La caricatura del poder: Bolsonaro y Trump en Naciones Unidas

El pasado miércoles 25 de septiembre se llevó a cabo el debate anual de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas en la ciudad de Nueva York la cual fue inaugurada con los discursos, primero, del presidente de Brasil Jair Bolsonaro y, enseguida, del mandatario estadounidense Donald Trump. A lo largo de sus intervenciones, ambos mandatarios exhibieron al mundo sus grandes semejanzas a través de una serie de ideas compartidas que, lejos de mostrar una postura política coherente, dejan en claro las grandes contradicciones que se desprenden de los discursos de la “nueva derecha” que actualmente dirige la mayoría de los gobiernos en nuestro continente, destacando su carácter nacionalista, conservador y excluyente así como el retorno a viejas formas (o ideales) como lo son la batalla contra el socialismo y la lucha por la libertad y la soberanía.

De esta manera, y tratando de desglosar las contradicciones de las que hablo, quiero comenzar con la crítica al socialismo que ambos mandatarios hicieron dentro de sus discursos. Bolsonaro, en un primer momento, habla de un “nuevo Brasil” que busca resurgir después de estar al borde del socialismo, representado por los gobiernos de izquierda de Ignacio Lula da Silva y de Dilma Rouseff, a los que responsabiliza de una situación de corrupción generalizada, recesión económica severa, altas tasas de criminalidad y por mermar los valores familiares y religiosos. Por su parte, Trump insiste en la fuerte amenaza que sugiere la presencia de este tipo de sistema planteando la necesidad de la lucha contra “el espectro del socialismo”, destructor de naciones y de sociedades, y afirmando tajantemente que Estados Unidos nunca será un país socialista.

Estos planteamientos, que parecen sacados de una época más próxima a la Guerra Fría, si bien parecen ridículos por su poca vigencia histórica no carecen de fundamento: el dar un nombre a la oposición y el señalar a un enemigo externo para así justificar el fuerte aislacionismo que “maquillan” por medio del discurso nacionalista. De esta manera, el rechazo al comunismo y al socialismo se deposita en dos países concretos, Venezuela y Cuba, con los cuales buscan dar cuenta de todos los supuestos vicios, crímenes y consecuencias que se desprenden de este tipo de régimen, dando finalmente rostro y adscripción a un enemigo que supuestamente busca infiltrarse y minar los valores de sus sociedades. Con esto se destaca también el fin del discurso de la guerra contra el terrorismo utilizada especialmente por Estados Unidos en los últimos años y que justificaba sus constantes intervenciones militares fuera de su territorio.

Sin embargo, el objetivo del discurso contra el socialismo por parte de Trump sigue siendo el mismo: justificar (cínicamente) la intervención en un país como Venezuela que hoy en día porta una gran importancia para él debido a cuestiones económicas y geopolíticas. Por otro lado, el tildar de socialistas a los gobiernos de Lula y de Dilma es poco menos que un absurdo por parte de Bolsonaro. Aunque ambos provienen de un partido de izquierda sus mandatos, y más específicamente el de Lula, fueron de centro izquierda, en los que ciertamente se invirtió más en lo referente al gasto social pero donde también se dieron fuertes concesiones al sector empresarial, concesiones que a la postre resultarían contraproducentes ya que sería ese sector en conjunción con los dirigentes económicos del país los que abogarían por la destitución de la presidenta y el encarcelamiento del ex mandatario, negándole la posibilidad de participar en la contienda presidencial.

Otra de las grandes contradicciones en común que podemos apreciar en estos discursos proviene sin duda del antiglobalismo y de la exaltación del nacionalismo que ambos hacen. En lo referente al primero, ambos hablan como si existiera una supuesta conspiración internacional en contra de sus intereses nacionales, que los obliga a retraerse dentro de sus naciones e instando a su base social, a sus partidarios, a movilizarse en contra de esta irreal amenaza internacional, defendiendo a sus representantes, dirigentes y a su patria. No cabe duda de que dicho planteamiento vuelve a rayar en lo absurdo, especialmente si consideramos el caso de Estados Unidos, país que tuvo un papel central en el desarrollo y consolidación de la globalización, y cuya riqueza se desprende principalmente de todas aquellas empresas deslocalizadas fuera de su territorio, factor que Trump decidió omitir.

