La aparición de la RCEP como reflejo de la transformación del orden internacional en el siglo XXI

El pasado mes de noviembre, quince gobiernos de Asia y Oceanía concluyeron las negociaciones para crear la Asociación Económica Regional Integral (RCEP, por sus siglas en inglés): un acuerdo de libre comercio que reunirá a China, Japón, Corea del sur, Indonesia, Malasia, Tailandia, Singapur, Filipinas, Brunei, Vietnam, Laos, Camboya, Myanmar, Australia y Nueva Zelanda.

De ser ratificado, este acuerdo entrará en vigor el año próximo, creando la zona de libre comercio más grande del mundo al reunir a tres de los países más poblados en el mundo, así como a distintas economías caracterizadas por su gran dinamismo y alto grado de integración regional. Además, los gobiernos participantes dejaron abierta la posibilidad para incluir a India –el segundo país más poblado del orbe-  en RCEP en el futuro próximo, lo cual ampliaría aún más las oportunidades comerciales generadas por dicho acuerdo.

En principio, destaca la ausencia de Estados Unidos en este compromiso si consideramos su condición como potencia con influencia determinante sobre la dinámica económica y geopolítica de Asia oriental desde el fin de la II Guerra Mundial, así como por el discurso favorable al establecimiento de acuerdos de libre comercio que Washington ha impulsado desde el fin de la Guerra Fría. Sin embargo, tal ausencia es comprensible si recordamos la actitud mostrada por la administración Trump hacia los acuerdos comerciales establecidos por sus predecesores.

Para el actual ocupante de la Casa Blanca, tales compromisos han sido lesivos a los intereses de la economía estadounidense pues tan sólo han contribuido a profundizar el déficit comercial del país en beneficio exclusivo de sus socios comerciales, por lo que deben ser renegociados o denunciados.

Como el lector recordará, una de las primeras acciones del actual presidente estadounidense fue cancelar la participación de su país en el Acuerdo Trans-pacífico o TPP, un mecanismo de libre comercio negociado por el presidente Obama para cerrarle el paso a la creciente influencia de China sobre la economía regional en el este y el sureste de Asia, en una decisión percibida con desagrado por los países asiáticos que ya habían confirmado su participación en el TPP con la esperanza de establecer un contrapeso al fortalecimiento de China en la escena regional gracias a la inclusión de Estados Unidos en dicho acuerdo.

Así, mientras para los gobiernos de los países asiáticos involucrados en la negociación del TPP –entre los que se encuentran Japón, Singapur y Vietnam- la partida de Estados Unidos representó una grave descortesía que los ha dejado a expensas de China, para las autoridades de Beijing constituyó una oportunidad invaluable para consolidar su influencia sobre la región, tal como el gobierno chino ha manifestado al ser el principal promotor para materializar el RCEP, logrando atraer incluso a aquellos países –como Japón y Vietnam- que han manifestado su oposición a la influencia cada vez mayor de China en los asuntos geopolíticos y económicos de Asia oriental y sudoriental.

No obstante, conviene señalar que el RCEP no es el primer mecanismo concertado por China –ni el único- para extender sus vínculos comerciales con países de aquella región, pues Beijing ya había promovido anteriormente la creación de ACFTA, un acuerdo de libre comercio entre China y los diez países integrantes de ASEAN que ha estado en vigor desde 2010, gracias al cual ahora China es el principal socio comercial de las naciones del sureste asiático, desplazando a Estados Unidos y a Japón de tal condición. Al mismo tiempo, China ha establecido distintos acuerdos de cooperación con los países integrantes de ASEAN que han favorecido actividades favorables a la integración como el turismo, el otorgamiento de becas para estudiantes de aquellas naciones o la realización de ferias comerciales donde se promueve el consumo de productos oriundos del sureste de Asia entre el público chino y viceversa.

Actualmente, Beijing también promueve la participación de empresas chinas en múltiples proyectos de inversión en los países del sureste asiático, especialmente para impulsar la construcción de obras de infraestructura en aquellas naciones. Gracias a tales acciones, China se ha convertido en un actor destacado en la economía de Asia sudoriental, poseedor de una capacidad de influencia que Beijing ahora busca proyectar al resto de la región con la firma del RCEP.           

Mientras esto ocurre, muy pocos se han percatado de que en este 2020 se cumple el plazo establecido para el cumplimiento de las Metas de Bogor, un compromiso contraído en 1994 por los gobiernos de los países participantes en APEC (organismo consultivo conocido como el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico) orientado a crear un área de libre comercio y libre circulación de capitales que habría de extenderse por toda la cuenca del Océano Pacífico hasta llegar a asociar a distintos países de Asia, América y Oceanía.

