La construcción ideológica de la aniquilación bélica en Occidente

¿Por qué siempre que Estados Unidos tensa intempestivamente sus diferencias con aquellos Estados a los que considera los enemigos fundamentales de sus valores y modo de vida, los imaginarios colectivos que se construyen sobre y alrededor del tema en las sociedades occidentales de inmediato se asocian y concentran un alto grado de fijación con la idea de la posibilidad de una guerra mundial al estilo de los conflictos bélicos de principios del siglo XX, o, en su defecto, con una catástrofe armamentista (nuclear, química, bacteriológica, etc.,) con el potencial suficiente como para terminar con gran parte de la vida en el planeta o como para extinguir toda forma de ella en el mundo?

Toda la segunda mitad del siglo XX, por ejemplo, estuvo ideológicamente dominada por esa concepción del mundo, en la perspectiva de que en cualquier momento la entonces Unión Soviética y Estados Unidos se destruirían mutuamente en el momento en el que cualquiera de las dos partes cometiese un error imperdonable por el bando contrario que condujese a un escenario nuclear. Y al desintegrarse el bloque socialista, ya en los albores del siglo XXI —y desde entonces hasta ahora— aquella idea lejos de desaparecer con el enemigo rojo se potenció y diversificó para abarcar e integrar en su lógica a un cúmulo mayor de actores, considerados todos por la intelligentsia estadounidense como las nuevas amenazas a la paz, la estabilidad, el orden, el progreso y la seguridad tanto de sus nacionales como del resto del mundo. Así, China, Corea del Norte, Rusia, India, Irán y Pakistán, entre otros, entraron, en diferentes momentos de la historia reciente de la modernidad, en esa lista de potencias nucleares ante las cuales Occidente, en adelante, debía mantenerse vigilante, pues su impredecibilidad y su potencial nuclear juntos significaban que el planeta Tierra no dejaría de estar en peligro de ser aniquilado en tanto los gobiernos de cada uno de esos Estados no renunciase a su armamento de alta potencia.

Ahora bien, en cada uno de esos caso, ciertamente, el problema del horizonte apocalíptico y de destrucción de la humanidad no se trataba de que los enemigos de Occidente, en general; y de Estados Unidos, en particular; tuviesen reservas más nutridas de armamento nuclear; mucho menos de que contasen con capacidades de operación y de fuego, por un lado; o con sistemas y tecnologías de defensa y contrataque, por el otro; suficientes y adecuados como para ser ellos los encargados de destruir a la totalidad de las sociedades occidentales sin sufrir daños más allá de los necesarios como para que el evento bélico en cuestión les impidiese reconstruir su mundo y todo aquello que la guerra les arrebatase de sí.

Y es que si bien es cierto que los estimados más serios en torno de la posesión de armas nucleares a lo largo de los últimos cincuenta años dan por sentado que las sociedades no occidentales concentran una mayor cantidad (y en ocasiones una mayor potencia) de las mismas, también lo es que la suma de stocks de todos los enemigos de occidente frente a la suma de stocks de todas las sociedades occidentales —y sus aliadas fuera de área geocultural nuclear en el Atlántico Norte— nunca en ese periodo de tiempo se comparó o fue siquiera rival ante el número de ojivas nucleares por ellas almacenadas, supuestamente para contener y disuadir a cualquier posible actor que les fuese hostil de un conflicto de mayores proporciones. En ese sentido, si el argumento del fin del mundo a causa de los enemigos de Occidente estuviese edificado sobre la base de la valoración de la cuantía del armamento, la consecuencia lógica inmediata de tal apreciación tendría que arrojar que es precisamente Occidente el que resguarda las reservas de armas de destrucción masiva más abundantes de todo el mundo.