En suma, ambos mandatarios decidieron desprestigiar a los activistas y a todas aquellas ONG´s contrarias a sus políticas en temas de migración (en el caso de E.U.) o indígenas (en el caso brasileño). Para el primero, se trata de un grupo radical que busca desdibujar las fronteras nacionales con el fin de fomentar el tráfico de personas, justificando de manera poco brillante el endurecimiento de sus políticas migratorias. Para el segundo, son grupos de interés que buscan, además de saquear las riquezas naturales del país bajo pretexto de la conservación del Amazonas, restituir un espíritu colonialista y cuestionar la “sagrada soberanía”, dejando de lado y no haciéndose responsable de la poca capacidad de cohesión social que tiene su gobierno, así como responsabilizando a un ente externo por el despojo de tierras y por la discriminación hacia las poblaciones indígenas.

Y es por ello por lo que ambos dirigentes, al ver el poco grado de aceptación y convencimiento que están obteniendo, como también las duras críticas de la comunidad internacional, deciden recurrir a la vieja idea del nacionalismo para tratar de dotar de unidad y sentido a sus poblaciones locales, a sus ciudadanos, como ya se ha hecho varias veces a lo largo de la historia y, seguramente, se seguirá haciendo. Para Trump y Bolsonaro, el futuro no pertenece a los globalistas (aseveración que resulta contradictoria si pensamos especialmente en las características económicas de cada uno de sus países y en los intereses geopolíticos de E.U.) sino a los patriotas, insistiendo en que todos los líderes deberían anteponer siempre los intereses nacionales a cualquier otros. De esta manera, buscan generar la legitimidad a través de un viejo discurso del miedo hacia lo foráneo, y presentándose como los únicos protectores de “sus” ciudadanos.

Ahora bien, podemos destacar un par de contradicciones dentro de este discurso nacionalista, por un lado, al analizar las intervenciones de Trump que aluden a las tensiones con Irak y, por el otro, al considerar el reciente escándalo político por el que atraviesa. Es ahí donde este personaje se lleva el papel principal dentro de lo que fue este “teatro del absurdo”. En referencia a lo primero, Trump ha insistido en el deber de frenar el camino de Irak hacia las armas nucleares, defendiendo su ruptura del acuerdo formulado en 2015 así como la efectividad de sus sanciones económicas. Pero al mismo tiempo ha insistido en que este no es un conflicto que le corresponda única y exclusivamente, abogando por la participación de toda la comunidad internacional. Con esto deja en claro que, por más que su discurso indique lo contrario, esta a favor de una cierta forma de cooperación y globalidad siempre y cuando favorezca sus intereses y su intervención dentro de otros límites nacionales.

En cuanto a lo segundo, el escándalo implica una relación entre el presidente estadounidense y el presidente ucraniano en la que supuestamente Trump presionó para que se investigara al precandidato demócrata Joe Biden y a su hijo menor, quien era parte de la dirigencia de una empresa de energía ucraniana en tiempos en que su padre era vicepresidente. La teoría es que Biden pudo haber exigido la renuncia, junto con otros líderes, de un fiscal ucraniano en 2016 para salvar a dicha compañía de problemas legales. Lejos de entrar en polémicas de otro tipo, es claro tanto el abuso de poder y posición política como la inminente necesidad de entablar relaciones, aunque sean ilegítimas e ilegales, de entrar en relación con la globalidad, aunque sea abusando de su posición. Esto sin duda asesta un duro golpe a su discurso patriótico y reivindicativo de la libertad y la soberanía, y lo muestra como lo que en verdad es: un promotor del belicismo y del egoísmo.


Diego Soto Pereira

Licenciado en sociología por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestrante en Estudios Latinoamericanos por la misma institución.

diego.soto.p91@gmail.com

Publicado por CELAEI

Somos un Centro de Investigaciones Interdisciplinarias fundado en México, con vocación latinoamericanista.

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