capitales estadounidenses, a diferencia de la sociedad civil de aquel país, lejos de estar concentrados en los réditos que les sería posible sacar en el plano de la política doméstica de Estados Unidos, han dado muestras de tener como foco de atención de su actividad empresarial su supervivencia en otros espacios del mundo; aquellos, de hecho, de los que depende su posición actual, pero sobre todo, cualquier pretensión futura de dominación.


Ricardo Orozco

Internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Miembro del Grupo de Trabajo «Geopolítica, integración regional y sistema mundial», del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

@r_zco

Publicado por CELAEI

Somos un Centro de Investigaciones Interdisciplinarias fundado en México, con vocación latinoamericanista.

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