La resistencia en Hong Kong y su impacto

El año 2019 demostró que el actual panorama internacional está plagado de incertidumbre y que las transformaciones sociales, tecnológicas, ideológicas y climáticas son, además de elementos de interacción y cambio, un catalizador de nuevas o reemergentes problemáticas que nos llevan a un punto en el que esta serie de revoluciones se nos plantean como parte de un caos generalizado y alejado de las causas tradicionales de conflicto, en el que los análisis sociales salen sobrados y subordinados ante las ciencias útiles.   Y es que, para algunos, las aportaciones al estudio de las relaciones en el plano internacional están vistas de una manera estática y predeterminada, cuya única fuente de subsistencia es defender un conjunto de ciencias rumiantes que no contribuyen más a la humanidad.

Sin embargo, entre tanto devenir apabullante, los paradigmas clásicos vuelven y se enfrentan a coyunturas que nos dejan en claro que rumiar los fenómenos sociales es más que repetir la historia.

Esta especie de evolución regresiva (en tanto que hay evolución en el ámbito científico y un retroceso político que relega a las ciencias sociales como parte de un proceso finalizado) se hace evidente, sobre todo, en los nuevos factores y escenarios de poder que se encuentran en pugna. Tal es el caso de las recientes protestas en Hong Kong. Desde finales de junio del año pasado, un proyecto de ley de extradición a China puso en alerta a los habitantes del territorio semiautónomo, quienes lo tomaron como una medida de la China continental para tomar medidas de represión en contra de los críticos a su sistema, así como para afectar los derechos democráticos plenos en el país de dos sistemas.

Los manifestantes se hicieron presentes en las calles y la respuesta de las fuerzas policiacas, con gases lacrimógenos y arrestando a todo involucrado (o sospechoso) para disolver el movimiento, fueron acciones descritas como brutales según varios medios internacionales, sobre todo en la difusión hecha por los propios activistas en distintas redes sociales.

Las constantes protestas causaron estragos en el orden público y con esto las medidas coercitivas han seguido aumentando. A pesar de que se diera a conocer que el proyecto de ley sería disuelto, se han ampliado las peticiones, incluyendo una investigación independiente para los actos de brutalidad cometidos y la amnistía para aquellos que fueron encarcelados por participar en el movimiento, demandas que continúan sin ser atendidas.

Dentro de tal organización hay varios puntos de reflexión: el primero es la participación ciudadana que se dio de manera casi inmediata, lo que nos habla de una marcada conciencia política y colectiva altamente viral y eficiente. El segundo punto sería la capacidad de movilización que se desplegó sin la necesidad de un líder, cuya ausencia, en el nivel de la participación social colectiva, permite que los resultados sean mayores, puesto que no se requiere de una voz incitadora que manipule los objetivos generales del colectivo, una imagen que ponga en riesgo la efectividad de las demandas acordadas o que incluso obstaculice con algún tipo de aparato discursivo individual lo que se va ganando en el terreno de la protesta callejera.

El tercer punto es sobre los medios organizativos utilizados para afrontar la represión: los manifestantes utilizaron diversas herramientas tecnológicas, incluso videojuegos como Pokemongo y aplicaciones como Uber o Tinder, para ubicar puntos de reunión o de escape, un apoyo imprescindible para poder visualizar en tiempo real el campo de juego (un verdadero escenario de conflicto), toda vez que difundir información por medio de Facebook o WhatsApp habría sido mucho más arriesgado.

El resultado es una nueva forma de organización de las masas. No es un hecho novedoso, para las últimas dos décadas, que los puntos sociales y la identidad virtual de las personas estén cada vez más vinculadas a la figura de identidad individual, pero es momento de analizar la identidad en la colectividad virtual. Un movimiento sin líder, pero que sorprendentemente sólo necesita un montón de dispositivos con energía suficiente y conexión a internet para satisfacer la necesidad de comunicar un mensaje no es un descubrimiento fuera de la era globalizadora, pero sí representa un punto de fuga para los paradigmas estáticos, se trata de un fenómeno con un alcance de reestructura  que cada vez toma mayor fuerza y en definitiva resulta revolucionario para la naturaleza y desarrollo de la propia institucionalización social desde la base hasta la cúpula.