En su momento, tal iniciativa fue impulsada principalmente por los gobiernos de Australia y Estados Unidos, justo cuando el discurso en pro de la globalización generaba grandes esperanzas entre los defensores del libre comercio. En aquel entonces, los promotores de las Metas de Bogor también confiaban en que la libre circulación de capitales entre las economías participantes en APEC generaría las condiciones para la inversión y generación de empleos necesarios para impulsar el crecimiento de una región tan extensa como lo es la Cuenca del océano Pacífico, sin sospechar que la ausencia de controles de regulación en los mercados financieros podría generar colapsos como el causante de la crisis asiática de 1997, la cual representó una sacudida para varios países de Asia oriental y sudoriental que los hizo desconfiar de las promesas contenidas en el discurso favorable al librecambio.

Desde entonces, APEC perdió fuerza y hoy en día se encuentra relegado a la más completa irrelevancia: en 2019, APEC no realizó su acostumbrada reunión anual de jefes de gobierno luego de que las autoridades chilenas cancelaron de último momento la realización de dicho cónclave por motivos de seguridad dado el escenario de convulsión social vivido en aquella nación sudamericana; a fines de 2018, la reunión de líderes de APEC ni siquiera pudo emitir una declaración conjunta tal como había sido la costumbre de dicho organismo desde su fundación en 1989 luego de que las delegaciones china y estadounidense emplearon tal foro para externar públicamente la controversia comercial sostenida por ambas naciones desde que la administración Trump decidió aplicar sanciones arancelarias a China.

De esta forma, mientras APEC –un organismo intergubernamental de consulta sobre temas de cooperación económica que adolece de no poseer carácter vinculante- se desvanece irreversiblemente junto con la buena voluntad que la mayoría de los países de Asia oriental y sudoriental prodigaba a Estados Unidos en su condición de socio comercial de primer orden, China ha conseguido anotarse un logro mayúsculo al materializar la creación del RCEP, atrayendo incluso a países de Asia y Oceanía tradicionalmente alineados con Washington: Para tales naciones, la actitud manifestada por el presidente Trump al rechazar participar en el TPP y amenazar con imponer sanciones a países aliados de Estados Unidos como Japón y Corea del sur tan sólo es la confirmación del distanciamiento que Washington ha exhibido hacia la región al menos desde los comienzos de este siglo XXI, cuando en su afán de hacer la guerra al terrorismo –whatever that means– las autoridades estadounidenses descuidaron sus compromisos en la región, cediendo la iniciativa para una China cada vez más rica, fuerte y decidida a convertirse en la nueva potencia dominante en Asia: a tantos años del fin de la Guerra Fría y del encumbramiento del discurso en pro de la globalización, resulta por demás paradójico que hoy en día sea Estados Unidos quien aplica medidas proteccionistas en su afán de revertir su astronómico déficit comercial mientras que es China –el gigante económico aún gobernado por un régimen comunista- quien defiende el discurso librecambista y concreta acuerdos comerciales a diestra y siniestra a fin de garantizar el suministro de las materias primas requeridas por su industria mientras también promueve la colocación de sus manufacturas en los mercados regionales. Con la reciente firma del RCEP,

China no sólo confirma su poder de atracción como nuevo eje de la economía regional en Asia oriental y sudoriental, sino que además exhibe su creciente influencia geopolítica sobre tan amplia región, mientras Beijing aprovecha el malestar existente entre varios aliados tradicionales de Estados Unidos hacia el actual ocupante de la Casa Blanca para establecer un compromiso de asociación a corto y mediano plazo que condiciona una mayor interacción de dichas economías con China, lo cual fortalece las relaciones de interdependencia entre ellas y contribuye en consecuencia a consolidar la posición de China como centro de poder en Asia; desde su tumba, Mao Zedong debe estar muy complacido con el desempeño de sus sucesores luego de que éstos han aprovechado todas las ventajas comparativas que la economía globalizada del siglo XXI ha generado para impulsar el fortalecimiento de China.


Fernando Octavio Hernández Sánchez

Licenciado en Historia por la UAM-I, así como Maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Actualmente es coordinador académico en la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México y profesor de historia de las Relaciones Internacionales en la FES-Aragón de la UNAM.

fohdzsanchez@anahuac.mx

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