La experiencia histórica verificable hasta ahora, sin embargo, no arroja dicho resultado: para las sociedades occidentales, no son sus propios Estados y gobiernos las principales amenazas a su existencia y continuidad, sino que lo son, por lo contrario, China, Corea del Norte, Irán, Rusia, etc., por considerarlos regímenes que juegan con aterrorizar a la humanidad, con llevarla al borde de su absoluta extensión tan sólo con realizar un despliegue mínimo de cabezas nucleares por el planeta.

¿De dónde proviene, por lo tanto, esa fijación occidental con una Tercera Guerra Mundial, desatada por esas sociedades que no comparten valores y principios de convivencia como los suyos? La apuesta más acertada es que sin duda el temor y la construcción colectiva de esos imaginarios compartidos proviene de la movilización masiva de contenidos ideológicos específicos destinados a interiorizar y normalizar ideas muy concretas sobre aquello que en Occidente debería de ser considerado como una amenaza a su existencia y continuidad histórica. ¿En qué sentido? Estados Unidos, por ejemplo, es el Estado que más guerras, intervenciones y conflictos bélicos de todo tipo ha peleado, financiado o apoyado diplomática y políticamente. Y, sin embargo, absortas en el culto a esas grandes mercancías del capital que son la democracia procedimental, el libre comercio, el desarrollo económico o el progreso, las colectividades de Occidente no lo consideran como el agente desestabilizador más problemático y arbitrario de la historia de la humanidad.

Francia, Israel e Inglaterra, por su parte, a pesar de ser potencias nucleares importantes, tampoco son concebidas en esa misma línea de ideas, pasándose por alto que mantienen extensas redes coloniales por todo el mundo y que siempre que necesitan reactivar la acumulación de capital en sus economías, a gran escala, apelan al siempre efectivo recurso de desatar una nueva intervención militar en África, so pretexto de, con ello, estar portando, nuevamente, los fragmentos de valores civilizatorios modernos que la barbarie del continente negro aún no es capaz de asimilar, para colocarse a la altura del resto de la civilización moderna. El problema es, de nueva cuenta, que ni por una razón ni por la otra estos Estados y sus gobiernos son percibidos como amenazas serias para la preservación de la especie humana.

Irán, sin embargo, lleva años siendo considerado como un actor que puede llevar a la extinción de la vida tal y como actualmente se la conoce gracias a su programa nuclear. Y la realidad de tal apreciación sobre la sociedad, el gobierno y el Estado persas es que esa carga ideológica es tan potente, que en la última década la comunidad internacional hasta tuvo que asistir a la firma de un Plan de Acción Conjunto y Completo —negociado con cinco potencias nucleares cuyos programas en la materia están probados en términos de sus aplicaciones militares, antes que en su aprovechamiento energético— para asegurarse que por lo menos así las naciones que habitan el planeta tendrían un mecanismo relativamente eficaz para monitorear que el enriquecimiento de uranio realizado por los iraníes no tuviese el propósito de crear ojivas con la potencia para deshacerse de Occidente en cualquier momento.

Y la cuestión es que en este caso —tanto como en los de China, India, Rusia o Afganistán— gran parte de ese imaginario compartido, de ese sentido común respecto de los Otros, está alimentado por la aceptación apriorística de que en cada Estado lo que hace posible que cualquier escenario de catástrofe nuclear se realice es el hecho de que al frente de la estructura estatal y de su andamiaje gubernamental respectivo se encuentra alguna personalidad autoritaria, personificación de todos los valores molares, cualidades sociales, contenidos culturales y principios psicoafectivos que son contrarios al modus vivendi occidental y de su proyecto de civilización moderna capitalista.

En ese sentido, no sorprende que el peligro que las masas occidentales observan en unos sea su espíritu comunista; en otros, su temple dictatorial; y en los restantes, su fanatismo religioso y su atraso cultural. Todo Oriente, así, pasa a ser fundamentalista. Y es que, en cada uno de esos lugares comunes, Occidente ha edificado todo un aparato de intelección (o quizá sería mejor afirmar: toda una lógica de no-reconocimiento) de la diferencia que justifica y legitima que entre más alejada se encuentre la forma social-cultural de la propia, es decir, de la occidental, más es, proporcionalmente, la amenaza que esa forma representa para el mundo; y más susceptible, también, de ser una sociedad y una cultura caracterizada por la tiranía y la arbitrariedad.