Hoy, gritar al mundo es más fácil desde un smartphone: aminora la carga de responsabilidad individual y a la par aumenta la capacidad de respuesta colectiva para diversos fines, las barreras de lenguaje y culturales parecen ya no ser un obstáculo, mucho menos las fronteras geográficas. La complejidad radica en que ahora la dinámica se da en diferentes entornos, con nuevos escenarios geopolíticos en los que se transita desde la interdependencia a la fragmentación en un mismo punto temporal pero no espacial. La responsabilidad social es capaz de doblar a la individualidad para actuar en dos planos distintos, es decir, un sólo individuo tiene la opción de ser un activista en redes sociales sin la necesidad de ser parte de protestas en lugares públicos; o bien, como en el caso de los ciudadanos de Hong Kong apropiarse de ambos escenarios.

Es por esto que nuevos espacios de control estratégico se presentan, ya no sólo es hablar de softpower y hardpower, nos encontramos ante la mutación de formas de poder que entran en verdaderos conflictos encubiertos ante la luz pública internacional. Espacios que para los movimientos y las resistencias sociales son susceptibles de ser apropiados para la concreción y consecución de sus fines, ya sea como usuarios o incursionando en ellos de manera directa o asistiendo a su configuración zonas de disputa que también tienen una dimensión geopolítica, a pesar de hallarse confinados a los márgenes de ese otro mundo emergente que es el mundo del Data Science.

Sin duda alguna, el cúmulo de novedades que nos rodean implican cambios en la forma de expresarnos, de ahí, las modificaciones en los medios de uso para la libertad de expresión, transformaciones en el lenguaje o incluso la aprobación o desaprobación de prácticas de protesta. El mundo juzga desde una perspectiva cada vez más polarizada que día a día se enfrenta más a los convencionalismos heredados de épocas históricas hoy ya muy lejanas a la realidad geopolítica imperante.

Es también cierto que hay un montón de cosas que no cambian, como la facilidad con la que se limita el análisis social en la intelección de las dinámicas sociales de una constante dialéctica de clases. Sin embargo, no por ello, o al margen de ello, deja de ser importante el hacer énfasis en los elementos que hoy se presentan como verdaderas novedades cualitativas y cuantitativas en el ejercicio del poder, como la centralidad que tiene en ello el manejo de la información global en las infraestructuras informáticas y de telecomunicaciones.

Lo que ocurre en Hong Kong está en medio de todo esto: es un ejemplo de apropiación de un medio diseñado por actores ajenos para un fin específico que fue convertido en un espacio de protesta extraterritorial. Podemos tomar como referencia los debates geopolíticos, un enfrentamiento entre la postura que enaltece la necesidad de adquirir espacios-territorios-recursos para adquirir mayor poder o la continuación de la guerra por otros medios (comercial, económica, incluso de liderazgos empresariales) como elementos que afectan aún más el desarrollo de los embates globales.

Tomando en cuenta dichas posiciones y los hechos, resulta, por lo tanto, una importante cuestión el determinar quién domina el espacio virtual o si éste debería ser controlado (y por quién, cómo, dónde, cuándo, para qué fines). Y ante tales preguntas, resolver cuál es el rol que juegan los movimientos sociales y las resistencias colectivas ante la configuración que en cada caso se adopte. Y es que el punto central sigue siendo el usuario: el individuo que no toma conciencia de su entidad e identidad dentro del espacio virtual no es consciente de cómo participa de esa estructura informacional, bajo qué parámetros es usada y para que se la usa. 

Es hora de comenzar a analizar el uso moral (y ético) de la tecnología. Algo que normalmente es parte de un aparato más de consumo tiene el potencial de ser usado como un arma política o un instrumento de las colectividades para crear nuevos aparatos discursivos en pro de distintos movimientos o causas sociales.  Algo que podemos comenzar por deconstruir y cuestionar es la percepción de la tecnología en tanto que su uso es siempre efectivo y sin problemática alguna, es decir, si está al servicio del Estado, del usuario, o más bien del consumidor. Mientras este ámbito se encuentre ajeno al conocimiento de las colectividades, lograr un avance significativo en la apropiación de estos espacios como lo hicieron los manifestantes de Hong Kong será complicado y más bien seguirán siendo percibidos por la comunidad internacional como escenarios totalmente separados de la realidad actual, continuando así con la percepción de una dinámica caótica regida por la vastedad de información instantánea sin organización ni propósito alguno; siendo así que el movimiento continúe como una respuesta a la tendencia y que no trasciende a una verdadera revolución en cuanto al uso de las tecnologías de la información.


Karina Ruiz

Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de México. Programa de Perfeccionamiento en TI por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Becaria de la Cátedra Fernando Solana/UNAM.

@kariparkblue

Publicado por CELAEI

Somos un Centro de Investigaciones Interdisciplinarias fundado en México, con vocación latinoamericanista.

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