Basta con observar la manera en que operan esos aparentes pesos y contrapesos democráticos e institucionales —que se supone evitan la tiranía y la arbitrariedad— en Occidente, por ejemplo, para dar cuenta de que esa pretendida imposibilidad de un apocalipsis nuclear en Occidente está basada en nada más que en una confianza y en una fe ciegas construidas por el colectivo como castillos en el aire. Y lo cierto es que no obstante lo endeble y lo fútil de ese supuesto compromiso que asegura que el arsenal nuclear en Occidente no será más que un arma defensiva ante aquellos que considere los enemigos de su modo de vida, cuando se trata del resto de Estados en el mundo —y principalmente de aquellos que históricamente el atlanticismo ha representado colectivamente como sus amenazas—, ese compromiso sobre la nada desaparece, simplemente no se acepta y se exigen medidas de control que en Francia, Israel, Inglaterra y Estados Unidos a menudo no pasan de ser argumentos en favor de la seguridad colectiva.

¿Quiere esto decir que la humanidad debería simplemente aceptar el todo por el todo sin ningún miramiento? No, por supuesto que no. El problema de fondo es, más bien, que en toda esta lógica de operación lo que se hace visible a cualquier ojo atento es que aquello que sirve como condición de posibilidad para normalizar la idea del fin de la humanidad por la mano y la arbitrariedad de los Otros de Occidente está fundada sobre el empleo de ese doble racero colonial que no deja de presionar por la aniquilación de los Otros por los actos que Occidente mismo comete por todo el globo sin ningún otro motivo que la protección de su autodeclarado supremacismo civilizatorio, político, económico, histórico y cultural.

De otra manera no se comprende, por ejemplo, que en la más reciente escalada de tensiones entre Estados Unidos e Irán la idea más persistente en el debate público hemisférico (occidental) sea la de las posibilidades de una guerra de altísimas proporciones armamentistas, rasgando y superando los límites de la destrucción que las dos grandes guerras de principios del siglo XX, en Europa, arrasaron con aquello que hoy pretende preservar por medio del colonialismo permanente de las periferias globales. Y es que, en cierto sentido, lo que en Occidente opera ya como sentido común en cualquier intento de intelección del conflicto actual es que el régimen iraní es la raíz del problema y no Estados Unidos. De ahí la enorme cantidad de información que circula en torno de la construcción de escenarios en los que sea posible predecir parte o la totalidad de la respuesta iraní ante el bombardeo del que fue objeto personal de su Cuerpo de Guardias de la Revolución Islámica, a principios del año.

¿Por qué no preguntarse, por lo contrario, acerca de los extremos a los que es capaz de llegar el régimen estadounidense para tratar de reconstituir la hegemonía que ya no ejerce alrededor del planeta? ¿Por qué inundar el debate público y la agenda de los medios con un discurso en el que todo Occidente es presentado como la más reciente víctima de una forma de vida que él mismo aprecia como barbárica, tiránica y atrasada? ¿Por qué, en fin, cuando Irán entra en la ecuación política el imaginario de la tercera guerra mundial se vuelve tan atractivo y tan potente para las masas que observan el conflicto? ¿Y por qué no, por lo contrario, ese mismo horizonte de aniquilación humana es puesto sobre la mesa, en un primer momento, cada que Estados Unidos despliega una nueva intervención geopolítica en cualquier parte de la Tierra?


Ricardo Orozco

Internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Miembro del Grupo de Trabajo «Geopolítica, integración regional y sistema mundial», del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

@r_zco

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